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¿Qué le ha sucedido a los panameños?


Los panameños fuimos siempre un pueblo simpático, alegre y lleno de optimismo. Si escuchamos nuestra música típica, comprenderemos el deseo de cantarle a las muchachas, al amor, al baile, casi nunca a la tragedia; aunque canten a un amor que lo dejó, lo hacen con ilusión, con galantería, pero no con llanto ni lamentos.
Los panameños éramos acogedores, amigables, visitábamos y recibíamos visitas en nuestras casas y la conversación era amena e interminable. Siempre cuento que mi abuelo, madrugador, iba a la cama temprano. Cuando le llegaba algún amigo de visita y se prolongaba la conversa, a las ocho de la noche le decía: "Bueno, la visita tiene sueño", indicando que era hora de irse.
Todos cantábamos, bailábamos, reíamos; ahora vamos amargados en los autos, con deseos de matar al que va adelante o al taxista que nos cruza o al bus que nos choca o a los conductores que manejan sin cortesía. Sería bueno analizar qué ha sucedido.
Ustedes pensarán que siempre saco a relucir la dictadura y que tal vez es obsesivo en mí ese tema; tal vez lo sea, pero es que no podemos ignorar que los 21 años de la misma nos dejaron un saldo negativo con algunas circunstancias difíciles de cambiar o superar.
Los panameños nos entristecimos cuando se dio el golpe de Estado y los militares nos pusieron sus botas sobre nuestras cabezas y nos dijeron: "Aquí se hace lo que decimos nosotros o te vas a otro lado a llorar tristezas". Y así fue por tantos años amargos en los que no se podía respirar aire puro, porque sólo les pertenecía a los militares y no podíamos hablar so pena de ser encarcelados o exiliados. Si no lo recuerdan, pregúntenle a aquellos que lo sufrieron.
Sin embargo, no fueron sólo los militares los responsables de nuestro cambio; también el mundo ha cambiado tanto, la mentalidad se ha metalizado, el consumismo nos ha traído un negativismo que nos hace imposible conservar costumbres hermosas de antaño.
Las conversaciones giran alrededor de negocios pasados, presentes o futuros; la cultura pasa a segundo plano, los chistes a veces no son ni comprendidos por los presentes y la risa brilla por su ausencia. Yo soy Villalaz en el agrado de tomar el pelo y hacer bromas no pesadas; no obstante, ahora encuentro pocas personas dispuestas a aceptarlas y hasta he perdido amigos por esa costumbre. ¿A qué me lleva? A ser seria y dejar a un lado el buen humor que siempre me caracterizó.
Todos están apurados y poco dispuestos a escuchar; la mayoría prefiere hablar y ser escuchados antes de prestar atención a los otros. Nos concentramos en nuestros propios problemas y no nos importa los demás ni saber si los tienen y la necesidad de que seamos depositarios de los mismos, como ayuda.
¿Recuerdan los adornos de Navidad en las diferentes calles y barriadas de la ciudad? Había competencia y hasta premiación a las mejores. He notado, con tristeza, que este año las calles están oscuras, no hay los arreglos de otros años cuando salía a recorrerlos para deleitarme y gozar del gusto de los demás. Este año la ciudad ha estado a oscuras.
Me pregunto, ¿qué sucede, qué nos está llevando a esta apatía (me incluyo porque este año no puse ni árbol de Navidad en mi casa), qué le sucede a nuestros compatriotas que hemos perdido el humor de ser alegres, desprendidos y dados a la alegría? ¿Será falta de dinero, será sólo apatía o amargura por todo lo que sucede en el país?
Sinceramente quisiera ver a los panameños nuevamente sentir optimismo, buen humor, permitirme desplegar mi Villalaz que llevo dentro y hacer bromas no pesadas y recibir de vuelta una risa, una comprensión y no una respuesta agresiva.
Desearía que el 2004 nos trajera nuevamente armonía y esperanza de que nuestros problemas se solucionarán. Todos los tenemos, pero hacemos de ellos el centro de la vida; recuerdo la frase: si tus problemas tienen solución, para qué te preocupas y si no la tienen, para qué te preocupas. Ojalá cambiemos positivamente y volvamos a ser los panameños alegres que éramos.

101 años de Panamá América

 
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