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¿Politización de gestión o gestión de la política?


Durante los últimos años, amplios sectores de ciudadanos y ciudadanas de Panamá, así como de otras partes del mundo, muestran desconfianza en los políticos y apatía hacia las actividades políticas. Muchas personas piensan que la política es sinónimo de corrupción, oportunismo, mediocridad y demagogia. Los partidos políticos cada vez tienen mayores problemas para atraer sus electores y ganar la confianza de la sociedad. Las plataformas políticas ofrecen poco de dónde escoger, dada su gran afinidad en virtud de las ideologías dominantes en esta era de la globalización. Los conservadores pendulan hacia el centro y las izquierdas buscan reacomodos en el neoliberalismo.
El libre mercado, la competitividad y la aldea global sustentan las bases doctrinarias de muchos políticos y partidos que ayer asumieron un compromiso con la soberanía, los pobres y una relación más solidaría y humanizada entre las personas. La globalización con sus oportunidades y conflictos, barre las fronteras, las regulaciones, las idiosincrasias y tradiciones, construyendo imágenes de poder, éxito y riqueza fácil que son soportes del nuevo modelo de sociedad.
Hacía el futuro la política podrá ser un medio eficaz para gobernar, si los partidos y los dirigentes políticos acometen con inteligencia los cambios que sean indispensables para que la sociedad sea cada vez más democrática, justa y capaz de generar más progreso y bienestar para todo. Esto es posible cuando se estimula la estabilidad y no la incertidumbre; cuando se promueve el diálogo y no la confrontación; cuando se proyecta confianza y no la inseguridad; cuando se gestiona eficazmente la política en lugar de politizar la gestión.
Hacemos politización de la gestión pública cuando: se pierde de vista el futuro del país por contemplar y satisfacer los intereses particulares e inmediatos de un grupo político en el poder o de sus más allegados personeros; cuando se piensa en el período de un gobierno, del partido o alianza gobernante y las próximas elecciones y no en las necesidades de las próximas generaciones; cuando la verdad y las alternativas son patrimonio exclusivo de los que gobiernan y no se consulta ni se participa a la sociedad civil y los gobernados; cuando se rompe abruptamente la secuencia de proyectos y políticas de desarrollo impulsadas por gobiernos anteriores; cuando la gestión se orienta solo a defender el estado de situación existente y no se toman riesgos, para reformar el Estado, la economía y las reglas del juego de los actores sociales; cuando los cargos públicos de responsabilidad son entregados a personas amigas o parientes sin la debida formación y experiencia para ejercerlos existiendo en el país recursos humanos bien calificados y honestos; cuando el discurso político preelectoral no guarda correspondencia con la acción gubernamental del momento; cuando el esfuerzo del gobierno se pierde en tareas accesorias postergando la atención de los asuntos fundamentales de la nación y el Estado; cuando se carece de planes, estrategias o proyectos coherentes y ampliamente consultados y difundidos para gobernar; cuando la pobreza, el desempleo, el deterioro ambiental y la inseguridad ciudadana, considerados problemas medulares y críticos de la sociedad, reciben una consideración marginal en la agenda del gobierno.
La política es una actividad inherente al ser humano. Para muchos es arte, para otros es ciencia. La política representa el poder organizado en todas las comunidades, que invade la vida cotidiana, pues interviene en el destino personal de la población (precios, salarios, educación, salud, empleo..). La política guarda relación con instituciones de gobierno, pero además con partidos políticos, agrupaciones, manifestaciones y otras expresiones sociales.
Cuando nos referimos a la política de desarrollo, aludimos a una elección fundamental que se hace en nombre de la colectividad por órgano o personas comisionados para ese efecto, generalmente políticos, con la participación implícita de la sociedad. En ese sentido una política educativa, por ejemplo, reflejará las opciones políticas, los valores, las tradiciones del país, así como la idea de futuro que se tenga. Y será siempre más que enunciados de buenas intenciones, o inventario de acciones, o una lista de tareas que se pretendan realizar.
Una buena gestión de la política educativa debería considerar que el Estado sigue teniendo un papel importante en la educación: que es responsable, a nombre de la sociedad, de asegurar el derecho de todos y todas a una buena educación, regula la función educativa en atención a los mejores intereses de la sociedad, y no sólo del mercado; crea consensos y acuerdos nacionales sobre las mejores alternativas educativas; facilita el diálogo con los sectores más representativos (familias, partidos políticos, asociaciones profesionales, sindicatos, empresarios, docentes, iglesias, entre otros), elabora estudios y análisis prospectivos; diseña políticas a largo plazo para asegurar continuidad en las decisiones y cambios propuestos; crea equidad y oportunidades salvaguardando intereses de los más vulnerables (discapacitados, indígenas, mujeres, pobres, adultos mayores); promueve programas con estándares de calidad y aplica los medios de control; pone su mayor atención en los logros educativos de calidad y en los niveles de desempeño; asegura articulación y coherencia entre los niveles y dependencias del sistema y de éste con sus entorno social y económico; garantiza visibilidad y legitimidad de los cambios educativos; se basa en la investigación y la evaluación para la toma de decisiones; promueve iniciativas, potencia capacidades, libera energías y crea sinergías; construye interfaces entre lo político y la política y la política, entre los social y lo escolar, entre lo formal y lo no formal; asegura financiamiento y apoyo de la sociedad.
Los tiempos actuales demandan nuevos estilos de liderazgo políticos. Sólo los dirigentes que tiene una visión del futuro, que son capaces de impulsar reformas desde el diálogo y la concertación, que tengan el talento para hacer de la política el verdadero arte de gobernar en beneficio de toda la población de su porvenir, podrían contribuir a lograr la confianza de la comunidad.
Estos tiempos de cambios son también tiempos de decisiones, de reflexión y compromisos. O politizamos la gestión del Estados o asumimos la misión de trabajar por el beneficio, el futuro y la esperanza de todos. He aquí la cuestión.

101 años de Panamá América

 
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