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¿Quieres que te lo cuente otra vez?


Esta era una vieja que subía por una escalera y bajaba por una solera todos los días del año. La vieja era muy vieja, por lo que le costaba mucho subir los cincuenta y siete escalones. Subía uno a uno, agarrándose de la baranda de la escalera y sudando a chorros. Contaba cada escalón así: -Y va uno y una dos van tres... Mientras, recordaba lo que la gente del barrio decía de ella, que era una bruja y que convertía a cualquiera persona que llegará por ahí en piedra o sapo...
-Y veintidós y veintitrés y veinticuatro...
Soplaba la vieja y sufría mucho porque la gente del barrio no se daba cuenta que ella era sólo una mujer sola y ancianita, que vivía en una casa muy grande...
-Y treinta y ocho y treinta y nueve y cuarenta...
La mujer se paró a descansar y miró su ropa mojada por el sudor y pensó que la casa era demasiado grande para ella, que era un edificio tan antiguo que pareciera que un solo soplo del viento de verano lo derribaría en cualquier momento, dejando en su lugar un montón de palos y tejas rotas regadas por la tierra.
-Y cuarenta y nueve y cincuenta y cincuenta y uno...
La vieja se detuvo otra vez a tomar agua, y miró la puerta de desván en la azotea de la casa que ya se veía al final de la escalera.
-¡Estas escaleras me van a matar! Son muchos escalones para mis años. ¡Pero tengo que llegar!
-Y cincuenta y cinco y cincuenta y seis... ¡Cincuenta y siete!
¡Al fin! Se sentó en el último escalón y dio gracias al cielo por haber llegado hasta ahí. Dijo en voz alta, pues muchas veces hablaba con ella misma...
-Menos mal que la bajada es facilita. La solera me sirve de tobogán, pero si alguien me ve zurrándome por allí, creerá que estoy loca de remate.
La solera era una viga que se había ladeado y era lo bastante ancha como para que la vieja se deslizara despacio hasta abajo. Después del descanso, la vieja se puso de pie y revisó la chácara que llevaba colgada al hombro, a ver si no se había derramado la botella de leche o el frasco con miel de palo que cargaba en ella.
-Está todo bien... -dijo- el gato debe estar muerto de hambre. Y entró en el desván intentando hacer el menor ruido posible. El gato que tenía las patas de trapo y rabo al revés, levantó la cabeza cuando se abrió la puerta
Miró la vieja con unos ojos grandes y verdes. Se levantó de la almohada donde dormía y se acercó a la mujer, lamiéndole las manos. La vieja le preguntó al gato:
-¿Dormiste bien? Te traigo tu comida. La leche está fresca y la miel de palo, riquísima.
-Dormí a pierna suelta. Gracias señora -Le respondió el gato. La vieja le sirvió al gato y el gato comió hasta llenarse, quedándole suficiente leche y miel para el resto del día.
-¿Cuándo vas a salir de aquí, gato?
-Usted sabe que no me atrevo porque la gente se reiría de mí, y entonces sí que dirían que usted es una bruja.
-¿ Y qué esperas? ¿Qué vuelvas a pasar la estrella fugaz? -dijo la vieja.
-La estrella fugaz tiene que volver a pasar esta noche. Estoy seguro que así será -dijo el gato.
Entonces el gato recordó lo que le sucedió cuando estaba en el techo de la casa, despatillado, maullándole a la luna y cuando por primera vez vio pasar a la estrella fugaz. Recordó que los humanos decían que si uno cerraba los ojos y pedía un deseo, éste se le cumplía. Y así lo hizo. Cerró los ojos, pero pidió un deseo de relajo. Riéndose a carcajadas pidió a la estrella fugaz tener patas de trapo, el rabo al revés y también hablar como la gente.
Sintió una picazón en todo el cuerpo y cuando peló los ojos y se miró, encontró que tenía las patas de trapo, el rabo al revés y hablaba hasta por los codos. Desde ese momento no quiso salir del desván, ni bajar a la sala y mucho menos, salir a la calle.
La viejita besó al gato que entornó los ojos y movió su extraño rabo del puro gusto. Luego el micho oyó y miró nuevamente cómo la anciana se alejaba, y luego lanzaba el gritito de susto al deslizarse por la solera.
Esa noche y todas las noches hasta el día que terminaros sus siete vidas, el gato esperó inútilmente esa estrella fugaz, mientras, recibió la visita amable de la vieja que subía por la escalera y bajaba por la solera. Su consuelo fue saber que la historia del encuentro de él, el gato, con la vieja tenía y seguiría teniendo la poderosa magia de hacer reír o sonreír y finalmente dormir a infinidad de niños y niñas, gracias a la cantinela que reza:
Érase una vieja que subía por una escalera y bajaba por una solera. Y un gato que tenía las patas de trapo y el rabo al revés. ¿Quieres que te lo cuente otra vez?

101 años de Panamá América

 
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