¿Qué tanto vale nuestra vida?
En una misma semana me enteré del acto vandálico perpetrado, a plena luz del día, en una estación de gasolina, donde le dispararon y le quitaron la vida a una persona a quien yo conocía de los tiempos de la escuela, hijo, esposo y buen hombre. También secuestraron y asesinaron a un joven abogado, robaron una fábrica de cerveza e irrumpieron en un edificio en el cual, pese a la cerca perimetral y la seguridad 24 horas, robaron en varios autos equipos de sonido y objetos personales, sin contar el daño causado al irrumpir con violencia en los mismos.
Cada día vemos en las noticias de Panamá, que se comunican los pormenores de nuestra sociedad, en la cual se ve reflejado un aumento en los delitos de todo tipo; pareciera que el tradicional "carterista" ha quedado como anécdota histórica, frente a los actos delictivos que se están suscitando, al punto tal, que pareciera que la vida del hombre pierde su valor y su importancia.
Ya la delincuencia no es exclusiva de un estrato social, se aprecia en todo rincón de nuestro suelo patrio y violenta la intimidad de cualquier ciudadano.
Lo anterior es fiel reflejo de lo que sucede en nuestras comunidades: crímenes ejecutados por menores de edad o por adultos, sin distinción de sexo.
El incremento de los niveles de delincuencia se le atribuye a diversos factores; ciertos sectores de indican que la génesis proviene de las altas tasas de migración a territorio panameño, lo que ha dado espacio a extranjeros que delinquen, para lo que se requieren leyes migratorias más rigurosas. Esta posición permite un análisis de las razones exógenas que actúan como catalizadores. Pero, ¿qué sucede con la propia desintegración familiar?, modelo inequívoco de un futuro incierto para el individuo, sumado a la influencia de la globalización, la cual nos inyecta imágenes de terrorismo, odio y xenofobia.
Lo cierto es que el gran porcentaje de los ciudadanos de los países de economías emergentes como el nuestro, está catalogado como pobre y mal preparado para afrontar los retos que deparan los tiempos actuales, estocada que nos pone en desventaja en este mundo tan competitivo en el que vivimos, en el cual se selecciona al individuo mejor y más preparado, lo cual está directamente relacionado a que los índices del desempleo aumenten, factor primario para delinquir.
Con miras a contrarrestar esta terrible situación, es importante la política de Estado, pues ésta debe ser más dura, encaminada a la consecución de un objetivo de "cero" delincuencia, para lo que se necesitan mecanismos preventivos prácticos y eficientes, sanciones a través de la administración de justicia rápida; pero, sobre todo, reeducar al ciudadano. Aprender a convivir en tolerancia es imprescindible; los mecanismos preventivos, más que promesas proselitistas, deben ser la base de la gestión de gobierno; se debe dirigir un plan de acción para el menor infractor y las pandillas deben ser identificadas y disueltas.
Se entiende que decisiones por parte de la administración gubernamental dirigidas a tales fines, conllevan una cuota parte de sacrificio y costo político; sin embargo, las consecuencias tendrían su agravante si no se actúa de forma inmediata.
El gobierno entrante debe hacer frente a este flagelo que corroe cada entraña de nuestra nación, perjudica la inversión, deteriora el núcleo familiar, y crea una sensación de inestabilidad social.
La autoridad debe asumir su papel protagónico sin caer en los excesos, como aquella orden de "tiren a matar" dada por un ex presidente, ya que la ineficacia puede hacer que el ciudadano pierda la confianza en el sistema, se arme y quiera tomar la justicia por sus propias manos. Los panameños esperamos acciones de gobierno que nos den más seguridad y que eviten que en Panamá se repliquen situaciones de violencia que son cotidianas en países vecinos. En la medida que nos unamos en esta lucha que nos afecta a todos, trabajando por la paz y la disminución de la violencia, en esa misma proporción aumentarán los niveles de paridad económica, desarrollo sostenido y ambiente de convivencia. No esperemos llegar a un punto crítico donde perdamos la perspectiva. El fin último somos cada uno de nosotros, los conciudadanos del puente del mundo y corazón del universo, conformado por un crisol de razas que ha sido fuerte gracias a que hemos aprendido a convivir en la diversidad.
Cada día vemos en las noticias de Panamá, que se comunican los pormenores de nuestra sociedad, en la cual se ve reflejado un aumento en los delitos de todo tipo; pareciera que el tradicional "carterista" ha quedado como anécdota histórica, frente a los actos delictivos que se están suscitando, al punto tal, que pareciera que la vida del hombre pierde su valor y su importancia.
Ya la delincuencia no es exclusiva de un estrato social, se aprecia en todo rincón de nuestro suelo patrio y violenta la intimidad de cualquier ciudadano.
Lo anterior es fiel reflejo de lo que sucede en nuestras comunidades: crímenes ejecutados por menores de edad o por adultos, sin distinción de sexo.
El incremento de los niveles de delincuencia se le atribuye a diversos factores; ciertos sectores de indican que la génesis proviene de las altas tasas de migración a territorio panameño, lo que ha dado espacio a extranjeros que delinquen, para lo que se requieren leyes migratorias más rigurosas. Esta posición permite un análisis de las razones exógenas que actúan como catalizadores. Pero, ¿qué sucede con la propia desintegración familiar?, modelo inequívoco de un futuro incierto para el individuo, sumado a la influencia de la globalización, la cual nos inyecta imágenes de terrorismo, odio y xenofobia.
Lo cierto es que el gran porcentaje de los ciudadanos de los países de economías emergentes como el nuestro, está catalogado como pobre y mal preparado para afrontar los retos que deparan los tiempos actuales, estocada que nos pone en desventaja en este mundo tan competitivo en el que vivimos, en el cual se selecciona al individuo mejor y más preparado, lo cual está directamente relacionado a que los índices del desempleo aumenten, factor primario para delinquir.
Con miras a contrarrestar esta terrible situación, es importante la política de Estado, pues ésta debe ser más dura, encaminada a la consecución de un objetivo de "cero" delincuencia, para lo que se necesitan mecanismos preventivos prácticos y eficientes, sanciones a través de la administración de justicia rápida; pero, sobre todo, reeducar al ciudadano. Aprender a convivir en tolerancia es imprescindible; los mecanismos preventivos, más que promesas proselitistas, deben ser la base de la gestión de gobierno; se debe dirigir un plan de acción para el menor infractor y las pandillas deben ser identificadas y disueltas.
Se entiende que decisiones por parte de la administración gubernamental dirigidas a tales fines, conllevan una cuota parte de sacrificio y costo político; sin embargo, las consecuencias tendrían su agravante si no se actúa de forma inmediata.
El gobierno entrante debe hacer frente a este flagelo que corroe cada entraña de nuestra nación, perjudica la inversión, deteriora el núcleo familiar, y crea una sensación de inestabilidad social.
La autoridad debe asumir su papel protagónico sin caer en los excesos, como aquella orden de "tiren a matar" dada por un ex presidente, ya que la ineficacia puede hacer que el ciudadano pierda la confianza en el sistema, se arme y quiera tomar la justicia por sus propias manos. Los panameños esperamos acciones de gobierno que nos den más seguridad y que eviten que en Panamá se repliquen situaciones de violencia que son cotidianas en países vecinos. En la medida que nos unamos en esta lucha que nos afecta a todos, trabajando por la paz y la disminución de la violencia, en esa misma proporción aumentarán los niveles de paridad económica, desarrollo sostenido y ambiente de convivencia. No esperemos llegar a un punto crítico donde perdamos la perspectiva. El fin último somos cada uno de nosotros, los conciudadanos del puente del mundo y corazón del universo, conformado por un crisol de razas que ha sido fuerte gracias a que hemos aprendido a convivir en la diversidad.