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¿Quiénes son y para qué sirven los independientes?


"Para la Defensoría del Pueblo y para la Corte Suprema se necesita un independiente, no un político". ¡Cuántas veces se oyen palabras similares, convertidas casi en un axioma pretendidamente evidente a fuerza de repetición! Revelan un desprecio indiscriminado por los políticos y a la vez una estima también indiscriminada por los llamados independientes.
Hay períodos en los que se valora de manera particular a las personas comprometidas y se destaca positivamente su responsabilidad. Pero hay otros períodos en los que se valora especialmente a los independientes por su presunta autonomía, en contraste con la dependencia de los políticos, manipulados, según se piensa, por su partido. Evidentemente, en la actualidad se da el segundo fenómeno de manera casi irreflexiva. Por eso debemos preguntarnos quiénes son los independientes y para qué sirven en la sociedad.
Entre quienes usan este vocablo hay los que lo entienden como equivalente a no poseer preferencias políticas. Pero el hombre no puede abstraerse tan completamente de la vida en comunidad. Una cosa es no pertenecer a un partido y otra cosa es no tener preferencias políticas. Todo hombre, en la medida en que actúa en sociedad tiene preferencias en materia política. Además, se presume que al no pertenecer a un partido, una persona no tiene intereses que defender y por ello no tiene por qué parcializarse políticamente. La realidad es muy diferente. Por el hecho de razonar y de decidir libremente sus acciones el hombre tiene que preferir lo que hace, aunque no siempre exprese sus preferencias. La parcialización política no proviene únicamente de la pertenencia a un partido. Hay ciudadanos que, desde fuera de los partidos, demuestran un marcado sectarismo político, por pertenecer a una agrupación gremial, económica, étnica o religiosa, por sus intereses individuales los más egoístas o por sus preferencias propiamente políticas intensamente sentidas. Pero al no pertenecer a un partido, pueden esconder su sectarismo, mientras que de cara a los miembros de un partido estamos advertidos de que están expuestos a parcializarse al actuar.
Bajo la denominación de independiente se designan realidades humanas muy disímiles que no tienen nada o muy poco en común. Sólo el más marcado nominalismo permite abarcarlas bajo el mismo vocablo. En el sentido más positivo, el independiente es una persona que piensa y actúa con criterio propio en aspectos importantes de su vida y guarda su distancia con respecto a todos los grupos organizados, por lo menos de índole política. Por lo general posee idoneidad profesional e incluso, tiende a ser un intelectual. Su talante es idealista en el sentido más lato y desde su idealismo tiende a jugar el papel de crítico o de profeta social. Si la política es el arte de hacer posible lo necesario, como lo decía Aristides Calvani, el independiente forma parte de la política, pues él es quien mantiene viva la conciencia de lo necesario, es decir, de la dimensión utópica que la política requiere para ser factor de cambio y no de atraso. Llamémosle a esta especie de independiente, el independiente crítico.
La prueba de un independiente de esta especie es que la persona en cuestión se mantenga a distancia de todas las organizaciones que aspiran al poder o lo detentan y que rinda testimonio a la Verdad, con mayúscula, dirigiendo su crítica de manera pareja hacia tirios y troyanos, en vez de ser el mero compañero de ruta de una causa a la moda, reduciendo su independencia a un disfraz.
A veces el independiente en este primer sentido no alcanza la condición de crítico o profeta social. Se contenta con dedicarse a sus actividades no políticas, a las que asigna un valor transcendente, ya sea, por ejemplo, la actividad religiosa, la científica o incluso, la familiar. Pero también en este caso él rinde testimonio discreto de que para el hombre y su comunidad hay actividades cuyo valor puede superar al de la política y de que es lícito consagrarse a ellas aún al punto de suspender todo compromiso político de grupo, de manera que pueda mantener su plena disponibilidad para el quehacer superior. Llamemos a esta subespecie el independiente testimonial.
Por otra parte, el independiente de esta primera especie puede, por lo contrario, tornarse en un exacerbado habitual. Divide al mundo entre morales e inmorales, identificándose a sí mismo con los primeros y quienes discrepan de él con los segundos. Llega a despreciar toda pertenencia a una organización política, convirtiendo su individualismo extremo en la expresión óptima e incluso, única de la virtud política. Su mensaje pierde entonces su valor de crítica o de profecía social, en la misma medida en que se desvincula casi por completo de la sociedad real. Se trata de la subespecie del independiente hypercrítico.
Hay una segunda especie de independiente. En Chile se solía distinguir entre quién era "gobiernero" y quién era gobiernista. El gobiernista era la persona que apoya a un gobierno, porque admira específicamente al gobernante, o comparte su programa o su ideología, o considera su organización o movimiento más beneficioso para el país. Lo apoya y defiende. En ausencia de estos factores estaría dispuesto a ser de oposición. Por lo contrario, el "gobiernero" era la persona que favorece a todo gobierno, cualquiera que sean sus características, por el simple hecho de que detenta el poder. Normalmente explica su actitud sobre la base de darle el beneficio de la duda al gobernante, de la necesidad de mando y orden en toda sociedad o de ser realista. En el fondo estas son excusas para ubicarse cómodamente, manteniéndose pasivo como simple consumidor de las decisiones políticas de los gobernantes, o a lo sumo mostrándose dispuesto a usufructuar un cargo oficial a pesar de no haber contribuido en nada al triunfo del gobernante ni de ser partidario militante del mismo. El independiente acomodaticio ni resiste al gobernante ni se arriesga por él.
Esta segunda especie carece de confiabilidad en los momentos de crisis. Está dispuesto a abandonar al gobierno tan pronto como este encuentre dificultades, y mientras tanto, se cuida de comprometerse públicamente en su defensa. Este independiente es más bien oportunista, reduciendo la política al arte de lo posible. La gama de posibilidades estaría dada por el entorno y su acción propia consistiría en aprovecharse de tales posibilidades sin grandes esfuerzos ni molestias de su parte. Es la especie del independiente acomodaticio.
Todavía queda una tercera especie de independiente. A ésta se le pueden restar las sílabas de su denominación para descubrir progresivamente las características de su personalidad política. Cuando se le resta la primera sílaba, queda en "dependiente", alguien sin raíces ni asidero propio, cuya suerte depende de la correlación de fuerzas externas a sí mismo. Cuando se le resta la segunda sílaba, queda en "pendiente", alguien que cuelga de otros y se bambolea al son de su conveniencia. Y cuando se le resta la tercera sílaba, queda en "diente", es decir queda reducido a sus apetitos primarios, a la voracidad que lo caracteriza y explica su comportamiento. Ninguna coherencia ideológica, ni disciplina de partido, ni siquiera lealtad personal lo limita en sus actuaciones. Su interés, el más crudo, lo mueve y orienta. Se esfuerza, pero para sobrevivir y beneficiarse. Toma iniciativas, pero dentro de un feroz ensimismamiento, sin ninguna referencia a un bien común que puede exigirle sacrificio de su interés, solidaridad dentro de un grupo, respeto por los otros y adhesión a una causa que lo sobrepasa. Este es la especie del independiente sinvergüenza.
Estas tres son las principales especies de independiente. Lo más negativo para una sociedad es la confusión que la misma denominación favorece entre estas realidades disímiles. Sólo la primera especie representa un valor para la sociedad. Toda sociedad necesita la contribución de este independiente. La segunda especie ni es grandemente nociva ni es particularmente valiosa. Se trata de gente del vaivén, que sirve de relleno en la sociedad. Sólo cuando son demasiado numerosos se convierten en un peso muerto para ésta y la anclan en su propia mediocridad. Los de la tercera especie, sin embargo, son tan nefastos para una sociedad como los peores políticos de partido cuando son corruptos. Son los cómplices de todas las arbitrariedades y de todas las corrupciones. Enaltecerlos constituye la perversión misma de la vida política, porque no tienen nada que ver con lo que es el objetivo de la vida en sociedad, a saber el bien común. De hecho son los negadores por excelencia de todo bien común y de la solidaridad y generosidad elementales que orientan a los hombres no sólo a satisfacer sus intereses, sino a trabajar y buscar el bien de todos y en aras del mismo a aceptar el vehículo de un partido con sus limitaciones y frustraciones. Ellos no reconocen que para hacer el bien común se necesita iniciativa, esfuerzo y trabajo en común, al mismo tiempo que se necesita no sólo responsabilidad, sino corresponsabilidad.
"Con todos y para el bien de todos" decía Martí de la República. Pues bien estos independientes sinvergüenzas son especialistas del "yo, para mí, conmigo", que niega rotundamente la concepción martiana, sin la cual no puede darse ni sociedad civilizada, ni menos aún república democrática. (ariyan@sinfo.net)

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