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Por una política energética nacional


La actual crisis de los altos precios del petróleo y su negativa repercusión en la economía nacional y doméstica parece habernos tomado una vez más por sorpresa. Y decimos "parece", porque para nosotros no hay sorpresa alguna que valga. Desde la situación similar surgida en los años 70 cuando se dispararon los precios del barril al actuar los países petroleros, por primera vez, como un cartel, las oscilaciones, a veces abruptas, se han vuelto rutina.
Desde entonces, las naciones productoras, agrupadas en la OPEP, han perfeccionado sus mecanismos de control de la producción para que los tiempos del petróleo barato no regresen nunca más. En consecuencia, estamos acostumbrados a verlo mover al ritmo de la oferta y demanda. En tiempos de crudos inviernos y de auge industrial, los precios se elevan. Igual ocurre en los veranos tórridos y asfixiantes, cuando el mundo desarrollado se refugia en los aire acondicionadores. A veces se elevan sencillamente porque la OPEP cierra la llave o se desata alguna guerra en un país productor. Son tantos factores, que no hacer nada es irresponsable. Y lo hemos sido.
El último gobierno que adoptó una suerte de política energética nacional fue el de Omar Torrijos. Tras la experiencia de ver cómo en 1974 se triplicaron los precios del crudo desde cuatro a 12 dólares el barril, él dispuso la construcción de las hidroeléctricas de Bayano y La Fortuna. La muerte lo sorprendió cuando acariciaba un proyecto de alcoholina, combustible producido con una mezcla de alcohol de caña con gasolina usado en Brasil con discreto éxito. Con la iniciativa buscaba "matar dos pájaros con un solo tiro", esto es, dar un uso novedoso al deprimido azúcar de caña y, de paso, a sus alicaídos ingenios estatales, y disminuir de paso la dependencia petrolera.
El mismo Torrijos adoptó un sistema de subsidio del precio por consumo de carburante para situaciones de crisis, en el cual fue parte esencial el impuesto percibido por el Estado por cada galón despachado. Los gobiernos que lo siguieron, en esencia, nada hicieron, salvo quejarse de las alzas periódicas, a excepción de la administración de Guillermo Endara que construyó la Presa Alta de La Fortuna y de la actual de Mireya Moscoso, que hizo posible la construcción de la hidroeléctrica de Estí.
Hoy, con los precios excediendo los 40 dólares el barril, tenemos que afinar el ingenio y poner manos a la obra con nuevas iniciativas. Proponemos continuar estimulando la construcción de hidroeléctricas, guardando adecuada proporción con las plantas térmicas; y explorar otras fuentes alternas de energía existentes en el país, como es el caso de las geotérmicas de El Valle y Gualaca. Al mismo tiempo, podemos estudiar la posibilidad de importar gas natural de Colombia, a través de un gaseoducto, tal como hace Chile desde Argentina, y ésta desde Bolivia. También es posible destinar parte del impuesto por consumo a la constitución de un vigoroso fondo de subsidio para enfrentar períodos de crisis excepcionales. Y, por qué no, probar también con la alcoholina, sin impuestos. En fin, hay muchas cosas por hacer, pero hace falta determinación y liderazgo. La necesidad, si nos sirve de consuelo, agudiza la creatividad.
Quizás en tiempos pocos lejanos, estaremos alumbrándonos con güarichas de kerosine o velas en frascos de vidrio.
Sumado a estos aumentos, empresas que no dependen directamente del combustible, como el Corredor Norte, incrementa sus precios. Qué poca importancia tiene el pueblo panameño para estas compañías extranjeras que vienen a explotar nuestros recursos. Pareciera que el concreto tirado, hace años en la carretera, funciona con combustible.
La población debe tomar conciencia. Deje de utilizar las autopistas y verá que al final tendrán que rebajar el costo del peaje.
Unifiquémonos para defendernos de quienes quieren abusar de nuestra pobreza. Participe de la cruzada por la vida, contra el hambre, el desempleo, el aumento de la gasolina y los precios. Es una cruzada por nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos.
Utilice diariamente una pequeña cinta celeste en la parte superior izquierda de la camisa o el vestido.
Si no confía en ser parte de la solución, puede ser parte del problema. Existe solamente un país y una bandera. Dios te salve Panamá.

101 años de Panamá América

 
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