Por una conciencia crítica
Una escueta entrevista a Saramago iluminó el desván que entre penumbras se esconde en mi azotea, cubierta apenas por la claridad de unas canas inoportunas. El Nobel portugués acierta una vez más cuando afirma que una de las tantas carencias de la sociedad actual es la pobreza, pero de la conciencia crítica.
Decir que carecemos de conciencia social no es una novedad. Es una constante de los tiempos que corren, donde el éxito personal se mide no por lo que uno es, sino por lo que se tiene. Es el del individuo que le importa más perder un tratado comercial por causas políticas o una visa por orden de un oscuro subsecretario de una oficina encargada del patio trasero de la Casa Blanca, que manifestarse sinceramente por el honor, la integridad y el bienestar de su país. Es el embaucador profesional que desde el púlpito le cobra el diezmo al creyente iluso bajo los efectos de la sugestión hipnótica inducida por un hábil predicador cada semana más rico y codicioso.
La conciencia a la que se refiere el escritor de Lanzarote es la que impulsa a las diferentes organizaciones que aquí combaten la enfermedad, el hambre, la injusticia y la pobreza. Porque buenas instituciones cívicas las hay, pero no todos los que la integran sienten, en el fondo de su ser, la alteridad como una necesidad irrefrenable de acercamiento hacia el otro sino como una mera prolongación de un Yo sacudido por las cosquillas de una conciencia inquieta, cuando no por las conveniencias rentables de la caridad.
Tener conciencia crítica es asumir la responsabilidad ciudadana de informarse y de ser informada verazmente y en profundidad, de analizar los hechos que nos afectan como sociedad compartiéndolos con el entorno, desmenuzarlos y sacar conclusiones constructivas para luego opinar en pos de un futuro mejor o advertir de los peligros que amenazan su bienestar, su tranquilidad social y la prosperidad lograda dentro de un orden social justo. Es admitir que sin amor humano cualquier logro sería absurdo y que por más noble que sea la intención, su ausencia, hace inútil el fin que se persiga.
No creo en los imperios cuando la conciencia crítica de los pueblos carece de espíritu vasallo. A lo largo de la historia no hubo déspota que no tuviera un ejército rendido a sus pies, ni dioses que no invocara. Voces se oyen hoy, por todas partes, asustadas. Saben de donde viene el caos, pero no hallan la salida.
Mientras las posibilidades de una educación integral y humanista sean nulas, la ignorancia seguirá siendo el verdadero "opio del pueblo" e irá anestesiando primero y envenenado después la masa de conciencia crítica que pueda neutralizar la ruptura de la paz social.
Todo tiene un costo, falta ver quién está dispuesto a pagar por ello y acepte compartir el tesoro de un sueño destinado a los panameños del futuro.
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