¿Reconciliación o enfrentamiento; avance o retroceso?
Ni en el gobierno ni en la oposición, ni en la sociedad civil ni en la institucionalizada, se toman en serio el "slogan" de un grupo minoritario de que el país no ha cambiado. Ciertamente, hemos recobrado la brújula del desarrollo económico y social, hemos transformado un desempleo de dos cifras en uno de una sola cifra; hemos hecho algunas inversiones sociales que hasta la propia oposición más seria reclama como que continuaría o afianzaría en sus programas de gobierno, y, definitivamente, que tenemos otro país.
No hay que ser físico nuclear para entender que en este nuevo país las preguntas que tenemos que enfrentar son muy distintas a las que enfrentó la administración que el próximo año deja el poder. Ya no es que no hay empleo, sino que el dinero no alcanza. Ya no es que la comida está muy cara, sino que si no implementamos las políticas adecuadas a mediano y largo plazo, tal vez no tendremos comida. ¿Dónde tenemos que ajustar el sistema y qué políticas tenemos que implementar para enfrentar esos nuevos retos? Ese me parece que debe ser la sustancia del debate presidencial.
No obstante, algunas cosas empantanan la posibilidad de un debate diáfano sobre esas variables. La reciente iniciativa sobre temas de seguridad pública y del Estado, sigue poniendo el dedo sobre la yaga de heridas que se resisten a cerrarse en beneficio de la reconciliación de todos los panameños. Unos consideran que es un paso firme hacia el futuro, otros estiman que es un retroceso hacia el pasado. Pero, el calor del debate y las temperaturas que ha alcanzado viene acompañado de algo muchísimo más grave: después de casi 20 años de vida democrática, no creemos los unos en los otros, y el discurso descalificativo y la falta de credibilidad recíproca enmarcan mucho más el debate que la objetividad frente a los hechos que el mismo implica.
Esa nube gris seguirá siendo un problema en el proceso de consolidación de la democracia panameña y afecta todo el proceso de consolidación de las instituciones democráticas, las demora, nos pone a la defensiva y afecta nuestro desarrollo institucional.
Como nota positiva, esta campaña, no obstante, ha demostrado mejorías respecto de las anteriores. Los votantes no se conforman con "slogans", ahora confrontan a los candidatos con la solución de los problemas; nos interesa la hoja de vida y la credibilidad de ellos, tanto como nunca, y exigimos ya no una disección de los problemas que tenemos y que todos conocemos, sino un discurso diferenciador de cómo acometerá cada uno su solución.