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Política social contra los crímenes


¡Increíble, pero cierto! Lejos de menguar, crece en Panamá el número de crímenes, robos y atentados sociales de toda índole. La marea de vicios, de corrupción y de sangre aumenta y con ella el asco que se va acumulando en todo ánimo honrado y decente. En realidad, en el pasado, tuvimos un momento la esperanza de que el vil deporte de asesinar fuese una moda salvaje, pero transitoria, suscitada por los usos sanguinolentos que han deshonrado el desarrollo de la civilización occidental. Pero, en lo que atañe a Panamá, nuestro Panamá de hoy, la situación es alarmante. La delincuencia (infantil, juvenil y adulta) causa espanto: Las estadísticas oficiales denuncian el creciente aumento de los asesinatos, las violaciones carnales, secuestros, atracos, robos y asaltos a mano armada a bancos, comercios, residencias y a individuos. Los vicios (la venta, distribución y consumo de drogas, incluso en las escuelas públicas y privadas), y el aumento indiscriminado de bodegas y cantinas, en la ciudad y en el campo, contrasta con la cantidad y calidad de las escuelas que existen en el país.
Tiempo es ya sobrado para exigir de manera más enérgica que cese el influjo en la moral social la práctica de estos males. Es preciso organizar la guerra sin cuartel contra el crimen organizado, el robo, el asesinato, los vicios, las drogas y toda manifestación de la delincuencia. Y aunque parezca exagerado, la paciencia de todos los que no compartimos estos desmanes (que somos la mayoría, sin duda), va siendo excesiva y tiñéndose con un innoble matiz de complicidad. La presión de la sociedad hacia los poderes constituidos tiene que ser más fuete, tiene que arreciar para que las autoridades nacionales (el Ejecutivo, el Legislativo, el Judicial y el Ministerio Público) despierten de su inercia y asuman su papel con gravedad, su indeclinable responsabilidad de garantizar la vida, honra y bienes de los asociados, según lo establece nuestra Carta Magna.
Pero, hay algo más en todo esto: la guerra sin cuartel debe comenzar en el sector oficial. Con frecuencia se denuncian acciones delictivas y de corrupción en el engranaje oficial, y es, precisamente, por esos predios, por donde ha de comenzar la profilaxis social. Primero, importa saber el grado de confianza en las autoridades representativas, especialmente las encargadas de impartir justicia, y luego atacar de frente la corrupción y la delincuencia en todas sus manifestaciones. Los que ahora ejecutan estos delitos y crímenes cotidianos no son, claro está, cosa nueva en Panamá: son los mismos delincuentes de siempre, pero ahora se da en proceso de crecimiento continuo.
No es un secreto guardado que el capitalismo de los siglos XIX y XX ha desmoralizado a la humanidad. Sin duda creó una fabulosa riqueza material; pero ha empobrecido la conciencia moral y ética del hombre y la mujer. Empero, también el proceso en nuestro medio), ha contribuido también a fomentar la corrupción, los vicios y el delito en nuestra sociedad. Ha cultivado con insensato exclusivismo el nervio del interés y el dogma de la utilidad, ha embotado en los individuos, en los ciudadanos todas las emociones propiamente morales. En Panamá hoy, el carácter epidémico adquirido por tales delitos indican que hallan éstos una atmósfera incubadora y propicia. La radical perversión ética que estos hechos patentizan es lo que consideramos, en alguna medida, consecuencia de la desmoralización sembrada por los hábitos del capitalismo y la política criolla.
Lamentablemente, para los políticos comunes, las acciones se estiman por su utilidad, y por ello la práctica política (a su manera), no debe parar mientes al escoger sus medios en otras cosa que en la eficacia de éstos. A todo esto se agrega la indiferencia de muchos, el miedo a denunciar los corruptos y delincuentes (aunque sean de cuello blanco), por razones conocidas. Pero, vale decir, el temor y la indiferencia, tienen que cesar. La sociedad panameña tiene que proteger sus intereses comunes, constituyéndose en seguro guardián de la paz social, de la justicia y de la moral pública.
¡El incremento de la delincuencia en Panamá hay que detenerlo! Hay que instar a las autoridades instituidas para el caso, a profundizar acciones firmes, sin contemplaciones de ninguna naturaleza, contra el crimen organizado y la violencia imperante en la sociedad panameña de hoy. Recordemos que el terrorismo, como la delincuencia, en cualquiera de sus manifestaciones, es, pues, además de un crimen, una lacra social, y urge que se deslinden los campos entre los delincuentes, los corruptos y asesinos que se enmascaran de políticos, de autoridades y de ciudadanos respetables y los verdaderos políticos, autoridades y de ciudadanos respetables, que desenmascaren a los corruptos, delincuentes y asesinos.

101 años de Panamá América

 
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