Por qué no conviene que Martín Torrijos fracase
La corrupción por parte de presidentes, ex presidentes, funcionarios judiciales y otros altos miembros de los gobiernos americanos, del presente y del pasado, ha quedado muy claro que no quedan impunes. Más temprano que tarde pagan por sus fechorías. La conciencia y la inflexibilidad de los pueblos con respecto a la malversación de fondos públicos por sus mandatarios han traspasado las fronteras de los países.
Un vistazo hacia América, del norte al sur, nos lleva a aceptar como una realidad que la prevaricación sin sanciones terminó. Ya los maleante no tienen donde esconderse.
Esta nueva corriente hemisférica contra la corrupción debe abrirle los ojos a quienes son proclives a delinquir.
Deben mirar, antes de cometer sus delitos, a su alrededor.
Si la maleantería sigue campante en nuestro medio, la clase política, sin excepciones, sufrirá un daño irreparable y la democracia corre el peligro de no ser para el futuro la ideología normativa de nuestra política.
Es, por todo esto, que considero que Martín Torrijos no debe fracasar en sus declaraciones de luchar contra la corrupción. El, en su campaña electoral, ofreció mucho y sólo podrá cumplir con poco. Sin embargo, se comprometió formalmente como candidato y luego como mandatario a no permitir la corrupción en su administración, al manifestar que no toleraría ningún tipo de actos de fechorías y que no habrá el "borrón y cuenta nueva", muy tradicional en nuestra política.
No voté por Martín Torrijos. Alejado de todo personalismo privó en mí consideraciones de tipo político.
El Partido Solidaridad, con mi respaldo, tuvo candidato propio y jugó un importante papel en el pasado torneo electoral. Contribuyó con el apoyo de muchos ciudadanos a poner fin al bipartidismo que amenazaba con debilitar la incipiente democracia panameña.
El Partido Solidaridad, después del 2 de mayo, se ubicó prontamente como un partido de oposición. En una democracia la oposición seria, responsable y alejada de toda demagogia y oportunismo, que es la que el colectivo pretende ejercer, es indispensable. Ella, esa oposición, que proclama Solidaridad, debe ser un freno a los excesos que pudieran cometerse y a las desviaciones, por parte del gobierno, que lleguen a afectar los mejores intereses nacionales.
Los legisladores de Solidaridad han actuado en la Asamblea Legislativa consecuentes con las directrices políticas del partido. Se han apartado de las posiciones de la mayoría de los legisladores de la antigua Asamblea que con su sometimiento al Ejecutivo, el aprovechamiento de un sinnúmero de privilegios, la utilización de la inmunidad y la complicidad en diversos actos de corrupción le causaron un gran desprestigio a ese importante Organo del Estado que aún perdura.
Martín Torrijos, su partido y sus planes de "Patria Nueva" serán vulnerables en las elecciones del año 2009 en la medida como él y la oposición actúen en estos próximos cinco años. Si ella, la oposición, presenta planes concretos y viables de gobierno, con un buen candidato que goce de credibilidad y de autoridad moral, sin duda vencerá.
El electorado panameño exige fin a la corrupción, por supuesto; pero también busca afanosamente un mejoramiento social que evite que tantos miles de marginados vivan en la desilusión, desesperanza y frustración.
Ni el gobierno, ni la oposición, es decir, la clase política panameña, puede permitir que se pierda la fe en sus instituciones y en sus hombres. De ocurrir esto podría Panamá caer, Dios nos guarde de ello, en un sistema autocrático, donde dejan de tener vigencia todas las libertades que han sido la norma que desde 1990 ha enmarcado las actividades políticas del país.
Hay otras naciones en el hemisferio en las cuales sus ciudadanos perdieron, en su impaciencia, la confianza en su clase política y hoy, en su desesperanza buscando mejores días, adoptan otras soluciones que la democracia no brinda, aunque a la larga pierdan más.
A veces las democracias necesitan de un "purgante" que revitalice el sistema.
Ojalá eso no vuelva a ocurrir en Panamá.
Un vistazo hacia América, del norte al sur, nos lleva a aceptar como una realidad que la prevaricación sin sanciones terminó. Ya los maleante no tienen donde esconderse.
Esta nueva corriente hemisférica contra la corrupción debe abrirle los ojos a quienes son proclives a delinquir.
Deben mirar, antes de cometer sus delitos, a su alrededor.
Si la maleantería sigue campante en nuestro medio, la clase política, sin excepciones, sufrirá un daño irreparable y la democracia corre el peligro de no ser para el futuro la ideología normativa de nuestra política.
Es, por todo esto, que considero que Martín Torrijos no debe fracasar en sus declaraciones de luchar contra la corrupción. El, en su campaña electoral, ofreció mucho y sólo podrá cumplir con poco. Sin embargo, se comprometió formalmente como candidato y luego como mandatario a no permitir la corrupción en su administración, al manifestar que no toleraría ningún tipo de actos de fechorías y que no habrá el "borrón y cuenta nueva", muy tradicional en nuestra política.
No voté por Martín Torrijos. Alejado de todo personalismo privó en mí consideraciones de tipo político.
El Partido Solidaridad, con mi respaldo, tuvo candidato propio y jugó un importante papel en el pasado torneo electoral. Contribuyó con el apoyo de muchos ciudadanos a poner fin al bipartidismo que amenazaba con debilitar la incipiente democracia panameña.
El Partido Solidaridad, después del 2 de mayo, se ubicó prontamente como un partido de oposición. En una democracia la oposición seria, responsable y alejada de toda demagogia y oportunismo, que es la que el colectivo pretende ejercer, es indispensable. Ella, esa oposición, que proclama Solidaridad, debe ser un freno a los excesos que pudieran cometerse y a las desviaciones, por parte del gobierno, que lleguen a afectar los mejores intereses nacionales.
Los legisladores de Solidaridad han actuado en la Asamblea Legislativa consecuentes con las directrices políticas del partido. Se han apartado de las posiciones de la mayoría de los legisladores de la antigua Asamblea que con su sometimiento al Ejecutivo, el aprovechamiento de un sinnúmero de privilegios, la utilización de la inmunidad y la complicidad en diversos actos de corrupción le causaron un gran desprestigio a ese importante Organo del Estado que aún perdura.
Martín Torrijos, su partido y sus planes de "Patria Nueva" serán vulnerables en las elecciones del año 2009 en la medida como él y la oposición actúen en estos próximos cinco años. Si ella, la oposición, presenta planes concretos y viables de gobierno, con un buen candidato que goce de credibilidad y de autoridad moral, sin duda vencerá.
El electorado panameño exige fin a la corrupción, por supuesto; pero también busca afanosamente un mejoramiento social que evite que tantos miles de marginados vivan en la desilusión, desesperanza y frustración.
Ni el gobierno, ni la oposición, es decir, la clase política panameña, puede permitir que se pierda la fe en sus instituciones y en sus hombres. De ocurrir esto podría Panamá caer, Dios nos guarde de ello, en un sistema autocrático, donde dejan de tener vigencia todas las libertades que han sido la norma que desde 1990 ha enmarcado las actividades políticas del país.
Hay otras naciones en el hemisferio en las cuales sus ciudadanos perdieron, en su impaciencia, la confianza en su clase política y hoy, en su desesperanza buscando mejores días, adoptan otras soluciones que la democracia no brinda, aunque a la larga pierdan más.
A veces las democracias necesitan de un "purgante" que revitalice el sistema.
Ojalá eso no vuelva a ocurrir en Panamá.