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Por la razón del miedo


El tema de Honduras ha sobrepasado sus fronteras. Es cierto que cada pueblo tiene legítimo derecho a resolver sus problemas políticos por sus propios medios, pero con una salvedad: debe hacerlo respetando las leyes fundamentales y los tratados supranacionales pactados con organismos internacionales vigentes.

Más allá de los argumentos sostenidos de una y otra parte en Honduras el problema pareciera tener dos vertientes muy bien definidas: una que podríamos llamar razón de Estado, apunta a la legitimidad de las acciones tomadas tanto por el presidente constitucional como por el gobierno de facto y otra razón de Principalidad, la de acatar principios fundamentales del orden constitucional y del derecho internacional ratificados por ese país.

Más allá de las falencias o precisiones de la Constitución hondureña, el problema de legitimidad atañe a sus leyes. Pero el problema del irrespeto a los principios de las naciones civilizadas y democráticas y el incumplimiento o violación a las leyes del derecho internacional es una cuestión que afecta y corresponde a todos los países del mundo y en especial al nuestro.

La supuesta intervención del gobierno venezolano en Honduras debe dirimirse en los tribunales correspondientes. La violación de la ley por el presidente Zelaya también. Pero lo que no se puede legitimar es el trato inhumano, degradante y antidemocrático aplicado a la expulsión, sin derecho a defensa, del presidente constitucional depuesto.

Resulta increíble leer opiniones de personalidades con responsabilidad civil que olviden ahora nuestro pasado dictatorial y pierdan la razón con argumentos antojadizos y engañosos. La razón se puede perder por muchas razones, por enfermedad, por intoxicación, por prejuicio ideológico, por engaño o por miedo. Admitir un golpe de estado contra un gobierno legítimo obedeciendo órdenes ilegítimas emanadas de los poderes del Estado es un acto que merece el repudio de todo ciudadano del mundo. Peor aún si se miente descaradamente invirtiendo la realidad con el burdo argumento goebbeliano de que el presidente depuesto fabricó su “autogolpe”.

No voy a tomar partido por las causas que han originado la asonada politico-militar. Eso es atributo de los especialistas y de los ciudadanos hondureños. Hoy Honduras es una nación polarizada, en un ambiente explosivo y en plena confrontación ideológica y los comunicadores sociales deben ser cautos en el tratamiento del tema para no fomentar violencia ni odios que la inflamen. Pero sí debo confesar que detesto desde lo más profundo de mi ser, la manifiesta ineptitud irresponsable y el grosero accionar de todos los que de una u otra forma han intervenido en la deposición violenta del presidente Zelaya.

Han cometido el mismo error que los golpistas venezolanos en el 2002. Ese golpe fallido -reconocido de inmediato por USA y Panamá- aupado por empresarios venezolanos en contubernio con el gobierno de Bush-Cheney no ha servido más que para solidificar, expandir y legitimar a un gobierno fantoche que de verdadero socialismo sólo tiene la barba rala de Fidel Castro. El miedo a Chávez no es razón suficiente para atropellar la democracia de ningún país. Tampoco se puede permitir que la libertad de un pueblo sea esclava del temor de unos pocos.

101 años de Panamá América

 
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