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Problemática en tiempos de Cristo


Dos mil años es mucho y es nada en términos de evolución de la humanidad. Ciertamente, los avances de la Ciencia han cambiado la vida y marcado al mundo, pero en esencia todo sigue siendo igual, una cadena sin final de avances y retrocesos en el mismo sentido. La muerte de Cristo nos hace pensar en temas tan actuales hoy como entonces. La discusión sempiterna, por ejemplo, en torno a la aplicación de la pena máxima en Derecho Penal. El ajusticiamiento de un inocente, luego de errores procesales crasos, harto estudiados, parece dar la razón a quienes repudian esa forma de castigo. La posibilidad de condenar a quien no es culpable está siempre presente en toda administración de justicia de cualquier época.
Incluso hoy la justicia se enfrenta a los mismos problemas: La intromisión de la política y de poderes ajenos, malos fallos, jueces corruptos, etc. Nada hay de nuevo bajo el sol. Cristo fue muerto por sedicioso, pero en el fondo no hacían más que abrir trillos por el camino entonces cerrado y peligroso de la libertad de culto. "Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios", constituye una máxima que resume magistralmente el principio de la separación del poder eclesiástico y civil que tantas guerras y tanta sangre costó en prevalecer demasiados siglos después. La intolerancia religiosa y el abuso del poder del Estado se coadyuvaron para asesinar a Jesús en flagrante abuso del poder público y de la Ley. ¿ No es lo mismo mutatis mutandi a lo que ocurre hoy?
No es muy distinto tampoco el ejercicio del poder imperial. Roma duró muchos siglos, mucho más que cualquier otro de los ulteriores imperios. Al final, todos se desmoronaron. ¿Cómo llegó Roma tan lejos y por tanto tiempo? Ejerciendo una admirable combinación de fuerza, superioridad tecnológica, habilidad para asimilar el talento ajeno, respeto de la cultura de los sometidos y su incorporación como ciudadanos del imperio, dependencia comercial, imposición de la democracia como forma de gobierno, globalización de su moneda y de sus leyes.
Cristo fue juzgado conforme a las leyes romanas de la época, pero fue condenado en apego a las leyes especiales que regían en Palestina y conforme a los intereses de las autoridades locales que en aquellos momentos coincidían con los de Roma, esto es conservar la tranquilidad y no alterar el status quo de poderes religiosos y políticos imperantes en el lugar. Jesús, para las autoridades locales era un desafío, un peligro; y para Roma, era en principio intrascendente, salvo en los términos de su significado como factor de potencial inquietud en una provincia caracterizada por su inestabilidad. Las legiones romanas virtualmente tuvieron que arrasar Massada y otras localidades a altísimo costo, para someterla.
Al final o al comienzo del camino - según se le mire - Jesucristo perdió y ganó. Fue crucificado pero sus doctrinas terminaron convirtiéndose por muchos siglos en la religión del imperio, y sobrevivir incluso a su caída, alcanzando y marcando nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Dios es eterno, las presidencias, los imperios, la vida y la tierra misma son perecederos.

101 años de Panamá América

 
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