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Puertos canaleros


EN LOS ÚLTIMOS días el Gobierno Nacional ha anunciado, casi que triunfalmente, la celebración de entrevistas con las empresas concesionarias de puertos en la entrada colonense del Canal, y que los empresarios se mostraron anuentes a incrementar los precios anuales que se pagan al Fisco, y a ampliar sus concesiones portuarias, desde luego que en terrenos nacionales. También se alude a que habrá cierto número de nuevos empleos.
Nos permitimos recordar la inveterada experiencia que ha tenido Panamá con las grandes empresas que vienen a utilizar nuestro Istmo como recurso del comercio marítimo mundial, desde los tiempos del coloniaje español, hasta la fecha. Por aquí pasaron las grandes riquezas mineras (oro y plata) que desde Suramérica se enviaban a España, en los tres siglos de tal explotación. Nunca pudo Panamá ser un país con riqueza de provecho propio, ni lo fue tampoco a base del Canal norteamericano y del ferrocarril que continuó con éste, a todo lo largo del siglo XX. Por el contrario, siempre estuvimos hundidos en la miseria, en forma parecida al siglo independiente que acaba de pasar.
Confesamos nuestra absoluta ignorancia en la Ciencia Económica, pero hemos leído cierto número de libros que, de paso, se refieren al problema de las características económicas impuestas en Panamá. Y no requiere ningún conocimiento especial percatarse de que si alquilamos nuestro territorio al capital extranjero, para que éste instale ricas empresas transitistas, que se aprovechan del uso estratégico del Istmo, percibiendo éste tan sólo impuestos, que son la única paga hecha a Panamá, lo que mantiene y abulta nuestra perenne pobreza. Pues dos más dos, en todas partes, son cuatro.
Cuando desde 1977 se suscribieron los Tratados canaleros de ese año, que trasladaron la propiedad del Canal y de todos los bienes y edificios ubicados en la llamada Zona canalera, con avalúo enormemente jugoso y como tal inconcebible por lo altísimo, lo que vino a propiedad del Gobierno Nacional, nunca tuvimos conocimiento de que algún panameño, ni un grupo de panameños expertos en finanzas (que los tenemos y excelentes) se dieran a pensar y a proponerle al país que no deberíamos hacer lo de siempre (alquilar nuestra posición geográfica a los capitales foráneos, por una bicoca), como si siempre se hubiera tratado de la única solución posible. Lo que, dentro de nuestra ignorancia en materia económica, estimamos no era, ni es cierto.
¿Acaso no podíamos pensar, por ser nuestro país el propietario de tan enorme y estratégica potencialidad comercial, convertible en riqueza, en ponernos de acuerdo con capitalistas extranjeros, para emprender conjuntamente la explotación bilateral de tan inmenso maná, porque Panamá es dueña del territorio y de los bienes canaleros, lo que la capacitaba y capacita para plantear negocios conjuntos o en mejores condiciones de aprovechamiento? Lo que siempre hicimos fue limitarnos a la fácil entrega del alquiler y contentarnos con recibir un canon limitadísimo, para que las grandes empresas extranjeras instalaran sus conocidos negocios, se llevaran las pingües ganancias para otros países, quedando Panamá sólo con su ridículo alquiler, comparado con las enormes riquezas succionadas por las felices compañías, a las que nuestros gobiernos les "alquilaban" todos esos bienes y hasta les vendían algunos de ellos.
Nosotros no sabemos quién le impuso a Panamá el pobrísimo destino fatal de alquilar y convenir en concesiones estatales como las acostumbradas, con la aceptación general de toda la nación panameña, representada por nuestros gobiernos de siempre. Mientras tanto, parece habernos acostumbrado a pésimos gobiernos, con muy raras excepciones, tan raras que sobran dedos en una mano para hacer el cómputo. El 40% de nuestra población vive en pobreza clásica y en medio de otras lacras sociales; y el 15% de los nacionales panameños padece en extrema penuria, que no les permite comer ni siquiera una vez al día, escasamente. No hablemos de lo que son, dramáticamente, nuestros servicios públicos para toda la población, con déficits permanentes y en paupérrimas condiciones generales.
Desde el primer día del año 2000 estamos administrando el Canal (casi totalmente en la misma forma que lo administró Norteamérica), como si nosotros fuéramos la primera potencia militar del mundo, que construyó el Canal, para que con otras medidas bélicas, se convirtieran en la primera maquinaria guerrera del universo. Por ahora, y por mucho tiempo, con toda seguridad, nos limitaremos a que pasen los barcos de empresas extranjeras, y por tan bello gesto de turismo ni siquiera remediamos un poco las gravísimas carestías de nuestro propio pueblo.
Lo que ha sucedido con el Canal y las tierras adjuntas, pasará con las proyectadas esclusas, para que los navieros del mundo, sin poner ellos un solo centavo, dueños de nuevos barcos que han dado en denominar post-Panamax, como un cáustico, amargo e irónico recuerdo del país que les permite tan enormes utilidades pecuniarias, pero viviendo, si puede hablarse de vivir, en la indigencia, víctimas de nuestra propia indiferencia e ignorancia, sobre la responsabilidad de la gran mayoría de nuestros gobiernos, con poquísimas excepciones, pero con dedos sobrantes, como lo reiteramos.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América