Puntos de Vista de Arrupe
En su escrito "Jesuitas activos en movimientos de liberación", conjuró el tabú de los términos político y política. Defendió la política cívica del sacerdote, en defensa de los derechos humanos y de los pueblos, y rechazó el compromiso del sacerdote en la política organizada de los partidos políticos.
"No es de hoy llevar el amor cristiano a sus últimas consecuencias. Pero sí es de hoy una mayor conciencia de las nuevas responsabilidades del amor cristiano. Indudablemente, nuestra vocación es espiritual, pero tiene responsabilidades políticas". "Ahora bien, no es lo mismo la alta política que se mueve en el nivel de los derechos humanos, que la política en minúscula de los partidos, que hacen determinadas opciones para realizar la primera. El jesuita no puede actuar como militante de un partido político. Pero la misión sacerdotal conlleva una acción política de su tiempo, lo mismo que los mártires, enfrentados al mito del poder en todas sus formas. Nosotros no podemos callar ante las expresiones injustas del poder, sea estatal, o sea paralelo, que siempre deriva del abuso de la propiedad y del poder. Cumplir nuestra política propia, nos hace libres ante todas las demás políticas. Nada es más liberador que esa independencia para poder defender la verdad, venga de donde viniere la injusticia, de la derecha, de la izquierda o del centro".
Sin esta toma de posición, detonante por aquellos años, hoy seguiría proscrita la trayectoria de un Ellacuría, y de los más de 100 mártires jesuitas no canonizados, asesinados por la causa de la fe y la justicia. La Compañía ya ha asimilado "con paz" esta causa, pero todavía existen amplios sectores de la Iglesia, más entusiastas de canonizaciones de santos de la fe y la caridad, que de mártires de la fe y la justicia, como Oscar Romero.
En 1970 en Norte América, con su habitual tono profético, les dice. "La urgencia prioritaria de la sociedad actual es acabar con el flagelo del hambre y el analfabetismo del tercer mundo. "Dentro de diez años, ningún niño del mundo debe ir a la cama sin comer y ningún joven debe andar por la vida sin saber leer y escribir. No es tolerable que hoy día, mueran de hambre cada minuto cincuenta niños. Y no es por falta de recursos. Los gastos militares de vuestro país, alcanzan los mil millones de dólares diarios, para fabricar instrumentos de muerte. Un 1% de ese gasto bastaría para alimentar a todos los niños hambrientos. Y otro 1% para escolarizarlos".
La teología de la encarnación de Arrupe, tan ignaciana, está en la base de su teología de la liberación, más intuitiva que reflexiva. El hombre tiene "hambre de pan y de evangelio". Si no se le da pan, desfallece su cuerpo. Eso le sucede al hombre del tercer mundo. Y si no se le da evangelio, decae su espíritu. Eso le ocurre al hombre del primer mundo, que tiene cara de haber comido de todo y no estar satisfecho de nada. Le falta ese plus de esperanza que imprime el evangelio.
El misionero tradicional iba a las misiones a levantar iglesias y a bautizar niños. Arrupe había sido misionero en Japón durante casi treinta años (1938-1965), y hablaba con conocimiento de causa cuando añadía que el misionero moderno debe además bautizar culturas y estructuras.
Por los años 60-70, Arrupe veía una sociedad dividida por la marginación de las culturas y subculturas. Culturas mayoritarias dominantes y culturas minoritarias dominadas. Y dentro de las culturas dominadas, las subculturas olvidadas: subcultura juvenil, laboral, intelectual, artística. Arrupe tomó enseguida posición: "El evangelio no es sólo patrimonio de la cultura occidental. El Evangelio es patrimonio del hombre. La inculturación del Evangelio es un derecho de los pueblos y un deber de la Iglesia. El Evangelio debe anunciarse a cada pueblo en su cultura y en su lengua, cifra primera de toda cultura". Al árabe en árabe. Y al romano en romano. Pero no al árabe en romano. Ni en lengua romana, ni en liturgia romana, ni en moral y dogma romanos. Cada cultura tiende a vaciar en sus moldes la esencia del Evangelio. Pero el molde no es la esencia.
El 14 de mayo de 1977 escribió su célebre Carta sobre la inculturación. El término inculturación se empleó por primera vez en un documento oficial de la iglesia en el mensaje a la iglesia universal del sínodo de Obispos de 1977. La intervención de Arrupe en ese sínodo alcanzó resonancia mundial. Su mensaje no era un ensayo teológico, sino un programa profético.
Entiende por inculturación la "encarnación de la vida y mensaje cristianos en un área cultural diferencial, de tal manera que esa experiencia no sólo llegue a expresarse en los elementos propios de la cultura en cuestión, sino que se convierta en principio inspirador y unificador que transforme y recree esa cultura en una nueva creación". Son cuatro los elementos que emplea:
1. "La encarnación", es decir, la inserción del Evangelio en la carne de las culturas. 2 "Encarnación de la vida y mensaje cristianos", es decir el Evangelio vivido y anunciado. 3. "En un área cultural diferencial: es decir, en la forma de vivir, pensar, sentir, organizarse, celebrar y compartir la vida de un grupo diferencial de personas y que se exprese en su lengua, gestos, símbolos, ritos, creaciones y estilos de vida diferenciales. 4 "de tal forma que el Evangelio se exprese en los elementos de una nueva cultura y la recree esa cultura en una nueva cultura, la cultura del Evangelio.
"No es de hoy llevar el amor cristiano a sus últimas consecuencias. Pero sí es de hoy una mayor conciencia de las nuevas responsabilidades del amor cristiano. Indudablemente, nuestra vocación es espiritual, pero tiene responsabilidades políticas". "Ahora bien, no es lo mismo la alta política que se mueve en el nivel de los derechos humanos, que la política en minúscula de los partidos, que hacen determinadas opciones para realizar la primera. El jesuita no puede actuar como militante de un partido político. Pero la misión sacerdotal conlleva una acción política de su tiempo, lo mismo que los mártires, enfrentados al mito del poder en todas sus formas. Nosotros no podemos callar ante las expresiones injustas del poder, sea estatal, o sea paralelo, que siempre deriva del abuso de la propiedad y del poder. Cumplir nuestra política propia, nos hace libres ante todas las demás políticas. Nada es más liberador que esa independencia para poder defender la verdad, venga de donde viniere la injusticia, de la derecha, de la izquierda o del centro".
Sin esta toma de posición, detonante por aquellos años, hoy seguiría proscrita la trayectoria de un Ellacuría, y de los más de 100 mártires jesuitas no canonizados, asesinados por la causa de la fe y la justicia. La Compañía ya ha asimilado "con paz" esta causa, pero todavía existen amplios sectores de la Iglesia, más entusiastas de canonizaciones de santos de la fe y la caridad, que de mártires de la fe y la justicia, como Oscar Romero.
En 1970 en Norte América, con su habitual tono profético, les dice. "La urgencia prioritaria de la sociedad actual es acabar con el flagelo del hambre y el analfabetismo del tercer mundo. "Dentro de diez años, ningún niño del mundo debe ir a la cama sin comer y ningún joven debe andar por la vida sin saber leer y escribir. No es tolerable que hoy día, mueran de hambre cada minuto cincuenta niños. Y no es por falta de recursos. Los gastos militares de vuestro país, alcanzan los mil millones de dólares diarios, para fabricar instrumentos de muerte. Un 1% de ese gasto bastaría para alimentar a todos los niños hambrientos. Y otro 1% para escolarizarlos".
La teología de la encarnación de Arrupe, tan ignaciana, está en la base de su teología de la liberación, más intuitiva que reflexiva. El hombre tiene "hambre de pan y de evangelio". Si no se le da pan, desfallece su cuerpo. Eso le sucede al hombre del tercer mundo. Y si no se le da evangelio, decae su espíritu. Eso le ocurre al hombre del primer mundo, que tiene cara de haber comido de todo y no estar satisfecho de nada. Le falta ese plus de esperanza que imprime el evangelio.
El misionero tradicional iba a las misiones a levantar iglesias y a bautizar niños. Arrupe había sido misionero en Japón durante casi treinta años (1938-1965), y hablaba con conocimiento de causa cuando añadía que el misionero moderno debe además bautizar culturas y estructuras.
Por los años 60-70, Arrupe veía una sociedad dividida por la marginación de las culturas y subculturas. Culturas mayoritarias dominantes y culturas minoritarias dominadas. Y dentro de las culturas dominadas, las subculturas olvidadas: subcultura juvenil, laboral, intelectual, artística. Arrupe tomó enseguida posición: "El evangelio no es sólo patrimonio de la cultura occidental. El Evangelio es patrimonio del hombre. La inculturación del Evangelio es un derecho de los pueblos y un deber de la Iglesia. El Evangelio debe anunciarse a cada pueblo en su cultura y en su lengua, cifra primera de toda cultura". Al árabe en árabe. Y al romano en romano. Pero no al árabe en romano. Ni en lengua romana, ni en liturgia romana, ni en moral y dogma romanos. Cada cultura tiende a vaciar en sus moldes la esencia del Evangelio. Pero el molde no es la esencia.
El 14 de mayo de 1977 escribió su célebre Carta sobre la inculturación. El término inculturación se empleó por primera vez en un documento oficial de la iglesia en el mensaje a la iglesia universal del sínodo de Obispos de 1977. La intervención de Arrupe en ese sínodo alcanzó resonancia mundial. Su mensaje no era un ensayo teológico, sino un programa profético.
Entiende por inculturación la "encarnación de la vida y mensaje cristianos en un área cultural diferencial, de tal manera que esa experiencia no sólo llegue a expresarse en los elementos propios de la cultura en cuestión, sino que se convierta en principio inspirador y unificador que transforme y recree esa cultura en una nueva creación". Son cuatro los elementos que emplea:
1. "La encarnación", es decir, la inserción del Evangelio en la carne de las culturas. 2 "Encarnación de la vida y mensaje cristianos", es decir el Evangelio vivido y anunciado. 3. "En un área cultural diferencial: es decir, en la forma de vivir, pensar, sentir, organizarse, celebrar y compartir la vida de un grupo diferencial de personas y que se exprese en su lengua, gestos, símbolos, ritos, creaciones y estilos de vida diferenciales. 4 "de tal forma que el Evangelio se exprese en los elementos de una nueva cultura y la recree esa cultura en una nueva cultura, la cultura del Evangelio.