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Protocolo


Cuando las personas tienen la educación y los recursos mínimos necesarios, organizan su modo de vestir para comunicar algo importante acerca de sí mismas. El vestido es, pues, una forma de expresarse que conlleva un mensaje que puede ser especialmente estratégico para la relación con los demás.

Pero el vestido privado, ese que responde exclusivamente a los deseos del individuo que lo porta, encuentra severas restricciones en la medida en que el individuo se convierte en el operador de funciones públicas. Así, un sacerdote o un educador no puede vestir como le da la gana cuando ejerce sus funciones. Cuando se trata de altos funcionarios del Estado, una serie de reglas que llamamos protocolo definen los límites de lo recomendable y lo aceptable. Tomando en cuenta que en Panamá hasta la aplicación de las normas constitucionales crea muchas dudas, no debe extrañarnos que las reglas de protocolo acerca de cómo debe vestir el Primer Mandatario cuando es recibido en el extranjero por altas autoridades, también adolezcan de cierta indefinición.

Comparados con los problemas reales que vive el país y su sacudida institucionalidad, el protocolo está lejos de ser un problema que valga la pena ventilar aquí. Sin embargo, no está de más hacer un comentario sobre la percepción que genera la forma de vestir del actual Presidente, incluso cuando nos representa como nación en otras tierras. Pareciera que su mensaje es: “solo respeto mis reglas, y no reconozco ni me limitan las que los demás pudieran tener.”

101 años de Panamá América

 
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