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A qué deberíamos aspirar (I)


Como seres humanos debemos aspirar a la conquista del yo real, descubriendo que somos espíritus encarnados, controlando y sublimando las energías del yo inferior y situándonos en el campo de la realidad superior, el mundo del Espíritu. Deberíamos anhelar el perfeccionamiento de todas nuestras capacidades, el desarrollo de una gran lucidez mental, buscando estar siempre conscientes o despiertos, y ser muy compasivos con los demás y la naturaleza.

Deberíamos estar dispuestos a dar sucesivos “saltos cualitativos”, sutiles muchos de ellos, donde hiciéramos mutaciones en nuestra conciencia para adquirir más sabiduría. Esto implica “hacerse violencia interior”, dejando atrás todo lo que nos impida una realización integral. A esto llamamos liberación interior. Estamos muy atados a personas, cosas y costumbres y a miedos como “el qué dirán”, perder posesiones y seguridades, que nos impiden dar pasos progresivos de santidad. Estamos muy amarrados a formas ingenuas, llenas de prejuicios, de ver las cosas. Medimos a la persona por lo que tiene y no por lo que es. Hay que romper con eso.

El desapego es clave para dar pasos hacia la perfección espiritual. El apego a cualquier cosa, que por nuestra ignorancia espiritual la consideramos dios, es la que nos mantiene a ras de tierra. Esto es peligroso y enfermizo. Puede ser un gran apego a nuestro yo y de ahí la soberbia y la vanidad; a personas, y fácilmente somos víctimas de la manipulación y a que nos instrumentalicen; a cosas y por eso nos convertimos mentalmente en materia. Si nuestra adoración es al dinero, funcionamos como máquinas calculadoras y todo vale por el beneficio económico que nos aporta. Nos convertimos en las cosas que adoramos.

Eso nos hace perder sensibilidad ante la belleza auténtica, el dolor, la inocencia y el amor. Si en nuestro corazón no hay resonancia ante las manifestaciones de Dios, que son continuas y que aparecen en el verdor exuberante de una montaña o en el sueño apacible de un niño; si nuestra alma no siente compasión ante el dolor, la desesperación y la angustia de los que hoy no tienen qué comer, entonces estamos muertos en vida. Dios sufre en los que llevan tantas cruces.

(Sigue el próximo sábado).

101 años de Panamá América

 
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