Populismo: ¿Crimen o castigo?
LIBERALISMO económico sin responsabilidad social y socialismo sin libertades democráticas no son ideas que yo, inquieto lector, pueda compartir con nadie y menos con escritores que han pegado la vuelta por la infamia de la fama. La injusticia social, las desigualdades económicas y la pobreza por falta de oportunidades en educación y trabajo digno, todavía me conmueven y rebelan.
Cuando la dispersa, desorientada y débil oposición a Chávez fue derrotada en todas las elecciones en que participó, Letras Libres publicó un número dedicado al populismo latinoamericano desde la pícara óptica de la nueva derecha intelectual latinoamericana, tan vivaracha como indolente y desmemoriada.
Dolido, pero no engañado, decidí responder y cuestionar. El hecho ocurrió mucho antes de la última "selección" presidencial mexicana, hermana siamesa de la de Gore-Bush.
He aquí la carta: "El número 75 de Letras Libres dedica buena parte de su contenido al ABC del Populismo. Creo que el tema ha sido tocado con diferente fortuna. Algunos autores confunden nación con muchedumbre o pueblo con masa. Puede que me equivoque por desmemoriado, lo cual a mi edad no es una excusa sino un consuelo, pero no he leído una sola cita sobre Elías Cannetti u Ortega y Gasset, destacados referentes tradicionales del tema. Es cierto y estoy en líneas generales de acuerdo con las conclusiones arribadas en el análisis del peligro populista, pero quedé con la misma sensación de vacío interior que siempre tengo cuando la "inteligentzia" del patio suele interpretar la rebelión de los pueblos. Ese hastío de carne y hueso que barre con todo lo que se oponga a sus sueños de realización y de ser tenidos en cuenta a la hora de buscar justicia y nuevas oportunidades.
Sarmiento, autor de un texto ya clásico en nuestras escuelas: Facundo o Civilización y Barbarie, solía decir, bárbaramente, que en esa lucha no había que ahorrar sangre de gauchos, es decir: de pobres parias ignorantes. Yo me pregunto: ¿Qué intelectual ha sabido o ha podido resolver en América Latina los orígenes injustos de la pobreza? ¿Qué Universidad pudo certificar la defunción de la ignorancia? ¿Qué otro plausible substituto hay en la natural y desgraciada búsqueda de un redentor para una nación ahogada en sus desesperanzas, olvidada por sus falsos líderes, traicionada por sus intelectuales y despreciada por el baremo contable de los nuevos políticos salidos de los claustros económicos de la Universidad de Chicago? ¿Carlos Marx? ¿Un Che Guevara redivivo? ¿O un Friedrich Hayek? Abanderado autor de un desfasado ensayo político antinazi escrito en tiempos en que la URSS era aliada de los Aliados. ¿O tal vez aquel indio, Premio Nobel de Economía, que descubrió su fórmula? Ninguno. Es la "patriada", la espontaneidad del hartazgo social que crea los mecanismos instantáneos para una solución terrible e incierta. Son los piqueteros, los cocaleros, los cabreados del Zócalo los que generan el terremoto y espantan el apacible sueño irresponsable de los capitales temerosos.
Las naciones tienen vida propia. Basta con leer la historia universal y obviamente la mexicana. No reconocernos en el espejo enterrado que rescatara Carlos Fuentes es un grave problema, no solo conceptual, es una ceguera selectiva y cínica, como la que narra Saramago, donde no hay peor ciego que el que no quiere ver la realidad que lo circunda. Las naciones tienen un perfil propio, una tradición cultural que la soberbia de la globalización económica, impresa en los tratados coercitivos de comercio, tampoco quiere ver.
Las causas del populismo no están en el caudillo, así como la fiebre no está en la manta, pero admito que con él la democracia y la libertad suelen pagar graves consecuencias. El caudillo no inventa el populismo, es el pueblo hastiado el que lo inventa a él. El populismo no va a morir mientras la injusticia y la ignorancia del pueblo sean socias hipostasiadas de la pobreza y ésta sea salvajemente acicateada por los especuladores de afuera y por los lobos hambrientos de una jauría insaciable de adentro.
Cuando la incomprensión social es el resultado de cierta miopía intelectual o de la altanería que resulta de juzgar a las sociedades desde la torre de marfil o desde la oficina burocrática de políticos ciegos o corruptos, su manifiesto no puede ser otro que un puñado de palabras sin aliento, sin luz, ni destino. Bien por el tema, pero a algunos articulistas el tiro les quedó corto".
Confieso que jamás he creído en lo que se llamó "literatura comprometida", es decir: aquella que defiende, pregona o impone ideologías por la fe en cualquier bandería. Lo que rebasa los límites de mi tolerancia como lector, es que se utilice la literatura con fines subalternos, para el engaño político o como vehículo de propaganda de ideas que no sean la genuina expresión de pensamientos constructivos, equivocados o no, pero escritos con el honesto y raro don de la sinceridad y la belleza.
Admito que la literatura, como la verdad, no es una ni absoluta. Las hay de diferentes géneros y estilos. Tampoco existen en este mundo temas nuevos, sino aquellos que por viejos y repetidos, los escritores de estirpe literaria, hacen parecer como nuevos. Dios, el amor, la muerte, la injusticia, las esperanzas, las alegrías y la maldad pueden verse, como figuras cambiantes, en cada giro que le damos al colorido calidoscopio que nos ha sido dado y por donde cada uno de los mortales vemos pasar la vida.
Confieso que jamás he creído en lo que se llamó "literatura comprometida", es decir: aquella que defiende, pregona o impone ideologías por la fe en cualquier bandería.
Cuando la dispersa, desorientada y débil oposición a Chávez fue derrotada en todas las elecciones en que participó, Letras Libres publicó un número dedicado al populismo latinoamericano desde la pícara óptica de la nueva derecha intelectual latinoamericana, tan vivaracha como indolente y desmemoriada.
Dolido, pero no engañado, decidí responder y cuestionar. El hecho ocurrió mucho antes de la última "selección" presidencial mexicana, hermana siamesa de la de Gore-Bush.
He aquí la carta: "El número 75 de Letras Libres dedica buena parte de su contenido al ABC del Populismo. Creo que el tema ha sido tocado con diferente fortuna. Algunos autores confunden nación con muchedumbre o pueblo con masa. Puede que me equivoque por desmemoriado, lo cual a mi edad no es una excusa sino un consuelo, pero no he leído una sola cita sobre Elías Cannetti u Ortega y Gasset, destacados referentes tradicionales del tema. Es cierto y estoy en líneas generales de acuerdo con las conclusiones arribadas en el análisis del peligro populista, pero quedé con la misma sensación de vacío interior que siempre tengo cuando la "inteligentzia" del patio suele interpretar la rebelión de los pueblos. Ese hastío de carne y hueso que barre con todo lo que se oponga a sus sueños de realización y de ser tenidos en cuenta a la hora de buscar justicia y nuevas oportunidades.
Sarmiento, autor de un texto ya clásico en nuestras escuelas: Facundo o Civilización y Barbarie, solía decir, bárbaramente, que en esa lucha no había que ahorrar sangre de gauchos, es decir: de pobres parias ignorantes. Yo me pregunto: ¿Qué intelectual ha sabido o ha podido resolver en América Latina los orígenes injustos de la pobreza? ¿Qué Universidad pudo certificar la defunción de la ignorancia? ¿Qué otro plausible substituto hay en la natural y desgraciada búsqueda de un redentor para una nación ahogada en sus desesperanzas, olvidada por sus falsos líderes, traicionada por sus intelectuales y despreciada por el baremo contable de los nuevos políticos salidos de los claustros económicos de la Universidad de Chicago? ¿Carlos Marx? ¿Un Che Guevara redivivo? ¿O un Friedrich Hayek? Abanderado autor de un desfasado ensayo político antinazi escrito en tiempos en que la URSS era aliada de los Aliados. ¿O tal vez aquel indio, Premio Nobel de Economía, que descubrió su fórmula? Ninguno. Es la "patriada", la espontaneidad del hartazgo social que crea los mecanismos instantáneos para una solución terrible e incierta. Son los piqueteros, los cocaleros, los cabreados del Zócalo los que generan el terremoto y espantan el apacible sueño irresponsable de los capitales temerosos.
Las naciones tienen vida propia. Basta con leer la historia universal y obviamente la mexicana. No reconocernos en el espejo enterrado que rescatara Carlos Fuentes es un grave problema, no solo conceptual, es una ceguera selectiva y cínica, como la que narra Saramago, donde no hay peor ciego que el que no quiere ver la realidad que lo circunda. Las naciones tienen un perfil propio, una tradición cultural que la soberbia de la globalización económica, impresa en los tratados coercitivos de comercio, tampoco quiere ver.
Las causas del populismo no están en el caudillo, así como la fiebre no está en la manta, pero admito que con él la democracia y la libertad suelen pagar graves consecuencias. El caudillo no inventa el populismo, es el pueblo hastiado el que lo inventa a él. El populismo no va a morir mientras la injusticia y la ignorancia del pueblo sean socias hipostasiadas de la pobreza y ésta sea salvajemente acicateada por los especuladores de afuera y por los lobos hambrientos de una jauría insaciable de adentro.
Cuando la incomprensión social es el resultado de cierta miopía intelectual o de la altanería que resulta de juzgar a las sociedades desde la torre de marfil o desde la oficina burocrática de políticos ciegos o corruptos, su manifiesto no puede ser otro que un puñado de palabras sin aliento, sin luz, ni destino. Bien por el tema, pero a algunos articulistas el tiro les quedó corto".
Confieso que jamás he creído en lo que se llamó "literatura comprometida", es decir: aquella que defiende, pregona o impone ideologías por la fe en cualquier bandería. Lo que rebasa los límites de mi tolerancia como lector, es que se utilice la literatura con fines subalternos, para el engaño político o como vehículo de propaganda de ideas que no sean la genuina expresión de pensamientos constructivos, equivocados o no, pero escritos con el honesto y raro don de la sinceridad y la belleza.
Admito que la literatura, como la verdad, no es una ni absoluta. Las hay de diferentes géneros y estilos. Tampoco existen en este mundo temas nuevos, sino aquellos que por viejos y repetidos, los escritores de estirpe literaria, hacen parecer como nuevos. Dios, el amor, la muerte, la injusticia, las esperanzas, las alegrías y la maldad pueden verse, como figuras cambiantes, en cada giro que le damos al colorido calidoscopio que nos ha sido dado y por donde cada uno de los mortales vemos pasar la vida.
Confieso que jamás he creído en lo que se llamó "literatura comprometida", es decir: aquella que defiende, pregona o impone ideologías por la fe en cualquier bandería.