Qué hacer con el Artes y Oficios
En la ciudad capital vive más de un millón de panameños, hacinados en un estrecho corredor limitado por barreras infranqueables constituidas por el Canal hacia el oeste, la reserva forestal y el lago Gatún hacia el norte y el Océano Pacífico hacia el sur, quedándole tan sólo como alternativa de crecimiento las tierras del este, hacia Tocumen y Chepo. Una de las consecuencias de tan desastrosa situación es el deficiente servicio de agua potable, resultado de alargar las líneas de suministro hacia el infinito, donde ninguna estación de bombeo normal puede llegar. Otra es el congestionamiento vehicular. En tal situación, lo ideal es que los sufridos capitalinos nos comportáramos como nórdicos y fuéramos un dechado de cortesía y paciencia.
Pero estamos en el trópico caribeño y hemos cultivado una añeja tradición anárquica, de lo que son muestra el concierto de bocinas, insultos y maniobras temerarias, en que se convierte el tráfico de autos cada día. Y si a eso le sumamos los consabidos tranques de vías provocados por una protesta vecinal, estudiantil y social cualquiera, tendremos entonces una aproximada idea del infierno.
La Escuela Artes y Oficios, Melchor Lasso De la Vega, se fundó para formar estudiantes de extractos populares en bachilleratos semindustrial y artesanal. La idea era que los muchachos salieran de sus aulas directamente hacia el desempeño de un oficio cualquiera, entre mecánica, carpintería, plomería, electricidad, tornería, refrigeración, etc. De ese modo, la industria nacional se nutriría de mano de obra preparada, en una especie de sana simbiosis. Y así fue por mucho tiempo.
En las últimas dos décadas, sin embargo, se inició su progresiva decadencia, resultado en primer término de la proliferación de otros centros similares de superior calidad, como fueron en su momento el Instituto de Artes Mecánicas de Divisa, el Rodolfo Diesel y el Técnico Don Bosco. Más tarde vino el tiro de gracia, en hombros de la prodigiosa expansión de la Universidad de Panamá a partir de los 70 y de la Universidad Tecnológica.
Hoy día, tan sólo un puñado de indisciplinados estudiantes asiste a sus aulas. La matrícula merma al mismo tiempo que la calidad de sus estudios. Las energías juveniles parecen centrarse más en la absurda rivalidad pandillera con otros colegios, que en la superación académica. Es la escuela que más problemas de violencia y tranques vehiculares registra.
La solución, que hemos planteado en otras ocasiones, está en su cierre definitivo o en su traslado fuera del centro urbano. Su clausura sería imperativo de una educación que exige, con la tecnología de hoy, niveles imposibles de alcanzar fuera de las aulas universitarias. Y su traslado sería resultado lógico de una urbe que requiere de una más eficiente utilización de su escaso espacio físico. Una posibilidad sería destinarlo a la Universidad de Panamá, que urge de terrenos cercanos, con la ventaja de su inmediación a su campus central.
Pero estamos en el trópico caribeño y hemos cultivado una añeja tradición anárquica, de lo que son muestra el concierto de bocinas, insultos y maniobras temerarias, en que se convierte el tráfico de autos cada día. Y si a eso le sumamos los consabidos tranques de vías provocados por una protesta vecinal, estudiantil y social cualquiera, tendremos entonces una aproximada idea del infierno.
La Escuela Artes y Oficios, Melchor Lasso De la Vega, se fundó para formar estudiantes de extractos populares en bachilleratos semindustrial y artesanal. La idea era que los muchachos salieran de sus aulas directamente hacia el desempeño de un oficio cualquiera, entre mecánica, carpintería, plomería, electricidad, tornería, refrigeración, etc. De ese modo, la industria nacional se nutriría de mano de obra preparada, en una especie de sana simbiosis. Y así fue por mucho tiempo.
En las últimas dos décadas, sin embargo, se inició su progresiva decadencia, resultado en primer término de la proliferación de otros centros similares de superior calidad, como fueron en su momento el Instituto de Artes Mecánicas de Divisa, el Rodolfo Diesel y el Técnico Don Bosco. Más tarde vino el tiro de gracia, en hombros de la prodigiosa expansión de la Universidad de Panamá a partir de los 70 y de la Universidad Tecnológica.
Hoy día, tan sólo un puñado de indisciplinados estudiantes asiste a sus aulas. La matrícula merma al mismo tiempo que la calidad de sus estudios. Las energías juveniles parecen centrarse más en la absurda rivalidad pandillera con otros colegios, que en la superación académica. Es la escuela que más problemas de violencia y tranques vehiculares registra.
La solución, que hemos planteado en otras ocasiones, está en su cierre definitivo o en su traslado fuera del centro urbano. Su clausura sería imperativo de una educación que exige, con la tecnología de hoy, niveles imposibles de alcanzar fuera de las aulas universitarias. Y su traslado sería resultado lógico de una urbe que requiere de una más eficiente utilización de su escaso espacio físico. Una posibilidad sería destinarlo a la Universidad de Panamá, que urge de terrenos cercanos, con la ventaja de su inmediación a su campus central.