¿Quieren, en verdad, democratizar?
Todos hablan de democracia y del gobierno del pueblo, pero pocos reparan en que este último está cada vez más lejos de sus representantes. Se limita a observar cómo los políticos y grupos de interés legislan, suben los tributos, se hacen regalos y reprimen, con cierta sutileza, la libertad personal.
Algunos, con razón, critican a los senadores designados y a otras instancias similares que podrían limitar el poder popular. Sin embargo, los mismos, cuando hacen propuestas sobre estos temas, terminan siempre proponiendo entregar más poder al presidente de la República, que en el ordenamiento institucional chileno es un verdadero dictador. No entienden la lógica democrática de la separación de los poderes del Estado y la necesidad de contrapesos.
Si se quiere dar poder al pueblo hay que quitárselo a los gobernantes, a los partidos políticos y a los grupos de interés. Para evitar que los dos últimos se coludan, debe prohibirse la reelección de parlamentarios y concejales. Estos adquirirían así una mayor independencia y tenderían a pensar más en los intereses del país que en las próximas elecciones, los votos y el dinero para las campañas. Se renovarían las caras y la alternancia en el poder tendría algún sentido.
Para acercar el poder al pueblo habría que elegir a sus representantes en circunscripciones de pequeño tamaño, de forma que el elector conozca de cerca a aquél por quien votará, y lo pueda controlar e influir. De más está decir que las regiones debieran ser más autónomas y sus autoridades elegidas y no designadas.
La gente pierde poder por el enorme tamaño del estado y los tributos correspondientes. Estos se les quitan a las personas, las que ven reducidas su capacidad de decisión y libertad, para traspasarlas al gobierno y sus burócratas. Si usted ganó 100 pesos, pierde con los impuestos el disponer de 30, cuyo destino es decidido por políticos, ministros y funcionarios públicos con sus amigos.
Para democratizar hay que devolverle la plata y las empresas estatales al pueblo. Disponer de más dinero, con el poder que implica, es mucho más importante que un voto, que vale casi cero. Además, habría menos inspectores, reguladores y la variada gama de burócratas que limitan nuestra libertad y poder.
Es necesario abrir el mercado político para que haya más competencia. La formación de partidos debiera ser más fácil y no pedirles cierto número de firmas o determinada cantidad de votos. El sistema electoral no tendría que castigar a los grupos emergentes, así como tampoco limitar su capacidad de financiamiento. Ellos son importantes para desafiar el monopolio ejercido por los grupos de poder tradicionales.
Decano de economía de la Universidad Finis Terrae, fue presidente del Banco Central.
Algunos, con razón, critican a los senadores designados y a otras instancias similares que podrían limitar el poder popular. Sin embargo, los mismos, cuando hacen propuestas sobre estos temas, terminan siempre proponiendo entregar más poder al presidente de la República, que en el ordenamiento institucional chileno es un verdadero dictador. No entienden la lógica democrática de la separación de los poderes del Estado y la necesidad de contrapesos.
Si se quiere dar poder al pueblo hay que quitárselo a los gobernantes, a los partidos políticos y a los grupos de interés. Para evitar que los dos últimos se coludan, debe prohibirse la reelección de parlamentarios y concejales. Estos adquirirían así una mayor independencia y tenderían a pensar más en los intereses del país que en las próximas elecciones, los votos y el dinero para las campañas. Se renovarían las caras y la alternancia en el poder tendría algún sentido.
Para acercar el poder al pueblo habría que elegir a sus representantes en circunscripciones de pequeño tamaño, de forma que el elector conozca de cerca a aquél por quien votará, y lo pueda controlar e influir. De más está decir que las regiones debieran ser más autónomas y sus autoridades elegidas y no designadas.
La gente pierde poder por el enorme tamaño del estado y los tributos correspondientes. Estos se les quitan a las personas, las que ven reducidas su capacidad de decisión y libertad, para traspasarlas al gobierno y sus burócratas. Si usted ganó 100 pesos, pierde con los impuestos el disponer de 30, cuyo destino es decidido por políticos, ministros y funcionarios públicos con sus amigos.
Para democratizar hay que devolverle la plata y las empresas estatales al pueblo. Disponer de más dinero, con el poder que implica, es mucho más importante que un voto, que vale casi cero. Además, habría menos inspectores, reguladores y la variada gama de burócratas que limitan nuestra libertad y poder.
Es necesario abrir el mercado político para que haya más competencia. La formación de partidos debiera ser más fácil y no pedirles cierto número de firmas o determinada cantidad de votos. El sistema electoral no tendría que castigar a los grupos emergentes, así como tampoco limitar su capacidad de financiamiento. Ellos son importantes para desafiar el monopolio ejercido por los grupos de poder tradicionales.
Decano de economía de la Universidad Finis Terrae, fue presidente del Banco Central.