“Principio Martineliano”
Luego del duro golpe asestado al PRD, que dicho sea de paso transita por serias dificultades, Ricardo Martinelli asume el poder con una aureola cambista, lo que ha despertado serias expectativas en el pueblo. En un afán por ser, más que por parecer, ha iniciado su mandato apurando diligencias, con el afán de incorporar a la psiquis del electorado una imagen distinta a la común de los que lo antecedieron, buscando -desde luego- el apoderamiento de ella por parte de la gente. Esto le permitirá crear las condiciones para actuar con propiedad e impulsar con energía su propuesta gubernamental. Todo esto se plantea como una primera consecuencia del extraordinario apoyo dado en la urnas por un número altamente significativo de panameños.
El diseño de gestión pareciera querer alejarse de las fórmulas protocolarias, para enfrentar directamente los problemas. Desde el discurso de toma de posesión, ayuno de retórica y de teorizaciones, pero fundamentado principalmente en el quehacer hasta la primera reunión de Gabinete, fuera del escenario de palacio, realizado en una comunidad de gente pobre, existe ya un primer planteamiento del gobierno martineliano en los términos de la dirección que tomará su gestión. Sin descuidar el contenido de su campaña, y lo que se anuncia en la práctica, pareciera surgir un gobierno para la gente.
Si el actual gobierno logra identificarse con los sectores desprotegidos, resolver sus principales problemas y prosperar los aspectos más importantes de la sociedad nacional como lo son: educación, salud, empleo y seguridad, estaría legitimándose y convirtiéndose en el principal soporte de la gente y, en consecuencia, en un referente importante que desplazaría a aquellos sectores que se consideran auténticos representantes del sector popular. En una palabra, le quitaría el discurso a los de la izquierda -que aún no logran una unificación en fines, propósitos y acción-, como también al PRD, tenido por algunos como el depositario del sentimiento popular.
Lo importante es que estamos ante un gobierno empresarial, reconocido por propios y extraños, que se ha planteado la reivindicación popular. Lo difícil está -para muchos sectores- en el hecho de que los ricos en este país han asumido el poder- y con el mismo, están en la dirección de seguir consolidándose. No obstante, si se trata de los beneficios a la población, el dilema estaría planteado no en quien gobierna, sino para quién gobierna.
El temor no lo experimenta la población que hoy tiene fincadas sus esperanzas en un mañana al que aspira que le sea mejor. El peligro lo advierten los que han jugado con las necesidades del pueblo para enriquecerse, los que han elaborado permanentemente discursos falaces, los que hacen elucubraciones estériles en nombre del pueblo, y los que, llamándose sus auténticos representantes, se debaten entre un ser o no ser. Si hoy comienzan a sentarse las bases de un populismo, habría que detenerse con seriedad a reflexionar sobre lo que acontece; pero lo que sí queda claro es que la gente no entiende de conceptualizaciones, sino de respuestas a sus problemas inmediatos.