Rebeldes o adormecidos
Nunca antes nuestra gente, nunca antes nuestro pueblo: campesinos, trabajadores, estudiantes y tantos otros estamentos de la sociedad panameña, han vivido en la incertidumbre que genera la incapacidad de sus gobernantes como la que se vive en los tiempos actuales. En alguna ocasión, mientras pronunciaba un discurso fúnebre en la ciudad de La Chorrera, recordando a Ernest Hemingway, decía a los presentes que las campanas no redoblaban por el muerto que al cementerio llevábamos, sino por los vivos que quedamos. En nuestro país, las campanas de las iglesias resuenan por todos nosotros.
El desasosiego doméstico, la inseguridad ciudadana, la casi total ausente credibilidad en los operadores de la justicia, la carencia de medicamentos a precios asequibles a la población, la casi total ausencia de implementos médicos en los hospitales y centros de salud, los altos niveles de corrupción administrativa, son entre tantos otras causas, claros factores negativos que mantienen postrado a todo un pueblo que por sí, siempre, ha sido pacífico en su historia y amante de la paz. ¿Será el fin de nuestro siglo?, parafraseando a Helen White.
Permanentemente, ante la incapacidad manifiesta de nuestro pueblo para encontrar los mecanismos y vías propicias para la solución efectiva de nuestros propios problemas, suelo preguntarme si es que estamos dormidos o simple y sencillamente adormecidos. Y con mucha pena, casi en pasmoso estado de angustia, me respondo en palabras quejumbrosas que estamos adormecidos. Nos arrebata el surrealismo kafkiano y el concepto teleológico del proceso se nos hace, día a día, una realidad.
Tanto hemos sido victimizados por gobernantes ignominiosos; tanto han mermado las riquezas de nuestra nación; tanto han explotado nuestros recursos naturales sin participación efectiva del pueblo en sus réditos o beneficios; tanto han dilapidado los bienes y riquezas del erario público en detrimento de la nación; tanto han avergonzado la nacionalidad panameña con actos y posturas harto censurables; que todo indica que una gran ola de desaliento arropa a nuestra gente que camina sin guía ni rumbo fijo. Nuestra realidad dejaría a Julio Verne con los ojos saltados y boquiabierto.
Nuestro pueblo ha sido marginado del desarrollo al que tiene derecho por vocación o propensión natural tras la irresponsabilidad evidente de quienes llegando al poder político han olvidado las consignas sociales que alimentaron y que sirvieron de argumentos válidos para convencer y arrancar de nuestra humilde población el voto electoral con el que lograron enquistarse el gobierno. Sin embargo, una vez conquistado el amorío del señor Poder, renegaron de las promesas con las que ilusionaron a mucha gente ingenua y, por ello, el pueblo nunca ha tenido participación alguna en las agendas de los gobernantes que, como el actual, han renegado del pueblo que los llevó al poder. Tanto ha sido golpeada nuestra pobre gente, que la conducta de todo un pueblo tiene ribetes de un malsano pasivismo que nos pone en el banquillo de los acusados y nos condena a la culpa. Somos responsables, civil y penalmente, ante Dios y ante el altar de la Patria. En algún momento la Patria, como dice el bardo que a ella canta, nos extinguirá con febril desasosiego a los que hemos "amado su esplendor un día".
222 Nada hacemos por aquello ni por nada y ni siquiera nos atrevemos a quejarnos o a protestar. Conformidad e indiferencia caminan juntas tomadas de las manos por nuestras calles y avenidas.
Si cada panameño estuviese convencido de esta realidad; si cada uno de nosotros nos hiciéramos un examen sincero y objetivo de conciencia; si la Patria nos llamara a su regazo para cuestionarnos qué estamos haciendo por ella como hijos, de seguro permaneceríamos en silencio o simplemente cabizbajos, conscientes de nuestra culpa, pediríamos perdón a la madre Patria yo dejaríamos caer pesadas y gruesas lágrimas de lamento y de tristeza.
Los tiempos actuales imponen seriedad; demandan y exigen que cada compatriota, cada conciudadano, le demuestre a la Patria que aún no todo ha terminado; que hay un remanente moral en la nación, un pueblo que cree y quiere seguir creyendo en quienes toman las riendas de su gobierno; sin embargo, junto al pasivismo que nos doblega pernocta también una fría actitud de poco importa y de dejar hacer.
Por segundos estamos sucumbiendo en una terrible vorágine de destrucción y desmoronamiento; en una densa niebla de indiferencia y de abandono; la descomposición social es asombrosa, y la inseguridad ciudadana cada día nos aflige y abate más y más. Nada hacemos por aquello ni por nada y ni siquiera nos atrevemos a quejarnos o a protestar. Conformidad e indiferencia caminan juntas tomadas de las manos por nuestras calles y avenidas.
Despertemos conciudadanos: breguemos por la Patria humillada y maltratada por aquellos malos hijos; luchemos por el honor y la honra de una nación. Echemos del altar de la Patria a los mercaderes de su dignidad y orgullo. Ante el escenario de luto y de dolor en el que convivimos los panameños, cabe un grito de rebeldía: rebeldía ante la prepotencia; rebeldía ante quienes quieren imponernos medidas de entreguismo incondicional a otros poderes, rebeldía para no quedarnos de brazos cruzados entre tanto que los corruptos acaban con las riquezas de la nación, rebeldía para no aceptar las injusticias de las autoridades; rebeldía para no acatar la orden ilegal e injusta; rebeldía para no ser sumisos y abdicar de la grandeza a la que está llamado, por designios de Dios, todo hombre; rebeldía para condenar a los ladrones de nuestros derechos y garantías; rebeldía para oponernos a toda forma de autoritarismos, rebeldía para no caer en la pasividad, grave enfermedad, en la que se encuentran tantos compatriotas; rebeldía para no aceptar que nos gobiernen de afuera ni que de adentro se nos someta; en fin, rebeldía para convertirnos en legítimos defensores de la Patria y de la Justicia.
El desasosiego doméstico, la inseguridad ciudadana, la casi total ausente credibilidad en los operadores de la justicia, la carencia de medicamentos a precios asequibles a la población, la casi total ausencia de implementos médicos en los hospitales y centros de salud, los altos niveles de corrupción administrativa, son entre tantos otras causas, claros factores negativos que mantienen postrado a todo un pueblo que por sí, siempre, ha sido pacífico en su historia y amante de la paz. ¿Será el fin de nuestro siglo?, parafraseando a Helen White.
Permanentemente, ante la incapacidad manifiesta de nuestro pueblo para encontrar los mecanismos y vías propicias para la solución efectiva de nuestros propios problemas, suelo preguntarme si es que estamos dormidos o simple y sencillamente adormecidos. Y con mucha pena, casi en pasmoso estado de angustia, me respondo en palabras quejumbrosas que estamos adormecidos. Nos arrebata el surrealismo kafkiano y el concepto teleológico del proceso se nos hace, día a día, una realidad.
Tanto hemos sido victimizados por gobernantes ignominiosos; tanto han mermado las riquezas de nuestra nación; tanto han explotado nuestros recursos naturales sin participación efectiva del pueblo en sus réditos o beneficios; tanto han dilapidado los bienes y riquezas del erario público en detrimento de la nación; tanto han avergonzado la nacionalidad panameña con actos y posturas harto censurables; que todo indica que una gran ola de desaliento arropa a nuestra gente que camina sin guía ni rumbo fijo. Nuestra realidad dejaría a Julio Verne con los ojos saltados y boquiabierto.
Nuestro pueblo ha sido marginado del desarrollo al que tiene derecho por vocación o propensión natural tras la irresponsabilidad evidente de quienes llegando al poder político han olvidado las consignas sociales que alimentaron y que sirvieron de argumentos válidos para convencer y arrancar de nuestra humilde población el voto electoral con el que lograron enquistarse el gobierno. Sin embargo, una vez conquistado el amorío del señor Poder, renegaron de las promesas con las que ilusionaron a mucha gente ingenua y, por ello, el pueblo nunca ha tenido participación alguna en las agendas de los gobernantes que, como el actual, han renegado del pueblo que los llevó al poder. Tanto ha sido golpeada nuestra pobre gente, que la conducta de todo un pueblo tiene ribetes de un malsano pasivismo que nos pone en el banquillo de los acusados y nos condena a la culpa. Somos responsables, civil y penalmente, ante Dios y ante el altar de la Patria. En algún momento la Patria, como dice el bardo que a ella canta, nos extinguirá con febril desasosiego a los que hemos "amado su esplendor un día".
222 Nada hacemos por aquello ni por nada y ni siquiera nos atrevemos a quejarnos o a protestar. Conformidad e indiferencia caminan juntas tomadas de las manos por nuestras calles y avenidas.
Si cada panameño estuviese convencido de esta realidad; si cada uno de nosotros nos hiciéramos un examen sincero y objetivo de conciencia; si la Patria nos llamara a su regazo para cuestionarnos qué estamos haciendo por ella como hijos, de seguro permaneceríamos en silencio o simplemente cabizbajos, conscientes de nuestra culpa, pediríamos perdón a la madre Patria yo dejaríamos caer pesadas y gruesas lágrimas de lamento y de tristeza.
Los tiempos actuales imponen seriedad; demandan y exigen que cada compatriota, cada conciudadano, le demuestre a la Patria que aún no todo ha terminado; que hay un remanente moral en la nación, un pueblo que cree y quiere seguir creyendo en quienes toman las riendas de su gobierno; sin embargo, junto al pasivismo que nos doblega pernocta también una fría actitud de poco importa y de dejar hacer.
Por segundos estamos sucumbiendo en una terrible vorágine de destrucción y desmoronamiento; en una densa niebla de indiferencia y de abandono; la descomposición social es asombrosa, y la inseguridad ciudadana cada día nos aflige y abate más y más. Nada hacemos por aquello ni por nada y ni siquiera nos atrevemos a quejarnos o a protestar. Conformidad e indiferencia caminan juntas tomadas de las manos por nuestras calles y avenidas.
Despertemos conciudadanos: breguemos por la Patria humillada y maltratada por aquellos malos hijos; luchemos por el honor y la honra de una nación. Echemos del altar de la Patria a los mercaderes de su dignidad y orgullo. Ante el escenario de luto y de dolor en el que convivimos los panameños, cabe un grito de rebeldía: rebeldía ante la prepotencia; rebeldía ante quienes quieren imponernos medidas de entreguismo incondicional a otros poderes, rebeldía para no quedarnos de brazos cruzados entre tanto que los corruptos acaban con las riquezas de la nación, rebeldía para no aceptar las injusticias de las autoridades; rebeldía para no acatar la orden ilegal e injusta; rebeldía para no ser sumisos y abdicar de la grandeza a la que está llamado, por designios de Dios, todo hombre; rebeldía para condenar a los ladrones de nuestros derechos y garantías; rebeldía para oponernos a toda forma de autoritarismos, rebeldía para no caer en la pasividad, grave enfermedad, en la que se encuentran tantos compatriotas; rebeldía para no aceptar que nos gobiernen de afuera ni que de adentro se nos someta; en fin, rebeldía para convertirnos en legítimos defensores de la Patria y de la Justicia.