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¿Puede Brasil destrozar su Amazonia?


En las aguas turquesa del río Xingú, uno de los mayores afluentes del Amazonas, viven unas 600 especies de peces, algunas imposibles de encontrar en otra parte del planeta. A ambos márgenes de sus riberas se extienden árboles centenarios entre los que habitan etnias indígenas. Desde el cielo, el tupido manto esmeralda sólo se ve salpicado por los pastos abiertos por el hombre para el ganado. En este vergel, el Gobierno de Lula levantará la tercera mayor represa del mundo, sólo superada por la polémica Tres Gargantas, que obligó a realojar a casi dos millones de personas, y la de Itaipú, que Brasil comparte con Paraguay.

La hidroeléctrica de Belo Monte se instalará en el estado de Pará y tendrá una capacidad de 11.233 megavatios a partir de 2014. Dejará sumergidos una superficie equivalente a la ciudad de Madrid y los hogares de 20.000 personas. Según 40 expertos, la represa tendrá un impacto ambiental devastador: desviará el 80% de las aguas del río y las estancará provocando mayores problemas de malaria, dengue y otras enfermedades.

Lula defiende el proyecto. Tan «verde» en su respaldo a los biocombustibles, el presidente brasileño ha brindado su apoyo a la construcción de otras dos represas que se construyen en el río Madeira. Todo con tal de asegurar el suministro eléctrico a la novena economía del mundo que, como China, necesita energía barata para seguir creciendo al ritmo que exigen el mercado y los millones de bocas que alimentar.

A Lula parecen importarle poco los medios que tenga que utilizar para nutrir a un gigante que quiere realizar el tránsito de economía emergente a potencia en este decenio.

Para dar tres comidas al día a los casi 200 millones de brasileños, como prometió cuando llegó al poder en 2003, Lula se ha visto forzado a abandonar la tercera vía “verde” que encarnaba y apostar por el pragmatismo que le llevó a declarar que «el Amazonas es de los brasileños» para explicar la expansión del sector ganadero (prevé duplicar su cuota en el mercado mundial de carne en 2018) a costa de la selva. La cuestión es: ¿estamos legitimados para exigir a Brasil que frene su progreso?

Por un lado, el futuro de nuestro planeta depende de que Brasil pare su expansión hacia la selva. He visitado la Amazonia brasileña y recorrido sus grandes ríos. Manaos es apenas una mota en un lienzo verde. Sin embargo su impacto en un entorno tan sensible es enorme.

Aun así, quién puede pedirle a Lula que se detenga. Gran parte del desarrollo de España se dio desde los años 60, cuando el general Franco mandó construir represas por todo el país. Hoy, la octava potencia, líder mundial en grandes presas, tiene asegurado su suministro de agua y de energía gracias, en buena medida, a esa decisión. Todas las grandes potencias han logrado su desarrollo con una ecuación simple: exprimir los recursos naturales propios y ajenos hasta agotarlos. Somos una plaga que consume sin medida. ¿Por qué Brasil no puede unirse al club?

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