Polarización, defunciones y reacomodos
Como era de suponer, la polarización favoreció a los partidos que encabezaron las alianzas electorales.
Si para determinar la subsistencia de los partidos, únicamente contara la votación presidencial, la mortandad habría sido mayor y de los 12 partidos que concurrieron a las elecciones sólo hubieran subsistido 4.
Es ilustrativo, por ejemplo, comparar la relación que hubo entre el número de inscritos y los votos obtenidos, a nivel presidencial.
En ese sentido, solamente 4 de los partidos subsistentes obtuvieron resultados positivos: el Partido Arnulfista, 4 votos por cada inscrito; MOLIRENA, 3.6 votos por cada inscrito; PDC, 3 votos por cada inscrito; y el El PRD, apenas 1.11 votos por cada inscrito.
Los otros 3 partidos subsistentes: Liberal Nacional, Solidaridad y Cambio Democrático recibieron menos votos presidenciales que el número de sus inscritos.
De los 5 partidos difuntos, es posible que alguno intente reinscribirse, pero las posibilidades son muy magras. Casi todos ellos se inscribieron con un número de adherentes muy inferior a los 65,000 que ahora tendrían que conseguir. Además, tendrían que competir con los partidos subsistentes que tratarán de incrementar su membresía y que contarán con la ventaja del subsidio que recibirán del Tribunal Electoral.
En el mejor de los casos, tal vez se produzca el nacimiento de un nuevo partido, pero no más de uno.
Las dirigencias y las figuras conocidas de las agrupaciones políticas que no lograron votos suficientes para subsistir, casi con seguridad, se asociarán a los partidos vigentes que fueron sus aliados electorales, pero también podrían darse algunas sorpresas, como el reciente amago de los liberales aranguistas.
Desde el punto de vista ideológico, después del proceso de "derechización" que hemos visto vivir al PRD, durante el gobierno de Pérez Balladares, entre los partidos políticos panameños no hay diferencias de importancia.
¿Si, en principio, no hay diferencias notables entre las propuestas de las distintas agrupaciones políticas, qué impide, entonces, que puedan llegar a acuerdos sobre los temas de interés nacional?
Si esa pregunta no tiene una respuesta positiva, ello se debe a la falta de una verdadera cultura política y cívica en nuestro país y a que la mayoría de las dirigencias anteponen sus intereses particulares al interés nacional.
Como producto de ese subdesarrollo de las dirigencias, la actividad política se valora, principalmente, en función de los beneficios que pueden derivarse del ejercicio del poder, en vez del servicio que puede hacerse al país.
Mientras la actividad política no sea entendida y valorada como una actividad superior, cuyo norte debe ser servir al país, será difícil que se tenga claro cuál es el papel que le corresponde jugar a la oposición en una democracia civilizada.
Es absurdo escuchar cómo algunos dirigentes de las fuerzas que serán desplazadas del poder el 31 agosto próximo, sin mayor justificación y en una abierta muestra de subdesarrollo político, se declaran opositores al futuro gobierno que encabezará Mireya Moscoso.
En una democracia civilizada, como la que aspiramos a ser, el gobierno y la oposición política, que no sólo está constituida por los partidos perdedores sino que, además, puede comprender a grupos de presión con intereses específicos, tienen un papel que jugar, sin que exista la necesidad de aflorar odios viscerales ni caer en entreguismos vergonzosos.
El reacomodo de las fuerzas políticas, después de unas elecciones en las que participó un número tan grande de partidos políticos, la mitad de los cuales no subsistió y otros mostraron incapacidad para retener sus membresías, se hace necesario, pero éste debe darse sin degenerar en la vulgaridad de la componenda oportunista o de la obcecación.
Gracias a un sistema legal que los privilegia excesivamente, en Panamá los partidos políticos tienen garantizado un espacio de influencia que corren el riesgo de perder si no demuestran intenciones serias de evolucionar para cumplir el papel que les corresponde como canalizadores y orientadores de la opinión pública.
Después del claro mensaje de la Presidenta Electa, de consagrar su futuro gobierno a solucionar, preferiblemente con el mayor concurso de todas las fuerzas políticas y sociales, los principales problemas del país, y entre ellos, de dedicar sus mayores esfuerzos a disminuir la pobreza y la desigualdad, sería oportuno que se abriera un espacio para el diálogo cívico, sin otra condición que la de trabajar para Panamá.
Si para determinar la subsistencia de los partidos, únicamente contara la votación presidencial, la mortandad habría sido mayor y de los 12 partidos que concurrieron a las elecciones sólo hubieran subsistido 4.
Es ilustrativo, por ejemplo, comparar la relación que hubo entre el número de inscritos y los votos obtenidos, a nivel presidencial.
En ese sentido, solamente 4 de los partidos subsistentes obtuvieron resultados positivos: el Partido Arnulfista, 4 votos por cada inscrito; MOLIRENA, 3.6 votos por cada inscrito; PDC, 3 votos por cada inscrito; y el El PRD, apenas 1.11 votos por cada inscrito.
Los otros 3 partidos subsistentes: Liberal Nacional, Solidaridad y Cambio Democrático recibieron menos votos presidenciales que el número de sus inscritos.
De los 5 partidos difuntos, es posible que alguno intente reinscribirse, pero las posibilidades son muy magras. Casi todos ellos se inscribieron con un número de adherentes muy inferior a los 65,000 que ahora tendrían que conseguir. Además, tendrían que competir con los partidos subsistentes que tratarán de incrementar su membresía y que contarán con la ventaja del subsidio que recibirán del Tribunal Electoral.
En el mejor de los casos, tal vez se produzca el nacimiento de un nuevo partido, pero no más de uno.
Las dirigencias y las figuras conocidas de las agrupaciones políticas que no lograron votos suficientes para subsistir, casi con seguridad, se asociarán a los partidos vigentes que fueron sus aliados electorales, pero también podrían darse algunas sorpresas, como el reciente amago de los liberales aranguistas.
Desde el punto de vista ideológico, después del proceso de "derechización" que hemos visto vivir al PRD, durante el gobierno de Pérez Balladares, entre los partidos políticos panameños no hay diferencias de importancia.
¿Si, en principio, no hay diferencias notables entre las propuestas de las distintas agrupaciones políticas, qué impide, entonces, que puedan llegar a acuerdos sobre los temas de interés nacional?
Si esa pregunta no tiene una respuesta positiva, ello se debe a la falta de una verdadera cultura política y cívica en nuestro país y a que la mayoría de las dirigencias anteponen sus intereses particulares al interés nacional.
Como producto de ese subdesarrollo de las dirigencias, la actividad política se valora, principalmente, en función de los beneficios que pueden derivarse del ejercicio del poder, en vez del servicio que puede hacerse al país.
Mientras la actividad política no sea entendida y valorada como una actividad superior, cuyo norte debe ser servir al país, será difícil que se tenga claro cuál es el papel que le corresponde jugar a la oposición en una democracia civilizada.
Es absurdo escuchar cómo algunos dirigentes de las fuerzas que serán desplazadas del poder el 31 agosto próximo, sin mayor justificación y en una abierta muestra de subdesarrollo político, se declaran opositores al futuro gobierno que encabezará Mireya Moscoso.
En una democracia civilizada, como la que aspiramos a ser, el gobierno y la oposición política, que no sólo está constituida por los partidos perdedores sino que, además, puede comprender a grupos de presión con intereses específicos, tienen un papel que jugar, sin que exista la necesidad de aflorar odios viscerales ni caer en entreguismos vergonzosos.
El reacomodo de las fuerzas políticas, después de unas elecciones en las que participó un número tan grande de partidos políticos, la mitad de los cuales no subsistió y otros mostraron incapacidad para retener sus membresías, se hace necesario, pero éste debe darse sin degenerar en la vulgaridad de la componenda oportunista o de la obcecación.
Gracias a un sistema legal que los privilegia excesivamente, en Panamá los partidos políticos tienen garantizado un espacio de influencia que corren el riesgo de perder si no demuestran intenciones serias de evolucionar para cumplir el papel que les corresponde como canalizadores y orientadores de la opinión pública.
Después del claro mensaje de la Presidenta Electa, de consagrar su futuro gobierno a solucionar, preferiblemente con el mayor concurso de todas las fuerzas políticas y sociales, los principales problemas del país, y entre ellos, de dedicar sus mayores esfuerzos a disminuir la pobreza y la desigualdad, sería oportuno que se abriera un espacio para el diálogo cívico, sin otra condición que la de trabajar para Panamá.