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Popularidad presidencial


La respuesta generalmente ignorada por todo el mundo es obvia y hasta sencilla. Es una hábil política, de extraordinario olfato, que no ha hecho mucho más que eso durante toda su vida. Ese ha sido siempre su principal trabajo, el negocio al que dedica todas sus energías y emociones.
Cualesquiera sean sus limitaciones, reales o presuntas, en ella no existen en política. Constantemente escucha, se asesora y sobre todo sigue su instinto, finamente forjado tras la larga experiencia al lado del doctor Arnulfo Arias. Fue un proceso difícil y en silencio. Pero durante todos esos años no hizo otra cosa que escuchar, ver, tolerar, aprender y callar.
En el "89 no se sentía madura y tuvo el coraje de declinar. No era cuestión de ganar o perder, pues cualquier candidato de oposición habría ganado al de Noriega y éste igual le habría arrebatado el triunfo. Pero no se hallaba lo suficientemente aplomada para mandar entre todo aquél conglomerado de curtidos caciques que le ofrecían en bandeja de plata el poder. Acaso se resistía al papel meramente simbólico de la viuda del caudillo o a tener que ascender con amarras a intereses ajenos.
Se sintió lista en el "94. Estaba segura de ganar y lo habría hecho, de no ser por la irrupción de una nueva figura que captó muchos votos independienes, - Rubén Blades -, y otro gran volumen de sufragantes que siguió la recia persona del excontralor Rubén Carles. Aun así perdió estrechamente con Ernesto Pérez Balladares. Fue una derrota dolorosa donde el ajustado resultado no fue consuelo.
Pero donde otros "tiran la toalla" o se alejan para hacer otra cosa, la señora Moscoso se dedicó, como siempre, a caminar, conversar, chocar manos. En fin, politiquear sin descanso, organizando cuadros, visitándolos y recorriendo la geografía del país sin descanso, hasta que le sorprendió el próximo torneo en 1999.
Antes le salió un rival sorpresivo y difícil en las primarias de su partido, el empresario Alberto Vallarino. Cerró los libros a nuevos adherentes y monopolizó el tradicional color morado en su papeleta, pero su adversario se acercaba vertiginosamente. Al final venció cómodamente, pero se escindió el partido y perdió a los arnulfistas más valiosos. Tomó entonces la dura decisión de no hacer nada para evitarlo con tal de conservar en sus manos el control absoluto del colectivo. Ganó luego ampliamente la presidencia de la República, gracias esta vez a que los votos independientes se dividieron mucho menos, avalando en solitario a Alberto Vallarino, no ya a dos candidatos.
Su mandato ha sido un desastre. Las cifras sociales y económicas así lo revelan. Tiene un pésimo equipo de trabajo y peores asesores. A veces parece que el país se hunde. Pero sigue igual de popular, con merma insignificante, y para otros hasta en alza. Lo logra haciendo lo de siempre, caminar, abrazar, cargar niños, reir un rato con gente cualquiera, asegurando cuadros, mirando cara a cara y siendo humilde, casi humana, tropezando y cometiendo errores, rascando su cabeza tras algun disparate y sin disimular su incomodidad. Se le percibe normal, sin artificios, plena de defectos y algunas virtudes. Y así es que sigue conservando popularidad, más cerca de la tierra que del cielo.

101 años de Panamá América

 
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