¿Propuestas virtuales?
Mucho se ha dicho, últimamente, acerca de la necesidad de encauzar el debate político hacia la presentación de propuestas. Pero, lo que el ciudadano de a pie observa es una especie de menú en donde se enumeran problemas ligados a algunos ejes transversales (sociales, ambientales, legales) y que brindan la apariencia de que nos encontramos frente a propuestas de políticas públicas de Estado coherentes. A este guión temático los candidatos lo han denominado “propuestas de gobierno”.
Lo que ocurre es que esta lista de buenas intenciones sólo nos dice qué es lo que se desea cambiar, pero no nos dice, necesariamente, cómo se va a cambiar. Para que esto ocurra, deben contestarse, mínimamente, algunas interrogantes. Todas no pueden ejecutarse a la vez: ¿Cuáles son las acciones prioritarias? ¿Con cuál o cuáles debo empezar? ¿Será con las acciones más visibles, por ejemplo, infraestructuras físicas (puentes, carreteras, metro, monorriel), reformas tributarias, ajustes tarifarios, trasferencias monetarias? ¿O por acciones de base menos visibles políticamente, pero de mayor impacto social y profundidad (inclusión social, manejo sustentable del ambiente, reforma judicial)? ¿Cuál es el costo político de estas decisiones? ¿En qué tiempo las ejecutaré? ¿Quiénes se benefician? ¿Con qué actores sociales se ejecutarán: gobierno, empresa privada, sociedad civil, sindicatos, campesinos, todos? ¿Cómo se financiarán? ¿Cuál es el costo político por no ejecutarlas? ¿Cómo se articularían con el entorno internacional?
Para muchos, estos detalles podrían parecer innecesarios. Para otros, se trataría de temas muy técnicos cuya discusión no tendría ningún impacto sobre la intención de votos. Craso error. El debate político ha sido secuestrado por los “creadores” (¿destructores?) de imagen, la mercadotecnia política, la manipulación mediática y la emergencia de analistas políticos improvisados, quienes han desplazado del escenario a los auténticos líderes políticos -doctrinarios e ideológicos de izquierda y de derecha-, capaces de crear verdaderos programas de gobierno y de movilizar a la población a través de propuestas que la involucran. Esto no sería nada nuevo en Panamá. Durante la época de la oligarquía retardataria, antes de 1968, los políticos liberales, no obstante sus propuestas impopulares, clientelistas o caudillistas permitían, de rebote, la creación de una conciencia crítica nacional.
Esa ha sido la historia política de la clase media panameña. Recordemos el papel del Panameñismo histórico de la década del 50, o la reacción popular frente a la oferta electoral reformista del Arq. David Samudio en 1968. Igual podríamos decir del Torrijismo entre 1972 y 1985. No se trata, entonces, de cuestionamientos técnicos o innecesarios, sino de la incapacidad de traducir los mismos en una agenda para la discusión y la docencia política con capacidad de convocatoria.
Mientras las campañas políticas no tomen distancia estratégica de las agencias publicitarias y la manipulación mediática -creadora de realidades virtuales-, seguirá esta indigencia política que le arrebata al pueblo la oportunidad de construir su propio destino eligiendo la mejor opción. Tan virtual es esta realidad política, como real es esta crisis institucional en esta débil democracia.