Proyección social de la Iglesia Católica
La enseñanza social de la Iglesia Católica de este siglo XX y del que está por iniciarse propugna por el reconocimiento y la solución de los palpitantes problemas que dificultan el desarrollo y equilibrio cabal de nuestra sociedad. Esta intención y actitud de compromiso social de nuestra Iglesia con sus fieles que se profundizan en el Concilio Vaticano II, se sustentan en la necesidad que le cabe al Estado como tal, de ofrecer un ambiente adecuado y saludable para lograr el bienestar de la sociedad teniendo como base, un modelo económico que procure de manera concreta, la seguridad personal de las familias en cuanto al mejoramiento de los niveles de vida mediante un crecimiento y desarrollo social sostenible.
Si este es en esencia uno de los sensibles objetivos pastorales sobre los cuales vela y se proyecta nuestra Iglesia Católica en su duro bregar por la Nación, mal podría entonces argumentarse que los cuestionamientos y las críticas reflexivas que hace la Iglesia a la luz del Evangelio en torno a la penosa realidad social que nos aqueja, son como afirman algunas voces, de matices políticos partidistas.
A nadie escapa el aumento progresivo durante los últimos años de los niveles de pobreza, injusticia, violencia, marginación y las inadecuadas posturas políticas partidistas que violentan los derechos individuales y de grupos de nuestra sociedad; por eso a la Iglesia, institución rectora de la moral, de las buenas costumbres y de la ética cristiana, le corresponde como en efecto lo viene haciendo, continuar sirviendo de orientadora de las comunidades en todos los niveles y estratos sociales, en la búsqueda del necesario espíritu de cooperación que siempre debe existir entre los diferentes poderes que conforman el Estado. En aras de la preservación del principio de la alternabilidad en el poder y de la necesaria conveniencia de la gobernabilidad del país dentro del ambiente de franca estabilidad política, la guía y la orientación de la Iglesia como misionera es siempre buena y necesaria sobre todo porque en esta acción, ella con sumo derecho, muestra su preocupación por los pobres y marginados del país, así lo señaló nuestro arzobispo José Dimas Cedeño en una homilía recientemente.
Le corresponde ahora a los laicos panameños, razón de ser de nuestra Iglesia Católica con gran vocación de servicio cristiano y conciencia espiritual, participar más espontáneamente en ayudar a erradicar con nuestras obras los difíciles niveles de pobreza, las injusticias y la negación de los derechos fundamentales de nutrición, vivienda, vías y medios de comunicación, salud, educación y seguridad social en general que condicionan y limitan el bienestar de la mayoría de la población, en especial, los que habitan en nuestras campiñas interioranas.
Si este es en esencia uno de los sensibles objetivos pastorales sobre los cuales vela y se proyecta nuestra Iglesia Católica en su duro bregar por la Nación, mal podría entonces argumentarse que los cuestionamientos y las críticas reflexivas que hace la Iglesia a la luz del Evangelio en torno a la penosa realidad social que nos aqueja, son como afirman algunas voces, de matices políticos partidistas.
A nadie escapa el aumento progresivo durante los últimos años de los niveles de pobreza, injusticia, violencia, marginación y las inadecuadas posturas políticas partidistas que violentan los derechos individuales y de grupos de nuestra sociedad; por eso a la Iglesia, institución rectora de la moral, de las buenas costumbres y de la ética cristiana, le corresponde como en efecto lo viene haciendo, continuar sirviendo de orientadora de las comunidades en todos los niveles y estratos sociales, en la búsqueda del necesario espíritu de cooperación que siempre debe existir entre los diferentes poderes que conforman el Estado. En aras de la preservación del principio de la alternabilidad en el poder y de la necesaria conveniencia de la gobernabilidad del país dentro del ambiente de franca estabilidad política, la guía y la orientación de la Iglesia como misionera es siempre buena y necesaria sobre todo porque en esta acción, ella con sumo derecho, muestra su preocupación por los pobres y marginados del país, así lo señaló nuestro arzobispo José Dimas Cedeño en una homilía recientemente.
Le corresponde ahora a los laicos panameños, razón de ser de nuestra Iglesia Católica con gran vocación de servicio cristiano y conciencia espiritual, participar más espontáneamente en ayudar a erradicar con nuestras obras los difíciles niveles de pobreza, las injusticias y la negación de los derechos fundamentales de nutrición, vivienda, vías y medios de comunicación, salud, educación y seguridad social en general que condicionan y limitan el bienestar de la mayoría de la población, en especial, los que habitan en nuestras campiñas interioranas.