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Preocupación por los presos



En los últimos años se ha dado una gran campaña a favor de los derechos de los detenidos y de mejorar las condiciones carcelarias. Hasta allí es comprensible y justificable. El hacinamiento y la inhumanidad son las reglas en esos centros.
Los medios hemos sacado partido en términos de captar la atención del público y más de un premio de prensa se ha ganado gracias a la dramatización del tema.
Pero hay un problema. Nos estamos yendo al otro extremo, a convertir a los presos en víctimas y a erigir tácitamente a la sociedad como su victimaria. Y eso es erróneo.
Los presos, en buena parte, no son arcángeles. Están allí no por buenos, ni virtuosos, sino por malos. De otro modo, estarían libres, aun siendo culpables, gracias al sinfín de medidas cautelares, casa y país por cárcel y demás tratos benignos, plagados de escapatorias, que la ley les dispensa en su investigación y juzgamiento, merced al habilidoso esfuerzo de un pequeño pero bien organizado, militante e influyente grupo de profesionales de diversas disciplinas, que vela por los intereses y derechos de los imputados. Son los mismos que se infiltran en cada reforma penal o de procedimiento criminal, y siembran antidetonantes que hacen inútil todo intento de reprimir con mayor dureza la delincuencia que campea en el país.
Han logrado que hasta los jueces, anden en la onda "garantista", eufemismo leguleyo sinónimo de mecanismo de fomento de la impunidad. Se anula el proceso y se declara libre a un criminal porque la Corte, en su acostumbrada búsqueda y rebusca de alguna irregularidad, encontrará siempre una omisión o algún detalle para que el delincuente se salga con la suya, no importa la gravedad del delito. Aquí hemos visto soltar y devolverle sus bienes mal habidos, a connotados narcotraficantes, internacionales y nacionales, aunque hayan sido aprehendidos con las manos en la masa y, hemos visto también, cómo se ha condenado a periodistas por cumplir con su deber, e igual a empresarios, en el afán de criminalizar lo que no son sino meros litigios mercantiles.
Que el Defensor del Pueblo ande metido en las cárceles, incluso dando comida a los presos, puede parecer bien a primera vista. Pero no lo es, si por eso se olvida de la víctima que sufre las consecuencias directas del delito, y de la sociedad asediada por los maleantes. Mal puede resocializarse a quien no quiere.

101 años de Panamá América

 
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