¿Qué son los padres...qué somos nosotros?
No sé si a ustedes les sucede igual que a mí; por momentos dejo volar la mente y pienso en tonterías que transformo en un escrito, y luego ustedes tienen que leer mis momentos filosóficos. Aunque no es el día del padre ni de la madre, es el momento de las ocurrencias y voy a descorrer el velo del fantasma generacional para dar a nuestra existencia algo de consistencia y razón de ser.
Nacemos y no lo sabemos; se vive en un comienzo y tampoco uno lo sabe. Continuamos nuestras vidas y demoramos en saber exactamente quiénes somos. Así pasa el tiempo y transcurre la existencia, pensando que sabemos dónde estamos parados, fingiendo ser lo que ni nosotros mismos estamos seguros de representar.
Conociendo nuestra ascendencia, nos encontramos en el interior de nosotros mismos. Si no sabemos cómo son o cómo fueron los padres, será difícil hallar nuestra identidad, la propia identidad; desconocemos de dónde venimos, a quién nos semejamos y por qué somos como somos.
Por esto no se debe ignorar a los padres, hayan sido como fueran. No somos ni seremos jueces de ellos; no los analizamos para hacerles críticas destructivas. Lo haremos sólo para vernos en ellos, para encontrarnos reflejados en su manera de ser, en sus sufrimientos y risas, en su carácter genético que nos trasmitieron en gran parte de nuestra vida, de nuestra forma de comportarnos.
Ignorar nuestra ascendencia es perder el disfrute de toda una existencia. ¿Quién no tiene un parecido o similar con sus padres? Sencillamente, todos; pero, debemos encontrarlo. ¿Por qué me río así o me comporto asá? Porque lo heredé de uno de mis progenitores; porque ahora yo soy lo que fueron ellos, pero dentro de otra personalidad, de unas características que nos da nuestro signo zodiacal como propio, mezclado con nuestros genes.
Sólo comprendiendo lo que son los padres, cómo fueron y cómo se comportan, comprenderemos por qué somos en esa forma.
No somos nuestros progenitores; somos nosotros mismos; pero la genética nos dice por qué somos así. Cada uno es como es. Pero, si comprendemos las características de los padres y cómo son, veremos en ellos una realidad que no podemos ignorar ni soslayar. Si aprendemos a entender dentro de ellos, nos acercamos más y la convivencia será más agradable, inclusive, la convivencia con nuestro yo, con nuestros movimientos.
Querer a nuestros padres, comprenderlos, saber su funcionamiento y por qué actúan en tal o cual forma, es vernos a nosotros mismos y entender en la propia figura lo que nos dice de nuestra personalidad; es hacer por ellos lo que quisiéramos que hicieran nuestros hijos cuando crezcan.
Pero esto sólo lo logramos cuando nosotros crecemos, cuando somos hombres y mujeres adultos, cuando muchas veces es tarde para sonreírles, darles la mano. Vemos un vacío dentro del yo de cada cual, vacío que no llenamos porque la sustancia de ese hoyo está en nuestra ascendencia y no la hemos traído a nosotros o no la hemos conocido.
Identifiquemos nuestros rasgos, nuestras características y preguntemos cuánto de lo que tenemos está en la ascendencia; hasta dónde ellos entraron en nuestro cuerpo, mente y espíritu. Sólo así sabremos quienes somos; sólo así encontraremos nuestra verdadera identidad.
Nacemos y no lo sabemos; se vive en un comienzo y tampoco uno lo sabe. Continuamos nuestras vidas y demoramos en saber exactamente quiénes somos. Así pasa el tiempo y transcurre la existencia, pensando que sabemos dónde estamos parados, fingiendo ser lo que ni nosotros mismos estamos seguros de representar.
Conociendo nuestra ascendencia, nos encontramos en el interior de nosotros mismos. Si no sabemos cómo son o cómo fueron los padres, será difícil hallar nuestra identidad, la propia identidad; desconocemos de dónde venimos, a quién nos semejamos y por qué somos como somos.
Por esto no se debe ignorar a los padres, hayan sido como fueran. No somos ni seremos jueces de ellos; no los analizamos para hacerles críticas destructivas. Lo haremos sólo para vernos en ellos, para encontrarnos reflejados en su manera de ser, en sus sufrimientos y risas, en su carácter genético que nos trasmitieron en gran parte de nuestra vida, de nuestra forma de comportarnos.
Ignorar nuestra ascendencia es perder el disfrute de toda una existencia. ¿Quién no tiene un parecido o similar con sus padres? Sencillamente, todos; pero, debemos encontrarlo. ¿Por qué me río así o me comporto asá? Porque lo heredé de uno de mis progenitores; porque ahora yo soy lo que fueron ellos, pero dentro de otra personalidad, de unas características que nos da nuestro signo zodiacal como propio, mezclado con nuestros genes.
Sólo comprendiendo lo que son los padres, cómo fueron y cómo se comportan, comprenderemos por qué somos en esa forma.
No somos nuestros progenitores; somos nosotros mismos; pero la genética nos dice por qué somos así. Cada uno es como es. Pero, si comprendemos las características de los padres y cómo son, veremos en ellos una realidad que no podemos ignorar ni soslayar. Si aprendemos a entender dentro de ellos, nos acercamos más y la convivencia será más agradable, inclusive, la convivencia con nuestro yo, con nuestros movimientos.
Querer a nuestros padres, comprenderlos, saber su funcionamiento y por qué actúan en tal o cual forma, es vernos a nosotros mismos y entender en la propia figura lo que nos dice de nuestra personalidad; es hacer por ellos lo que quisiéramos que hicieran nuestros hijos cuando crezcan.
Pero esto sólo lo logramos cuando nosotros crecemos, cuando somos hombres y mujeres adultos, cuando muchas veces es tarde para sonreírles, darles la mano. Vemos un vacío dentro del yo de cada cual, vacío que no llenamos porque la sustancia de ese hoyo está en nuestra ascendencia y no la hemos traído a nosotros o no la hemos conocido.
Identifiquemos nuestros rasgos, nuestras características y preguntemos cuánto de lo que tenemos está en la ascendencia; hasta dónde ellos entraron en nuestro cuerpo, mente y espíritu. Sólo así sabremos quienes somos; sólo así encontraremos nuestra verdadera identidad.