Promoción de la inteligencia
Aunque no todas las posiciones psicológicas dan a la inteligencia la misma definición, y en general con respecto a si la inteligencia es el fin inmediato de la educación o solamente una meta subsidiaria o un subproducto, nosotros adoptamos la posición de que la forma más ventajosa en la que deben definir la inteligencia los educadores es considerarla como una capacidad de actuar con previsión digna de confianza, que es el producto de la inteligencia de una persona y su ambiente psicológico. Así considerada, la inteligencia funcional de una persona es capaz de mejoría constante por medio de la educación. Antes del siglo XVII se creía que muy poco, quizá nada, podía hacerse por mejorar la inteligencia de un hombre común y corriente. Hasta que llegó "el siglo de las luces", en los siglos XVII y XVIII, se suponía que cualquier intento para mejorar la calidad de la inteligencia de una persona ordinaria, estaba destinado al fracaso. Este concepto pesimista y fatalista de la raza humana databa de la remota antigüedad. Sin embargo, un punto de vista mucho más optimista surgió en el siglo XVIII. Los liberales de Francia, Inglaterra, las Colonias americanas y de otros sitios, influidos por la teoría de Locke de la tabularasa de sentido empírico, llegaron a la conclusión de que la inteligencia de cualquier persona normal podía mejorarse indefinidamente mediante la educación. La psicología de las facultades también contribuyó a ver las cosas así: la conducta inteligente se supuso que era el producto de la utilización de ciertas facultades tales como la memoria, razón e imaginación, que podían ser fortalecidas mediante el ejercicio.
Quienes creían en el mejoramiento de la inteligencia estuvieron a favor de extender la educación formal a las clases bajas y de mejorar la educación para todos. Asimismo, en enfoque de la disciplina mental sobre el aprendizaje era el único que entonces se conocía y, por tanto, quienes creyeron que la educación podía mejorar la inteligencia de los estudiantes, supusieron que los beneficios se adquirían mediante prácticas disciplinarias o la lectura de los clásicos. En lo que respecta a los escolares en el siglo XVII, la mejoría de la inteligencia no pudo haber tenido para ellos mucho provecho. Por una razón, el concepto de inteligencia no estaba bien desarrollado. No había, en términos operacionales, nada semejante a la definición moderna de lo que significa ser inteligente. Por otra parte, los objetivos de la educación eran múltiples y a la obtención de la "fuerza del pensamiento", no se le daba entonces de ningún modo un lugar central. No obstante, en mucha de la literatura actual de la educación, la meta suprema es el desarrollo de la capacidad de pensar, esto es, de tomar resoluciones inteligentes. Pero esto no quiere decir que la educación moral sea descuidada sino más bien que en esta área como en otras, lo recomendable es el método de la inteligencia.
Una de las razones por las cuales un considerable número de educadores modernos acentúan el desarrollo de la inteligencia como la primordial meta de la educación, estriba en la relación existente ente un nivel de la inteligencia de los ciudadanos y el fructuoso funcionamiento de la democracia. Esta relación ha sido observada durante siglos, a menudo con el objeto de probar que como las masas carecían tanto de inteligencia, la democracia era un ideal impracticable. Sin embargo, a fines del siglo XVIII y principios de XIX, la democracia que ampliamente aceptada en unos pocos países, no sólo como una ideal combinación social, sino también como un sistema práctico de relaciones humanas. Los que creyeron que la democracia era factible, como Thomas Jefferson, consideraban que su potencial positivo sólo podría cristalizar si las masas eran educadas. Jefferson recomendó la libre educación pública, no mucha sino poca, para todo el mundo. Su suposición era que un sistema de educación pública libre, aunque obligatoria, elevaría el nivel general de inteligencia del pueblo. Probablemente la mayoría de las personas dirían hoy que una conducta inteligente en las masas populares es una pre-requisito para que funcione con éxito la democracia y que la educación es esencial para la inteligencia de las masas. Pero es probable también que el ciudadano común no tenga un concepto claro de la que significa ser inteligente. De igual manera, muchos científicos sociales y otros estudiosos de la sociedad, aunque convencidos personalmente de los valores democráticos, no se preocupan mucho en utilizar la inteligencia para reforzar la democracia, en la misma forma que lo hacen para asegurar la supervivencia humana. Muchas personas de altos niveles culturales temen, sinceramente, que la existencia humana pueda degenerar y alcanzar los niveles casi bestiales. Están alarmados al ver el fracaso del hombre hasta hoy para eliminar ciertas amenazas a la continuidad de su existencia civilizada. Las amenazas mayores son probablemente la incontrolable explosión demográfica y la guerra nuclear. Pero, además del crecimiento demográfico y la guerra, debemos incluir en la lista la extrema pobreza y hasta el hambre total en grandes sectores del mundo, la centralización política y económica, la creciente mecanización de la vida en los países industrializados y las crecientes presiones que llevan al conformismo.
Quienes creían en el mejoramiento de la inteligencia estuvieron a favor de extender la educación formal a las clases bajas y de mejorar la educación para todos. Asimismo, en enfoque de la disciplina mental sobre el aprendizaje era el único que entonces se conocía y, por tanto, quienes creyeron que la educación podía mejorar la inteligencia de los estudiantes, supusieron que los beneficios se adquirían mediante prácticas disciplinarias o la lectura de los clásicos. En lo que respecta a los escolares en el siglo XVII, la mejoría de la inteligencia no pudo haber tenido para ellos mucho provecho. Por una razón, el concepto de inteligencia no estaba bien desarrollado. No había, en términos operacionales, nada semejante a la definición moderna de lo que significa ser inteligente. Por otra parte, los objetivos de la educación eran múltiples y a la obtención de la "fuerza del pensamiento", no se le daba entonces de ningún modo un lugar central. No obstante, en mucha de la literatura actual de la educación, la meta suprema es el desarrollo de la capacidad de pensar, esto es, de tomar resoluciones inteligentes. Pero esto no quiere decir que la educación moral sea descuidada sino más bien que en esta área como en otras, lo recomendable es el método de la inteligencia.
Una de las razones por las cuales un considerable número de educadores modernos acentúan el desarrollo de la inteligencia como la primordial meta de la educación, estriba en la relación existente ente un nivel de la inteligencia de los ciudadanos y el fructuoso funcionamiento de la democracia. Esta relación ha sido observada durante siglos, a menudo con el objeto de probar que como las masas carecían tanto de inteligencia, la democracia era un ideal impracticable. Sin embargo, a fines del siglo XVIII y principios de XIX, la democracia que ampliamente aceptada en unos pocos países, no sólo como una ideal combinación social, sino también como un sistema práctico de relaciones humanas. Los que creyeron que la democracia era factible, como Thomas Jefferson, consideraban que su potencial positivo sólo podría cristalizar si las masas eran educadas. Jefferson recomendó la libre educación pública, no mucha sino poca, para todo el mundo. Su suposición era que un sistema de educación pública libre, aunque obligatoria, elevaría el nivel general de inteligencia del pueblo. Probablemente la mayoría de las personas dirían hoy que una conducta inteligente en las masas populares es una pre-requisito para que funcione con éxito la democracia y que la educación es esencial para la inteligencia de las masas. Pero es probable también que el ciudadano común no tenga un concepto claro de la que significa ser inteligente. De igual manera, muchos científicos sociales y otros estudiosos de la sociedad, aunque convencidos personalmente de los valores democráticos, no se preocupan mucho en utilizar la inteligencia para reforzar la democracia, en la misma forma que lo hacen para asegurar la supervivencia humana. Muchas personas de altos niveles culturales temen, sinceramente, que la existencia humana pueda degenerar y alcanzar los niveles casi bestiales. Están alarmados al ver el fracaso del hombre hasta hoy para eliminar ciertas amenazas a la continuidad de su existencia civilizada. Las amenazas mayores son probablemente la incontrolable explosión demográfica y la guerra nuclear. Pero, además del crecimiento demográfico y la guerra, debemos incluir en la lista la extrema pobreza y hasta el hambre total en grandes sectores del mundo, la centralización política y económica, la creciente mecanización de la vida en los países industrializados y las crecientes presiones que llevan al conformismo.