Puentes peatonales desiertos
Durante muchos años, la ausencia de pasos elevados para peatones, que permitieran atravesar las más anchas y transitadas vías de la capital y del interior causaron más bloqueos de calles y disturbios, que la reciente aprobación de las reformas al Seguro Social. Y aun hoy día, cada vez que algún camión o diablo rojo derriba una de esas estructuras, las protestas y demandas airadas para reconstruirlo se suceden numerosas, necias y enconadas. Y tienen razón, los puentes peatonales son los mejores seguros para proteger la vida e integridad física de los millones de personas que tienen la necesidad de cruzar las calles, en un país en los conductores de autos carecen de cultura de respeto y consideración por los demás, especialmente por los de a pie. Aquí nadie sabe que cuándo un peatón se dispone a pasar por una línea de seguridad, tiene la preferencia sobre los vehículos, que deben parar; y con mayor razón si la está usando. Eso es civilización, lo nuestro es barbarismo.
Las estadísticas fatales de accidentes de tránsito así lo demuestran cada año. Más de la mitad de las víctimas, a razón de más de una al día, corresponde a peatones, por diversa causa. Ciertamente, no siempre es culpa del conductor. Hay gente que se cree a sí misma un vehículo o que es invulnerable, y camina por la calle en vez de usar las aceras. Pero también hay lugares en que tales aceras no existen o están ocupadas por automóviles, maleza o desperdicios. De todo hay en nuestro tropical medio anárquico. Como decía alguien, no somos un país del tercer mundo sino un mundo de tercera.
Pues bien, allí están los pasos elevados peatonales, languideciendo sin que nadie los use. Los caminantes prefieren jugarse la vida atravesando a pie vías de alta velocidad e intenso tráfico vehicular; y de hecho caen y mueren al pie o a pocos metros de esos puentes ociosos.
Una vez hubo algún genio que difundió un anuncio en el que aparecía un perro, cruzando pacientemente por un puente peatonal una de esas anchas vías, donde se divulgaba un mensaje, mientras se enfocaba al noble animal: "Si él lo hace, ¿por qué usted no?" Aquella bofetada surtió efecto por algún tiempo. Pero es tiempo de reiterarla.
Las estadísticas fatales de accidentes de tránsito así lo demuestran cada año. Más de la mitad de las víctimas, a razón de más de una al día, corresponde a peatones, por diversa causa. Ciertamente, no siempre es culpa del conductor. Hay gente que se cree a sí misma un vehículo o que es invulnerable, y camina por la calle en vez de usar las aceras. Pero también hay lugares en que tales aceras no existen o están ocupadas por automóviles, maleza o desperdicios. De todo hay en nuestro tropical medio anárquico. Como decía alguien, no somos un país del tercer mundo sino un mundo de tercera.
Pues bien, allí están los pasos elevados peatonales, languideciendo sin que nadie los use. Los caminantes prefieren jugarse la vida atravesando a pie vías de alta velocidad e intenso tráfico vehicular; y de hecho caen y mueren al pie o a pocos metros de esos puentes ociosos.
Una vez hubo algún genio que difundió un anuncio en el que aparecía un perro, cruzando pacientemente por un puente peatonal una de esas anchas vías, donde se divulgaba un mensaje, mientras se enfocaba al noble animal: "Si él lo hace, ¿por qué usted no?" Aquella bofetada surtió efecto por algún tiempo. Pero es tiempo de reiterarla.