Prosperidad, pobreza y desarrollo
Más allá de los numeritos sobre los ingresos del hogar, la satisfacción de las necesidades más elementales, el acceso a los servicios básicos, o las calorías consumidas por día, la pobreza involucra un problema profundamente ético. La mera existencia de una masa de población pobre convierte en hipocresía todos los discursos ingenuos sobre la democracia y el estado de derecho. Porque vivir pobre conlleva también la carencia de reconocimiento social, la negación sistemática de las oportunidades que le permiten a los seres humanos crecer y desarrollarse como personas, sujetos de derecho, portadores de intereses.
Una democracia con altos niveles de pobreza está muy cercana a ser una parodia de mal gusto. De la misma forma, la democracia avanza cuando una población va saliendo de su situación de pobreza y conquista así el grado de autonomía que para los no pobres es una cosa natural. El problema está en que estos procesos siempre toman tiempo y cuando se mezclan con los ciclos electorales hacen una mala mezcla, pues a los gobernantes les gusta demostrar victorias rápidas en un terreno en el que tres o cuatro años de labor constante son apenas un comienzo y no un cambio significativo.
Diez, o quince años después de mantener un esfuerzo sistemático e integral en el trabajo con las comunidades y las familias pobres, de apoyar a las mujeres y a los hombres en la gestión de los recursos del hogar, en proteger la nutrición de los niños y las niñas desde el período de gestación, de darle seguimiento a su crecimiento y desarrollo con visitas médicas periódicas, de apoyar y facilitar su acceso a la escuela y a una educación de calidad, mientras los adultos en el hogar generan ingresos y cumplen labores públicas sin las cuales no hay vida comunitaria, entonces se habrá generado un tejido social firme y resistente a los embates económicos.
Es cierto que el desarrollo es algo más que el éxito acumulado en la lucha contra la pobreza, pues el desarrollo se predica respecto de la sociedad en su conjunto; sin embargo, las políticas de desarrollo están más cerca de los avances del capital humano que de los picos de la propiedad inmobiliaria, las ansiadas ganancias por el movimiento de mercancías de un lugar a otro del continente y del planeta, y de las repentinas alzas que se experimentan en la bolsa de valores. No confundamos la prosperidad en los negocios, que tenemos ahora, con las conquistas del desarrollo, asignatura en la que tenemos muchas tareas pendientes, por no decir postergadas.