¿Quién le pone el cascabel al gato?
Opacado por otros temas, el del transporte parece volver lentamente a la comodidad de sus viejos vicios, sin que nadie retome el problema con energía. Mientras llega el metrobús o el metro, o lo que sea, han vuelto las regatas, el manejo a la ofensiva de conductores que poco les importa con la estabilidad emocional de los pasajeros, o la agresividad con que enciman sus poderosos buses contra autos pequeños.
El asunto sigue igual, sino peor. Pasadas las ocho de la noche, cuando las vías se han despejado un poco, los pasajeros, entre cansancio y sueño, deben tolerar los bólidos que baten récord de velocidad. Las troneras, ahí están; la música a todo volumen, se mantiene, y la grosería de los conductores condimenta el ambiente. Mientras que las autoridades incorporen el metrobús al sistema local, no se debían descuidar estos aspectos, porque, presentes sus componentes de siempre, nada casual tendría que ocurrieran otra vez ese tipo de tragedias a la que los diablos rojos han tratado de acostumbrar al público en los últimos años. Durante la pasada administración, pese al dantesco incendio del bus frente a la iglesia de Hossana, no se pudo resolver el problema ni imponer una regulación al transporte colectivo. Es de esperar que ahora no suceda lo mismo.