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Preludio de la catástrofe


En los últimos días, a través de su sección "Hace 70 años" (Pág. 2), Panamá América (PA) ha venido recordando a sus lectores que esta semana cumple un aniversario el llamado Acuerdo de Munich de 1938. En la noche del 29 al 30 de septiembre de ese año, un mundo conmocionado por la amenaza de guerra respiró aliviado al conocer que la entonces llamada "paz para nuestro tiempo" había sido negociada por las principales potencias europeas.

Los diarios titulares a ocho columnas con que PA informaba sobre los acontecimientos en Europa visiblemente reflejan que en Panamá, país del Canal y de bases militares norteamericanas, se compartía esa misma intranquilidad.

En septiembre de 1938, la chispa por encender una conflagración mundial era el ultimátum del dictador alemán, Adolfo Hitler, de ocupar a la fuerza el territorio de los Sudetes, o "Sudetenland", una región montañosa en las fronteras de Bohemia, entonces parte de Checoslovaquia y hoy de la República Checa. Esta región nunca había pertenecido a Alemania, aunque sus tres millones de habitantes eran casi todos de habla alemana, siendo antiguos súbditos del desaparecido imperio austríaco.

Checoslovaquia se oponía a ceder su estratégico territorio a Hitler. Tenía como garantía un pacto de defensa mutua con Francia, que a su vez tenía otro con Gran Bretaña y su imperio -India, Canadá, Australia, Sudáfrica, Nueva Zelanda y numerosas colonias-, por lo que cualquier ataque alemán provocaría una extensa guerra de alianzas que podría incluir también a la Unión Soviética, Polonia, Rumania, Yugoslavia, Hungría e Italia.

Reunidos con Hitler en Munich se encontraron el Primer ministro británico, Neville Chamberlain; el Presidente del Consejo francés, Édouard Daladier y el dictador italiano Benito Mussolini. Sin invitar al gobierno checo, los participantes decidieron entregar los Sudetes al líder nazi, abandonando a Checoslovaquia a su suerte. Al día siguiente, el ejército alemán cruzó la frontera checa sin necesidad de disparar un solo tiro.

Chamberlain y Daladier creyeron ingenuamente en Hitler cuando les prometió no tener ningún interés adicional en Checoslovaquia, afirmando que los Sudetes eran "su última reivindicación territorial en Europa". Tales mentiras no tardaron en revelarse: antes de que el Acuerdo de Munich cumpliera seis meses, las tropas alemanas entraron en Praga, ocupando el resto de Checoslovaquia. Antes de un año atacarían a Polonia, desencadenando la Segunda Guerra Mundial.

De haber enfrentado oportunamente al expansionismo hitleriano, las democracias europeas habrían podido evitar esa catástrofe con sus cerca de 50 millones de víctimas e inmensurable dolor, miseria, hambre y destrucción. De sus consecuencias no se salvó la población de los Sudetes: quienes sobrevivieron a la guerra fueron expulsados sin contemplación.

La enorme tragedia de la Segunda Guerra Mundial nos recuerda que en las promesas de los dictadores -incluso de aquellos que como Hitler fueron políticos electos por el voto popular- nunca, nunca, podemos creer ni confiar.

101 años de Panamá América

 
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