Problemas sísmicos
Este fin de año, la Noche Buena panameña estuvo visitada por un duro terremoto, en el Occidente chiricano y en las áreas vecinas de Costa Rica. Nos parece que la memoria registra cierta recurrencia de estos fenómenos en la zona central y en aquel extremo del país. En la última década han ocurrido temblores cada vez más fuertes, y de alguna repetición, lo que ha sido explicado por los técnicos como resultado de una falla tectónica que afecta áreas de la estructura terrestre de que forma parte el Istmo.
Ya parece necesario que se le preste atención adecuada a lo que va adquiriendo contornos de problema y que es ocasión para que el elenco gubernamental de turno se haga presente en las ruinas sísmicas nacionales, exprese sus lamentaciones, prometa socorro para los desamparados y regresé a sus intereses burocráticos, ya menudos, ya espectaculares, ateniéndose a lo que bien conocemos como su verdadera función, por muchos lamentada con las muertes inútiles.
Tales estremecimientos dejan sus huellas y verdades. Entre las últimas, la pésima calidad de la construcción ha sido notoria. Las escuelas públicas y las viviendas nada lujosa resultan las primeras víctimas, porque los propietarios, entre ellos el Estado, carecen de los recursos indispensables para edificar con fuertes y apropiados materiales. Es una determinación que trae la pobreza, sobre todo en las construcciones habitacionales, cuyos dueños pecan de modestia económica y hacen sacrificios para disponer de albergues, en algunas situaciones caracterizadas por su endeblez. Cuando se produce el sismo local, allí están las primeras víctimas. Hacen falta las exigencias estatales para evitar en lo posible las tragedias, porque si habitar en una vivienda segura es un derecho humano, resulta indispensable una medida gubernamental que la garantice. Ella también debe formar parte de las políticas estatales que tanta falta nos hacen. Y no sólo los parvis y caridades por el estilo.
Pueda ser que los técnicos en la materia sísmica se permitan educar a nuestra población, proveyéndola de informaciones antinentes a esta realidad panameña, que comienza a mostrar su rostro enloquecedor.
Simultáneamente al último movimiento telúrico nacional, se dio uno horrible en casi nuestras antípodas. La ciudad de Bam, en el sur de Irán, que servía de balneario turístico, de una población de 200 mil habitantes, fue devastada por un terremoto bíblico que produjo un saldo que por ahora, según los informes, ya pasa de los 40 mil muertos y más de 50 mil heridos. El 60% de los edificios de Bam desaparecieron con el terremoto, porque su construcción básica y tradicional era el ladrillo de barro. A la hora del siniestro, casi terminando la noche, la temperatura de la ciudad destrozada había bajado a más de cero grados y las gentes vagaban enloquecidas y con desesperación, entre escombros. Dicha ciudad tenía una edad de 2,000 años y por siglos sirvió de paso en la llamada Ruta de la Seda, entre China y Europa, utilizada por mercaderes y viajeros, desde muy antigua data.
Ojalá las fallas de la naturaleza nunca lleguen a tanto en Panamá, pero los signos dados en los últimos tiempos deben ser tenidos como base para medidas de prevención que traten de evitar las construcciones simplemente baratas y sin mayor resistencia. Si bien nosotros no hemos sido víctimas, hasta el presente, de grandes huracanes, ya lo vamos siendo de fueres terremotos que todavía son presagios, porque cada vez son más frecuentes y más destructores.
No nos atemoricemos ahora mismo, pero seamos sensatos y aprendamos de la calentura en cuerpos ajenos, para las prevenciones posibles, en vez de correr tardíamente a lamentarnos visitando a los desdichados, porque estamos en período eleccionario. No valen las promesas ante la televisión, porque el mal ajeno espera auxilio efectivo y no meras palabras que se lleva el viento. Las grandes tragedias de los terremotos parecen hoy males inesperados que se fraguan invisiblemente en el seno de la tierra; sobre todo muy difíciles de predecir. En los regímenes jurídicos de tradición romana, se les denominan como casos fortuitos o casos de fuerza mayor. En los sistemas anglosajones conservan la impotencia y el desamparo, porque se registran en las viejas leyes como "acts of God". Estas fórmulas del lenguaje parecen hoy traductores de un castigo para justos y pecadores, como en el caso de Sodoma y Gomorra.
Ya parece necesario que se le preste atención adecuada a lo que va adquiriendo contornos de problema y que es ocasión para que el elenco gubernamental de turno se haga presente en las ruinas sísmicas nacionales, exprese sus lamentaciones, prometa socorro para los desamparados y regresé a sus intereses burocráticos, ya menudos, ya espectaculares, ateniéndose a lo que bien conocemos como su verdadera función, por muchos lamentada con las muertes inútiles.
Tales estremecimientos dejan sus huellas y verdades. Entre las últimas, la pésima calidad de la construcción ha sido notoria. Las escuelas públicas y las viviendas nada lujosa resultan las primeras víctimas, porque los propietarios, entre ellos el Estado, carecen de los recursos indispensables para edificar con fuertes y apropiados materiales. Es una determinación que trae la pobreza, sobre todo en las construcciones habitacionales, cuyos dueños pecan de modestia económica y hacen sacrificios para disponer de albergues, en algunas situaciones caracterizadas por su endeblez. Cuando se produce el sismo local, allí están las primeras víctimas. Hacen falta las exigencias estatales para evitar en lo posible las tragedias, porque si habitar en una vivienda segura es un derecho humano, resulta indispensable una medida gubernamental que la garantice. Ella también debe formar parte de las políticas estatales que tanta falta nos hacen. Y no sólo los parvis y caridades por el estilo.
Pueda ser que los técnicos en la materia sísmica se permitan educar a nuestra población, proveyéndola de informaciones antinentes a esta realidad panameña, que comienza a mostrar su rostro enloquecedor.
Simultáneamente al último movimiento telúrico nacional, se dio uno horrible en casi nuestras antípodas. La ciudad de Bam, en el sur de Irán, que servía de balneario turístico, de una población de 200 mil habitantes, fue devastada por un terremoto bíblico que produjo un saldo que por ahora, según los informes, ya pasa de los 40 mil muertos y más de 50 mil heridos. El 60% de los edificios de Bam desaparecieron con el terremoto, porque su construcción básica y tradicional era el ladrillo de barro. A la hora del siniestro, casi terminando la noche, la temperatura de la ciudad destrozada había bajado a más de cero grados y las gentes vagaban enloquecidas y con desesperación, entre escombros. Dicha ciudad tenía una edad de 2,000 años y por siglos sirvió de paso en la llamada Ruta de la Seda, entre China y Europa, utilizada por mercaderes y viajeros, desde muy antigua data.
Ojalá las fallas de la naturaleza nunca lleguen a tanto en Panamá, pero los signos dados en los últimos tiempos deben ser tenidos como base para medidas de prevención que traten de evitar las construcciones simplemente baratas y sin mayor resistencia. Si bien nosotros no hemos sido víctimas, hasta el presente, de grandes huracanes, ya lo vamos siendo de fueres terremotos que todavía son presagios, porque cada vez son más frecuentes y más destructores.
No nos atemoricemos ahora mismo, pero seamos sensatos y aprendamos de la calentura en cuerpos ajenos, para las prevenciones posibles, en vez de correr tardíamente a lamentarnos visitando a los desdichados, porque estamos en período eleccionario. No valen las promesas ante la televisión, porque el mal ajeno espera auxilio efectivo y no meras palabras que se lleva el viento. Las grandes tragedias de los terremotos parecen hoy males inesperados que se fraguan invisiblemente en el seno de la tierra; sobre todo muy difíciles de predecir. En los regímenes jurídicos de tradición romana, se les denominan como casos fortuitos o casos de fuerza mayor. En los sistemas anglosajones conservan la impotencia y el desamparo, porque se registran en las viejas leyes como "acts of God". Estas fórmulas del lenguaje parecen hoy traductores de un castigo para justos y pecadores, como en el caso de Sodoma y Gomorra.