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Rebelión militar en Perú


Como ha explicado el joven oficial a través de proclamas radiales y escritas, no se ha levantado en armas para tomar el poder político, derrocando al jefe de Estado. Su indisciplina es consciente y específica. Se propone remarcar con su gesto la profunda crisis que reina en la institución por la abolición de las normas reglamentarias por la sobreimposición de motivos políticos a su génesis constitucional. Tradicionalmente los ascensos militares se rigieron por la antigüedad del oficial y sus notas de calificación. Cuando un general de división, contralmirante o comandante de la fuerza área cumplía 35 años de servicio militar automáticamente pasaba al retiro. Fujimori suprimió el reglamento para ordenar que continuaran en el mando generales que habían cumplido el tiempo de servicios, por la razón de que eran militares comprometidos políticamente con el gobierno. En contraste, los oficiales eran invitados a pasar al retiro antes de cumplir la antigüedad reglamentaria porque no eran adictos al régimen, o así lo presumía el gobernante.
Antes de producirse la rebelión de Ollanta Humala, otros oficiales trataron de sublevarse, entre ellos, un oficial de brillante trayectoria, el general Jaime Salinas Sedó, condenado a prisión posteriormente. Los militares y marinos que adversaron la politización de las fuerzas armadas fueron expulsados ominosamente, como el general Rodolfo Robles, y presionados a partir al destierro.
A su manera poco ortodoxa en una institución en la que la disciplina debe ser un dogma incuestionable, el teniente coronel Humala ha salido en defensa del mellado honor institucional del Ejército, lanzándose a una aventura que no es solitaria como se presumió al principio, sino que ha captado la adhesión de centenares de reservistas disconformes de la forma en que Fujimori ha manejado las fuerzas armadas. El contraste entre el coraje de Ollanta Humala y la conducta del pusilánime Montesinos levanta comentarios dentro y fuera del país de los incas.


101 años de Panamá América

 
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