¿Qué clase de hambre padece? (I)
Hay millones de seres humanos que padecen hambre física, hecho que ofende terriblemente a Dios y es una bofetada al rostro de un sistema económico injusto y a un ambiente generalizado de corrupción fundamentado en el egoísmo humano, pero hay otra hambre más intensa, dramática y universal que es el hambre de Dios, de trascendencia, de eternidad. No saciar esta hambre lleva a los seres humanos a cometer las más grandes atrocidades como acaparar el bien común para algunos haciendo pasar hambre física a muchos, excluyendo a las mayorías del disfrute honrado de los bienes de la creación y atropellando la dignidad humana de tanta gente.
No saciar el hambre de Dios provoca el hambre físico de gran parte de la humanidad, ya que la raíz de las injusticias es el pecado del egoísmo. Un hombre lleno de Dios no puede ser injusto, ni inhumano. Un país donde la mayoría adore de verdad a Dios no puede ser invasor ni explotador de otras naciones. El reguero de sangre que hay en la historia de la humanidad ha estado provocado, paradójicamente, en gran parte por los hambrientos de Dios, que al no encontrarlo, han buscado ciegamente en los dioses del mundo el más craso reemplazo, ilusorio y frustrante de lo divino, quedando al final más vacíos que antes y dejando millones de muertos por guerras, homicidios, explotación de recursos y exclusiones.
El deseo indomable de poder, unido a la absurda idea de que poseyendo ciudades, tierras, otros imperios, se harían dioses, llevó a conquistadores de todas las épocas a sacrificar multitudes en aras de su egolatría. Carlo Magno, Aníbal, Nerón, Calígula, Atila, Napoleón, Hitler, Stalin, y otros emperadores, dictadores y reyezuelos como Idi Amín y Duvalier, han sembrado de muerte su paso por la historia. Buscaban a Dios y lo confundieron con el poder, con tener grandes posesiones y su gran aspiración quedó convertida en polvo. Convertidos al Señor, no importa la religión profesada, no hubieran cometido tantas atrocidades.
[sigue el próximo sábado].