Pragmatismo o torrijismo 2000
El inicio de los años 90, identifica en nuestro país un proceso de reconversión política sin precedentes. dirigencias de vanguardias sociales históricas, partidos políticos y grupos de la sociedad civil, cambian o reajustan sus objetivos programáticos, para insertarse en la nueva dinámica electorera que trae consigo la democratización pos-invasora.
Argumentaciones abiertamente contradictorias con todo lo que constituyó hasta entonces sus conceptos del mundo y de las personas. Negaciones públicas de lo que hicimos como aporte sustanciales al desarrollo del país y la nacionalidad, se dejaron oír por doquier, a condición de ser potables, de ganar la aceptación de las nuevas hegemonías, de compartir poder.
El Pragmatismo político nos ha llevado a pensar que la lucha de clases dejó de existir y que el sojuzgamiento de los pueblos, como el nuestro, por las relaciones imperiales se acabó. Pretender deshojar una historia de gloria por los sacrificios y costosos esfuerzos con que se construyó a efecto de justificar intereses mezquinos, además de irónico y absurdo es desleal con sus propios orígenes. En este proceso se han conformado alianzas y pactos electoreros de todo tipo y naturaleza, se ha concertado y compartimentado el poder y el gobierno, con grupos y fuerzas históricamente antagónicas. Lo que está destruyendo la institucionalidad de los partidos progresistas -populares, la militancia y mística en el trabajo político.
Las posiciones burocráticas, los presupuestos oficiales, las comisiones de reformas para concensuar la periferia de las crisis, lograr acuerdos sin contenidos son los nuevos planes y programas de este escenario. La carencia ideológica, la ausencia de conceptos y métodos de análisis razonables, solidarios, son la caracterización de una inadecuada interpretación de los fenómenos que trae consigo la globalización.
Si queremos sobrevivir como seres humanos y no ser barridos por la fuerza y velocidad de los cambios que se están gestando, debemos rescatar lo ideológico. Sólo un proceso de reunificación de fuerzas para reconstruir ideas y conceptos que permitan programas sobre los intereses reales de la sociedad, nos acercará al camino correcto, donde nuestras fuerzas sociales sean las grandes protagonistas de los cambios; y no los medios de comunicación masiva, que hoy por hoy pretenden suplantar al hombre como centro y actor de la historia.
La inmensa capacidad y velocidad de informaciones que se exponen a diario dificulta más no imposibilita la necesidad de ubicar su esencia, lo estratégico del mensaje. Necesitamos ofrecer a las futuras generaciones las herramientas para enfrentar los nuevos escenarios. Elementos que le permitan reestructurar, reorganizar crítica, coherente y creativamente lo conocido.
Las nuevas dirigencias deben tomar decisiones basabas en el pensamiento reflexivo, y como tal crítico y creativo. Reflexiones generadas del análisis riguroso que coloque siempre los problemas en una visión de conjunto, menos propensa al error.
No podemos apoyarnos únicamente en el análisis económico, sino también en la imaginación prospectiva que nos permita pensar el futuro como historia. Sin esa visión abarcadora será imposible entender los acontecimientos cotidianos que nos competen directamente, y será también imposible actuar de manera eficaz como sujeto de la historia.
Argumentaciones abiertamente contradictorias con todo lo que constituyó hasta entonces sus conceptos del mundo y de las personas. Negaciones públicas de lo que hicimos como aporte sustanciales al desarrollo del país y la nacionalidad, se dejaron oír por doquier, a condición de ser potables, de ganar la aceptación de las nuevas hegemonías, de compartir poder.
El Pragmatismo político nos ha llevado a pensar que la lucha de clases dejó de existir y que el sojuzgamiento de los pueblos, como el nuestro, por las relaciones imperiales se acabó. Pretender deshojar una historia de gloria por los sacrificios y costosos esfuerzos con que se construyó a efecto de justificar intereses mezquinos, además de irónico y absurdo es desleal con sus propios orígenes. En este proceso se han conformado alianzas y pactos electoreros de todo tipo y naturaleza, se ha concertado y compartimentado el poder y el gobierno, con grupos y fuerzas históricamente antagónicas. Lo que está destruyendo la institucionalidad de los partidos progresistas -populares, la militancia y mística en el trabajo político.
Las posiciones burocráticas, los presupuestos oficiales, las comisiones de reformas para concensuar la periferia de las crisis, lograr acuerdos sin contenidos son los nuevos planes y programas de este escenario. La carencia ideológica, la ausencia de conceptos y métodos de análisis razonables, solidarios, son la caracterización de una inadecuada interpretación de los fenómenos que trae consigo la globalización.
Si queremos sobrevivir como seres humanos y no ser barridos por la fuerza y velocidad de los cambios que se están gestando, debemos rescatar lo ideológico. Sólo un proceso de reunificación de fuerzas para reconstruir ideas y conceptos que permitan programas sobre los intereses reales de la sociedad, nos acercará al camino correcto, donde nuestras fuerzas sociales sean las grandes protagonistas de los cambios; y no los medios de comunicación masiva, que hoy por hoy pretenden suplantar al hombre como centro y actor de la historia.
La inmensa capacidad y velocidad de informaciones que se exponen a diario dificulta más no imposibilita la necesidad de ubicar su esencia, lo estratégico del mensaje. Necesitamos ofrecer a las futuras generaciones las herramientas para enfrentar los nuevos escenarios. Elementos que le permitan reestructurar, reorganizar crítica, coherente y creativamente lo conocido.
Las nuevas dirigencias deben tomar decisiones basabas en el pensamiento reflexivo, y como tal crítico y creativo. Reflexiones generadas del análisis riguroso que coloque siempre los problemas en una visión de conjunto, menos propensa al error.
No podemos apoyarnos únicamente en el análisis económico, sino también en la imaginación prospectiva que nos permita pensar el futuro como historia. Sin esa visión abarcadora será imposible entender los acontecimientos cotidianos que nos competen directamente, y será también imposible actuar de manera eficaz como sujeto de la historia.