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¿Qué se hizo el proyecto de Méndez Pereira?


Con motivo del Centenario, corrió mucha tinta sobre los grandes proyectos de desarrollo nacional. Se habló del Canal, de la visión de los liberales de principios del siglo XX e incluso se engrandecieron figuras cuyo aporte no siempre tuvieron los excelsos perfiles que se les atribuyen. Se debatió hasta de los verdaderos propósitos de quienes contribuyeron al parto de nuestra joven República. Transcurrido casi un año, pareciera que aquel incipiente debate nunca se produjo, quizás porque la contienda política sepultó una reflexión que pudo tener mejores frutos; sin desconocer el aporte de quienes se esforzaron por conmemorar el acontecimiento más allá de la murga y los voladores.
Pensando en algunos de los temas que se quedaron en el tintero, retomo el papel del la Universidad de Panamá (UP) y, específicamente, el sentido e ideario de Méndez Pereira. Comparando el ayer con el hoy, cuesta trabajo creer que la institución que fue timbre de orgullo nacional durante gran parte del siglo XX, que supo debatir en su seno los problemas nacionales y que desempeñó un papel tan protagónico en el respeto a la integridad nacional, la agencia de cultura que en los años 70 dio acceso a amplias capas sociales (de la ciudad y del campo), se asome al siglo XXI como aquel boxeador que llega al último asalto de la pelea abucheado por el público y temeroso de que le propinen un mortífero derechazo al mentón.
La Universidad istmeña del siglo XXI es una institución fragmentada, atomizada en grupos políticos cuyos intereses parecen centrarse en la apropiación del poder que se asienta en la Colina, antes que en una academia interesada en la transformación curricular, la investigación e inserción comunitaria. Se dirá que igual situación atraviesan las universidades latinoamericanas, pero ese consuelo no contribuirá a resolver el problema. Si tuviéramos que achacar la culpa de nuestros males a alguien en particular, afirmaría que ese alguien somos todos. Hablo de las dirigencias gremiales que se preocupan de los espacios políticos antes que de la defensa de sus miembros, del académico que se escuda en sus investigaciones mientras no afecten sus intereses, de la falta de criticidad de la masa estudiantil. En fin, de un liderazgo que siempre postergó para la administración entrante las decisiones que podían erosionar su base de sustentación política.
Visto así, la UP refleja lo que acontece en el extramuros universitario. Hemos perdido la brújula de nuestro destino, porque tal como acaece con muchos partidos políticos, pululan las propuestas y escasean las realizaciones. Vive una situación similar a la experimentan algunos maestros en las áreas rurales y urbanas. A saber, que terminan formando parte de la misma realidad que supuestamente ellos deberían contribuir a transformar. Así como la monotonía del campo y el trajín urbano adormece al educador desprevenido, la injerencia político partidista ha convertido la academia en una prolongación de sus designios. La visión y misión universitaria se ha convertido en estribillo, en comodín con fines proselitistas, en la pose doctoral que esconde la ausencia de ideales.
El proyecto liberador de Méndez Pereira y Harmodio Arias se mide más en términos cuantitativos que cualitativos. Para este enfoque el disentimiento deja de ser una característica de la inteligencia política para constituirse en una osadía que termina por ser reo y sujeto de castigo. Nada nuevo, ya que se trata del germen que maduró a lo interno de la institución y que ahora "descubrimos" como un mal de nuevo cuño.
Los universitarios no podemos desoír los clamores de una sociedad que se asusta de aquello que observa en el intramuros y con justeza reclama los frutos de la inversión presupuestaria; suma que no es tan pírrica como a veces pregonamos en el campus central y en las sedes provinciales.
En la nueva Universidad la inteligencia debe estar por encima de la diatriba política; entonces será el tiempo para reclamar mayor apoyo comunitario, porque previamente hemos puesto la casa en orden. La transformación nunca será viable si proviene sólo de la cúpula que dirige la universidad; porque además de ella la agenda común del cambio debe originarse y echar raíces entre personas, gremios y organizaciones que constituyen la mayoría de la familia universitaria.
Los retos son numerosos, pero señalo tres fundamentales: la descentralización institucional y el debate y puesta en vigor de una ley universitaria que renueve los órganos de gobierno. Un cuerpo jurídico que apunte hacia la excelencia académica, la transformación curricular y el fomento de la investigación. El fruto de tales tareas hará posible el logro paulatino de un tercer desafío: la existencia de un adecuado clima organizacional.
Las condiciones para ejercer la docencia y la investigación, así como las ganas de proyectarse comunitariamente, sólo florecen cuando la mayoría encuentra en la Universidad el remanso de paz que antecede a la creación. Una casa de estudios sumida en conflictos estériles sólo siembra incertidumbre, cansancio y apatía. Cuando en una institución se escucha a amplios sectores aseverar que la organización complica innecesariamente sus vidas, ello resume una inquietud que debe hacernos reflexionar y emprender el sendero de las rectificaciones.
La gran mesa del diálogo para transformar la Universidad no es una utopía. Los principales actores nacionales deben estar allí presentes, sin temores al fruto del debate y convencidos que este siglo demanda un conjunto de acciones que la renueven de raíz, sin olvidar la vigencia de los fundamentos filosóficos que subyacen en el ideario del Rector Magnífico Aguadulceño. Desde el propio seno de la Universidad de Panamá han de surgir las alternativas de liberación, para que todos seamos solidariamente responsables de su rescate institucional y luego no tengamos que lamentarnos por lo que no fuimos capaces de construir.

101 años de Panamá América

 
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