Procedimiento equivocado
El pasado 18 de septiembre, Francisco Ameglio, diputado del Partido Arnulfista, presentó en la Asamblea Legislativa un anteproyecto de ley que pretende modificar y adicionar artículos al Código de la Familia para -según él- "perfeccionar el ejercicio del derecho a la integridad psíquica y moral, y el respeto a la dignidad humana y a la integridad de la familia". Dado los múltiples contrasentidos que pueden surgir de llegarse a aprobar el documento de marras, plantearé mis principales inquietudes relacionadas con tan delicado asunto.
Si bien es cierto que dentro de la exposición de motivos el legislador Ameglio reconoce que "nuestra sociedad muestra un deterioro creciente en todos su valores en general y, en especial, de aquellos que atañen al ser mismo y a su espíritu", la solución propuesta puede retrotraernos a fanatismos propios del medievo, y cuyas consecuencias resultaron peores a los supuestos defectos que intentaban corregir.
Según la vigésima segunda edición del Diccionario de la Lengua Española la moral es la "ciencia que trata del bien en general y de las acciones humanas en orden a su bondad o malicia", agregando que la misma "no está ligada al orden judicial -como tampoco al campo de los sentidos- por ser apreciación del entendimiento y la conciencia en torno al fuero interno o al respeto humano".
El mismo documento define la ética como "el conjunto de normas morales que rigen la conducta humana". Adicionalmente, y por razones vinculadas a la praxis cotidiana de ambos asuntos, el libre albedrío se precisa como la "potestad de obrar por reflexión y elección".
Como bien señalan las explicaciones anteriores, tanto la moral en general como la ética en particular, están íntimamente ligadas al arbitrio humano para elegir el curso a seguir dentro de una acción relacionada con tan subjetivas cuestiones.
El campo operativo para el proceder individual - conformado por una indefinible e infinita variedad de tonos grises- se adentra en un mundo donde prevalecen apreciaciones sui generis harto difíciles de catalogar.
Así las cosas, resulta inapropiado, por decir lo menos, pretender clasificar las reacciones que en el ámbito personal llegue a provocar un evento dado. A las pruebas me remito: Las terribles escenas del 11 de septiembre de 2001 -chocantes a más no poder por el crudo reportaje fílmico de un hecho abominable para la humanidad, y donde se hace palpable la muerte como nunca antes haya registrado reportaje alguno- indujeron, no a imitar el dantesco suceso, mas sí a repudiar la barbarie como método donde solventar las diferencias que puedan tener algunos pueblos entre sí.
La transformación anímica que genere la publicación de una escena erótica, un suceso sangriento o una confesión pública de corrupción administrativa estará directamente relacionada con el discernimiento que, sobre cualquiera de estos asuntos, adopte un individuo en particular.
No considero apropiado atribuir el deterioro social que se percibe - y por ende, su remedio milagroso- a una falta de control previo sobre qué difunden los diversos medios de comunicación nacional.
El efecto de esta medida en nuestra cultura -entendiendo como tal el conjunto de creencias, comportamientos, lenguajes y todo aquello que encierra el complejo modo de vida de un grupo de personas enmarcadas dentro de un período de tiempo en particular- pudiera resultar contraproducente, habida cuenta que la misma pudiera tornarse en la emanación de un minúsculo clan que la interprete, en vez de ser una expresión desprendida de toda la sociedad en general.
Por tal motivo, no puedo menos que apelar al sentido común para salvaguardar la libertad de expresión y el franco albedrío además de repudiar, profundamente, la figura de la Comisión Interdisciplinaria Clasificadora -asunto similar a una inquisición tropical y que propone el artículo 4 de este peligroso anteproyecto de ley- por todas las razones que me he permitido esbozar dentro de este breve escrito.
Si bien es cierto que dentro de la exposición de motivos el legislador Ameglio reconoce que "nuestra sociedad muestra un deterioro creciente en todos su valores en general y, en especial, de aquellos que atañen al ser mismo y a su espíritu", la solución propuesta puede retrotraernos a fanatismos propios del medievo, y cuyas consecuencias resultaron peores a los supuestos defectos que intentaban corregir.
Según la vigésima segunda edición del Diccionario de la Lengua Española la moral es la "ciencia que trata del bien en general y de las acciones humanas en orden a su bondad o malicia", agregando que la misma "no está ligada al orden judicial -como tampoco al campo de los sentidos- por ser apreciación del entendimiento y la conciencia en torno al fuero interno o al respeto humano".
El mismo documento define la ética como "el conjunto de normas morales que rigen la conducta humana". Adicionalmente, y por razones vinculadas a la praxis cotidiana de ambos asuntos, el libre albedrío se precisa como la "potestad de obrar por reflexión y elección".
Como bien señalan las explicaciones anteriores, tanto la moral en general como la ética en particular, están íntimamente ligadas al arbitrio humano para elegir el curso a seguir dentro de una acción relacionada con tan subjetivas cuestiones.
El campo operativo para el proceder individual - conformado por una indefinible e infinita variedad de tonos grises- se adentra en un mundo donde prevalecen apreciaciones sui generis harto difíciles de catalogar.
Así las cosas, resulta inapropiado, por decir lo menos, pretender clasificar las reacciones que en el ámbito personal llegue a provocar un evento dado. A las pruebas me remito: Las terribles escenas del 11 de septiembre de 2001 -chocantes a más no poder por el crudo reportaje fílmico de un hecho abominable para la humanidad, y donde se hace palpable la muerte como nunca antes haya registrado reportaje alguno- indujeron, no a imitar el dantesco suceso, mas sí a repudiar la barbarie como método donde solventar las diferencias que puedan tener algunos pueblos entre sí.
La transformación anímica que genere la publicación de una escena erótica, un suceso sangriento o una confesión pública de corrupción administrativa estará directamente relacionada con el discernimiento que, sobre cualquiera de estos asuntos, adopte un individuo en particular.
No considero apropiado atribuir el deterioro social que se percibe - y por ende, su remedio milagroso- a una falta de control previo sobre qué difunden los diversos medios de comunicación nacional.
El efecto de esta medida en nuestra cultura -entendiendo como tal el conjunto de creencias, comportamientos, lenguajes y todo aquello que encierra el complejo modo de vida de un grupo de personas enmarcadas dentro de un período de tiempo en particular- pudiera resultar contraproducente, habida cuenta que la misma pudiera tornarse en la emanación de un minúsculo clan que la interprete, en vez de ser una expresión desprendida de toda la sociedad en general.
Por tal motivo, no puedo menos que apelar al sentido común para salvaguardar la libertad de expresión y el franco albedrío además de repudiar, profundamente, la figura de la Comisión Interdisciplinaria Clasificadora -asunto similar a una inquisición tropical y que propone el artículo 4 de este peligroso anteproyecto de ley- por todas las razones que me he permitido esbozar dentro de este breve escrito.