Políticas de Estado y desarrollo nacional
Salud y Educación son pilares básicos en la estructura de cualquier nación y en donde se cimienta el firme desarrollo social, cultural y económico de cada uno de ellos. Experiencias de siglos en la vida de los seres humanos han demostrado fehacientemente que la riqueza y el bienestar social no descansa exclusivamente en la existencia de mayores o menores recursos minerales, (llámese oro, rubíes, petróleo) o en la posición geográfica de cada territorio, sino en la mayor o menor educación de su población y que, lógicamente, está ligada a mejores condiciones de salud que garanticen la expresión máxima de todo su potencial.
Panamá es un país excepcional. De hecho, cada uno de sus habitantes debe dar gracias cada día por haber nacido en su pequeño y contorneado territorio. Sólo hay que visualizar y comparar las imágenes del mundo que nos rodea: Está libre de los efectos desgarradores de guerras civiles e internacionales, libre de los efectos devastadores de volcanes, huracanes y terremotos que azotan y destruyen con regular frecuencia a nuestros más cercanos y también más lejanos vecinos; libre, igualmente, de la hambruna y graves sequías que padecen muchos otros.
Y, a pesar de todas nuestras dificultades cívico-políticas, gracias a su privilegiada posición geopolítica y la permanencia norteamericana que nos legó un sistema monetario con libre circulación del dólar, el panameño se ha librado de los perniciosos efectos que la desvalorización de la moneda propia ocasiona y que ha esfumado en unos pocos momentos el resultado de años de esfuerzo laboral y el sacrificio personal de millones de habitantes en otros lares. Aún así, en las últimas cuatro décadas, los reflejos del accionar gubernamental demuestran que nuestra clase política se ha expresado, al final de cuentas, como un pesado lastre que contrarresta todas esas bendiciones que nos han sido dadas.
El partidismo está por encima de los intereses nacionales. Los valores del quehacer político-partidista supera, con algunas excepciones, los valores de la formación moral, técnico y profesional en todos los campos. Hacer dinero sin importar cómo, rige el norte de nuestros conciudadanos. El informe del Estudio Económico realizado por la Fundación Heritage es contundente, demoledor y vergonzoso para todos: los indicadores de corrupción, gasto gubernamental y derechos de dominio privado alcanzan la peor denominación y sobresalen acotaciones insoslayables como "el sistema judicial de Panamá es ineficiente y sujeto a corrupción"; "el país sigue teniendo problemas con su sistema jurídico por carecer de independencia y estar tradicionalmente plagado de corrupción" y con la agravante añadidura "ningún gobierno panameño se ha prestado a tratar tales problemas" Estas no son expresiones de un enemigo del gobierno. Son percepciones foráneas de expertos en la materia que descarnan nuestra grave realidad.
Los resultados: por una parte, educación nacional, que se debate angustiosamente sin encontrar una salida a sus graves deficiencias y cada día resalta mayormente la inadecuada formación de la mano de obra panameña, que impide a las nuevas generaciones su competencia para afrontar los retos de un mundo tecnológicamente en vertiginoso progreso. El panorama se ensombrece aún más cuando aflora que su más alta institución formadora del conocimiento adolece de una deuda insuperable y su administración refleja marcadas deficiencias. Imposible soslayar que en sus perímetros grupos minoritarios, pero con marcada fuerza política, se sobreimpone a la gran mayoría universitaria y dicta impunemente ejemplos de conducta violenta con alteraciones frecuentes del orden público citadino y que repercuten negativamente en la economía nacional.
Por otra, una atención de salud en la que los gobiernos dieron prioridad a gastos militares e institucionales en detrimento de este sector, al punto que durante casi 40 años la atención pública nacional descansó en viejas e históricas instalaciones médicas como el Hospital Santo Tomás, el H.Cecilio Castillero, el H.Marco Robles, el H.César de León y el H.Chiriquí, sin construirse nuevos ni modernizar ninguno de los mencionados hasta que se inicia un cambio con las dos últimas administraciones. Más aún, se trasladó el peso de las responsabilidades de la atención médica del sector gubernamental "al grupo rico de los asegurados" al extremo de ofrecerle las mismas garantías privativas de cada cotizante a todos los denominados derecho-habientes (padre, madre, esposa e hijos).
Todos los sectores vemos con preocupación la deficiente atención de los asegurados, la mayoría de los cuales se sobre esforzó y trasladó hacia las instituciones privadas, pero hoy agobiados por las estrecheces económicas que se vive en un mundo en franca fase de recesión, revierte hacia los dos únicos hospitales para asegurados, léase mayoritariamente, hacia el Complejo Hospitalario Metropolitano (cargado de derecho-habientes) con todos los inconvenientes que resultan difícil de superar en un momento dado.
El programa contra los vectores del paludismo, la fiebre amarilla, y el dengue fue reducido hace varios años en su calidad por "prevenir educando a la población cómo eliminar las larvas" en detrimento (cuando debió ser en complemento) de la "prevención eliminando al mosquito" (por su alto costo) que tanto éxito reflejó durante la permanencia norteamericana en nuestra nación. Los resultados están a la vista y un mal (dengue hemorrágico) para nosotros antes extraterritorial y lejano es hoy una grave amenaza, no sólo a la salud nacional sino igualmente a su economía (¿turismo?). ¿Y qué decir de las deficiencias acumuladas en el sistema de acueductos, purificación del agua y los drenajes y alcantarillados de nuestras ciudades y la creciente contaminación de nuestra bahía?
Salud y Educación con sólo pocos, pero vitales ejemplos a considerar. Entre muchos otros, pero de igual impacto en la vida nacional. Pero a buen entendedor...
Se requiere que los problemas de envergadura nacional (salud, educación, asuntos del canal, agropecuarios, turismo) sean considerados "política de Estado" con programas de largo alcance y participación pública y privada que garanticen su ejecución y desarrollo, no importa el color del partido que gobierne la Nación.
Con dudas, pero aún con esperanzas, la ciudadanía observa atenta "el Diálogo Nacional" que con tantas dificultades se intenta implementar y logre constituirse en un paso firme para la consolidación de esas "políticas de estado" cuya plena ejecución es precisamente lo que ha diferenciado y separado a los llamados países ricos de los pobres.
Panamá, con todas las bendiciones ya señaladas, y que recibe diariamente, debería contarse orgullosamente entre los países desarrollados del mundo. Lo contrario, que es aún nuestra triste realidad, aunque incomode a muchos, sean ya pro-gubernamentales u oposicionistas acérrimos, no es más que pesado lastre y reflejo de una clase política que mayoritariamente debe reconocer que es culpable y que debe superarse a sí misma en beneficio de Panamá y del futuro de sus propios hijos. Las explosiones sociales como los terremotos, suelen estar precedidos por ominosos ruidos y nuestra sociedad ya está dando incontables muestras de insatisfacciones. ¿Lograremos prevenir?
Panamá es un país excepcional. De hecho, cada uno de sus habitantes debe dar gracias cada día por haber nacido en su pequeño y contorneado territorio. Sólo hay que visualizar y comparar las imágenes del mundo que nos rodea: Está libre de los efectos desgarradores de guerras civiles e internacionales, libre de los efectos devastadores de volcanes, huracanes y terremotos que azotan y destruyen con regular frecuencia a nuestros más cercanos y también más lejanos vecinos; libre, igualmente, de la hambruna y graves sequías que padecen muchos otros.
Y, a pesar de todas nuestras dificultades cívico-políticas, gracias a su privilegiada posición geopolítica y la permanencia norteamericana que nos legó un sistema monetario con libre circulación del dólar, el panameño se ha librado de los perniciosos efectos que la desvalorización de la moneda propia ocasiona y que ha esfumado en unos pocos momentos el resultado de años de esfuerzo laboral y el sacrificio personal de millones de habitantes en otros lares. Aún así, en las últimas cuatro décadas, los reflejos del accionar gubernamental demuestran que nuestra clase política se ha expresado, al final de cuentas, como un pesado lastre que contrarresta todas esas bendiciones que nos han sido dadas.
El partidismo está por encima de los intereses nacionales. Los valores del quehacer político-partidista supera, con algunas excepciones, los valores de la formación moral, técnico y profesional en todos los campos. Hacer dinero sin importar cómo, rige el norte de nuestros conciudadanos. El informe del Estudio Económico realizado por la Fundación Heritage es contundente, demoledor y vergonzoso para todos: los indicadores de corrupción, gasto gubernamental y derechos de dominio privado alcanzan la peor denominación y sobresalen acotaciones insoslayables como "el sistema judicial de Panamá es ineficiente y sujeto a corrupción"; "el país sigue teniendo problemas con su sistema jurídico por carecer de independencia y estar tradicionalmente plagado de corrupción" y con la agravante añadidura "ningún gobierno panameño se ha prestado a tratar tales problemas" Estas no son expresiones de un enemigo del gobierno. Son percepciones foráneas de expertos en la materia que descarnan nuestra grave realidad.
Los resultados: por una parte, educación nacional, que se debate angustiosamente sin encontrar una salida a sus graves deficiencias y cada día resalta mayormente la inadecuada formación de la mano de obra panameña, que impide a las nuevas generaciones su competencia para afrontar los retos de un mundo tecnológicamente en vertiginoso progreso. El panorama se ensombrece aún más cuando aflora que su más alta institución formadora del conocimiento adolece de una deuda insuperable y su administración refleja marcadas deficiencias. Imposible soslayar que en sus perímetros grupos minoritarios, pero con marcada fuerza política, se sobreimpone a la gran mayoría universitaria y dicta impunemente ejemplos de conducta violenta con alteraciones frecuentes del orden público citadino y que repercuten negativamente en la economía nacional.
Por otra, una atención de salud en la que los gobiernos dieron prioridad a gastos militares e institucionales en detrimento de este sector, al punto que durante casi 40 años la atención pública nacional descansó en viejas e históricas instalaciones médicas como el Hospital Santo Tomás, el H.Cecilio Castillero, el H.Marco Robles, el H.César de León y el H.Chiriquí, sin construirse nuevos ni modernizar ninguno de los mencionados hasta que se inicia un cambio con las dos últimas administraciones. Más aún, se trasladó el peso de las responsabilidades de la atención médica del sector gubernamental "al grupo rico de los asegurados" al extremo de ofrecerle las mismas garantías privativas de cada cotizante a todos los denominados derecho-habientes (padre, madre, esposa e hijos).
Todos los sectores vemos con preocupación la deficiente atención de los asegurados, la mayoría de los cuales se sobre esforzó y trasladó hacia las instituciones privadas, pero hoy agobiados por las estrecheces económicas que se vive en un mundo en franca fase de recesión, revierte hacia los dos únicos hospitales para asegurados, léase mayoritariamente, hacia el Complejo Hospitalario Metropolitano (cargado de derecho-habientes) con todos los inconvenientes que resultan difícil de superar en un momento dado.
El programa contra los vectores del paludismo, la fiebre amarilla, y el dengue fue reducido hace varios años en su calidad por "prevenir educando a la población cómo eliminar las larvas" en detrimento (cuando debió ser en complemento) de la "prevención eliminando al mosquito" (por su alto costo) que tanto éxito reflejó durante la permanencia norteamericana en nuestra nación. Los resultados están a la vista y un mal (dengue hemorrágico) para nosotros antes extraterritorial y lejano es hoy una grave amenaza, no sólo a la salud nacional sino igualmente a su economía (¿turismo?). ¿Y qué decir de las deficiencias acumuladas en el sistema de acueductos, purificación del agua y los drenajes y alcantarillados de nuestras ciudades y la creciente contaminación de nuestra bahía?
Salud y Educación con sólo pocos, pero vitales ejemplos a considerar. Entre muchos otros, pero de igual impacto en la vida nacional. Pero a buen entendedor...
Se requiere que los problemas de envergadura nacional (salud, educación, asuntos del canal, agropecuarios, turismo) sean considerados "política de Estado" con programas de largo alcance y participación pública y privada que garanticen su ejecución y desarrollo, no importa el color del partido que gobierne la Nación.
Con dudas, pero aún con esperanzas, la ciudadanía observa atenta "el Diálogo Nacional" que con tantas dificultades se intenta implementar y logre constituirse en un paso firme para la consolidación de esas "políticas de estado" cuya plena ejecución es precisamente lo que ha diferenciado y separado a los llamados países ricos de los pobres.
Panamá, con todas las bendiciones ya señaladas, y que recibe diariamente, debería contarse orgullosamente entre los países desarrollados del mundo. Lo contrario, que es aún nuestra triste realidad, aunque incomode a muchos, sean ya pro-gubernamentales u oposicionistas acérrimos, no es más que pesado lastre y reflejo de una clase política que mayoritariamente debe reconocer que es culpable y que debe superarse a sí misma en beneficio de Panamá y del futuro de sus propios hijos. Las explosiones sociales como los terremotos, suelen estar precedidos por ominosos ruidos y nuestra sociedad ya está dando incontables muestras de insatisfacciones. ¿Lograremos prevenir?