Presidente Uribe lo quiere todo
El presidente de Colombia sabe mucho. Ha sobrevivido tres intentos serios por acabar con su vida. En mayo de 2002 fue elegido por una avalancha de votos... sin apoyo del liberalismo y conservadurismo. Dieciocho meses antes, nadie dada un peso por ese hombre de contextura frágil. Pero su mensaje caló poderosamente entre los electores: "la guerra merece una oportunidad". Álvaro Uribe conoce demasiado. Es consciente de que su período presidencial no es suficiente para aniquilar a las FARC y al ELN. Por ello inició un proceso para que en la carta magna aparezca la reelección presidencial. La reforma es inevitable. Y Uribe, cuya popularidad sobrepasa el 80%, será presidente hasta el 2010.
Los colombianos están contentísimos con Uribe, quien cumple, en su país, con las promesas que formuló cuando era un aspirante presidencial. Pero cuando se trata de honrar deberes adquiridos con otras naciones, entonces la situación es diferente. Panamá no goza de esa franqueza que supuestamente caracteriza a Uribe. Y aquí están los argumentos: El líder colombiano se come las uñas para que Panamá acepte la compra de gas natural y carbón, dos recursos naturales con amplias reservas en la nación sureña; también quiere unir a su país con el nuestro a través de una carretera en el Tapón del Darién; además, puja y empuja, mete y arremete, para que el gobierno panameño firme el contrato del Transmilenio, un sistema de transporte que ha resultado exitoso en varias ciudades colombianas; y el año pasado, en medio de una alarmante ola de violencia, protagonizada mayoritariamente por delincuentes de Colombia, la presidenta Mireya Moscoso desoyó el unísono reclamo de sus conciudadanos para que se exigiera la presentación de visas a todos los colombianos que desearan ingresar a Panamá. Ella, en su defecto, accedió a las súplicas de su homólogo Uribe para que se mantuviera el status quo.
Uribe lo quiere todo para él, pero no suelta prenda para los demás. ¿El mejor ejemplo? El actual e histórico diferendo entre Colombia y Panamá en materia de derechos de tráfico aéreo y concesiones de frecuencias de vuelos, además de la perenne controversia sobre el control del espacio aéreo internacional. Desde 1992, los gobiernos de Panamá y Colombia decidieron establecer una Comisión de Buena Vecindad para resolver las diferencias que existían -y que en el futuro surgieran- entre ambos países. La comisión delibera en diversas materias que van desde las telecomunicaciones e interconexión eléctrica hasta asuntos migratorios y turísticos.
En la mayoría de estos rubros las conversaciones marchan más o menos bien. Pero, como decía mi abuela, donde la puerca tuerce el rabo es en el tráfico aéreo y las concesiones de vuelos.
En 1993 Panamá y Colombia suscribieron un acuerdo que liberalizó las rutas. Tres años después, Colombia denunció el acuerdo y forzó a una nueva negociación. ¿Resultado? Colombia logró el doble de frecuencias sobre la contraparte panameña. Hace poco, se logró nuevamente la paridad, pero Colombia rechaza categóricamente el aumento de esas frecuencias, un asunto sensitivo para el desarrollo comercial aéreo.
Durante los últimos siete años, los colombianos se han burlado magistralmente de las autoridades panameñas. El año pasado Cartagena de Indias fue sede de la décima reunión de la Comisión de Vecindad: otra vez se discutió sobre la imperiosa necesidad de elevar el número de frecuencias de vuelos, pero todo quedó en promesas y más promesas.
Panamá siempre ha sido generoso con su vecino sureño. El Tratado de Montería (1977) otorga a Colombia derechos a perpetuidad para que sus naves puedan atravesar el canal sin pagar peajes. Por ello Uribe aceptó gustoso inaugurar el Puente Centenario el pasado 15 de agosto. Luego de la ceremonia, los periodistas preguntaron cuándo honraría el intercambio de reos (las cárceles panameñas están abarrotadas por decenas de colombianos). Uribe, todo un maestro en el arte del capoteo, se adhirió a las palabras emitidas por su cancillería: los calabozos en Colombia también se hallan repletos y habrá que esperar.
Continúa la disparidad en las relaciones comerciales entre Panamá y Colombia. Esta última disfruta de ventajas en detrimento de la primera. Pero se acabó el relajo. Un nuevo mandatario, asume las riendas del Estado panameño. Uribe no podrá apelar más a las sonrisitas para lograr sus propósitos. Ahora tendrá que asumir sus compromisos con un rostro viril y sin circunloquios.
Los colombianos están contentísimos con Uribe, quien cumple, en su país, con las promesas que formuló cuando era un aspirante presidencial. Pero cuando se trata de honrar deberes adquiridos con otras naciones, entonces la situación es diferente. Panamá no goza de esa franqueza que supuestamente caracteriza a Uribe. Y aquí están los argumentos: El líder colombiano se come las uñas para que Panamá acepte la compra de gas natural y carbón, dos recursos naturales con amplias reservas en la nación sureña; también quiere unir a su país con el nuestro a través de una carretera en el Tapón del Darién; además, puja y empuja, mete y arremete, para que el gobierno panameño firme el contrato del Transmilenio, un sistema de transporte que ha resultado exitoso en varias ciudades colombianas; y el año pasado, en medio de una alarmante ola de violencia, protagonizada mayoritariamente por delincuentes de Colombia, la presidenta Mireya Moscoso desoyó el unísono reclamo de sus conciudadanos para que se exigiera la presentación de visas a todos los colombianos que desearan ingresar a Panamá. Ella, en su defecto, accedió a las súplicas de su homólogo Uribe para que se mantuviera el status quo.
Uribe lo quiere todo para él, pero no suelta prenda para los demás. ¿El mejor ejemplo? El actual e histórico diferendo entre Colombia y Panamá en materia de derechos de tráfico aéreo y concesiones de frecuencias de vuelos, además de la perenne controversia sobre el control del espacio aéreo internacional. Desde 1992, los gobiernos de Panamá y Colombia decidieron establecer una Comisión de Buena Vecindad para resolver las diferencias que existían -y que en el futuro surgieran- entre ambos países. La comisión delibera en diversas materias que van desde las telecomunicaciones e interconexión eléctrica hasta asuntos migratorios y turísticos.
En la mayoría de estos rubros las conversaciones marchan más o menos bien. Pero, como decía mi abuela, donde la puerca tuerce el rabo es en el tráfico aéreo y las concesiones de vuelos.
En 1993 Panamá y Colombia suscribieron un acuerdo que liberalizó las rutas. Tres años después, Colombia denunció el acuerdo y forzó a una nueva negociación. ¿Resultado? Colombia logró el doble de frecuencias sobre la contraparte panameña. Hace poco, se logró nuevamente la paridad, pero Colombia rechaza categóricamente el aumento de esas frecuencias, un asunto sensitivo para el desarrollo comercial aéreo.
Durante los últimos siete años, los colombianos se han burlado magistralmente de las autoridades panameñas. El año pasado Cartagena de Indias fue sede de la décima reunión de la Comisión de Vecindad: otra vez se discutió sobre la imperiosa necesidad de elevar el número de frecuencias de vuelos, pero todo quedó en promesas y más promesas.
Panamá siempre ha sido generoso con su vecino sureño. El Tratado de Montería (1977) otorga a Colombia derechos a perpetuidad para que sus naves puedan atravesar el canal sin pagar peajes. Por ello Uribe aceptó gustoso inaugurar el Puente Centenario el pasado 15 de agosto. Luego de la ceremonia, los periodistas preguntaron cuándo honraría el intercambio de reos (las cárceles panameñas están abarrotadas por decenas de colombianos). Uribe, todo un maestro en el arte del capoteo, se adhirió a las palabras emitidas por su cancillería: los calabozos en Colombia también se hallan repletos y habrá que esperar.
Continúa la disparidad en las relaciones comerciales entre Panamá y Colombia. Esta última disfruta de ventajas en detrimento de la primera. Pero se acabó el relajo. Un nuevo mandatario, asume las riendas del Estado panameño. Uribe no podrá apelar más a las sonrisitas para lograr sus propósitos. Ahora tendrá que asumir sus compromisos con un rostro viril y sin circunloquios.