Reconocimiento del otro
Los titulares todos los días nos informan sobre el avance de la guerra. Por un lado, los aliados cantando victoria con sus bombardeos masivos y destructivos. Lo que son los imperios. Qué bien dicho aquel encabezamiento de un editorial de La Prensa cuando afirmó que la primera víctima de las guerras es la verdad. Por otro lado, sabemos que la multinacional CNN fue retirada del teatro de los acontecimientos y que Peter Arnet fue removido como reportero objetivo y estrella de este tipo de eventos. Y las protestas siguen pidiendo la paz. ¿Cuántos muertos del lado de Irak? No sabemos, y del lado de las fuerzas de ocupación, tampoco. Cifras sueltas. La más elemental suposición nos hace pensar que tanto bombardeo no sólo destruye casas y edificios de la guardia republicana, sino que debe de haber mucha gente muerta y gente moribunda, niños y niñas, ancianos, discapacitados y muchos mutilados.
A mi mente viene la letra de un famoso canto de otras épocas que decía: "Ya se escucha el triste acento que enternece el corazón, son millones de almas que nos piden compasión. Almas hay de Cristo amadas, por su sangre redimidas a Luzbel rendidas sin religión , sin Dios". Dentro del círculo más estrecho de nuestro país también nuestras pequeñas guerras locales de la prepolítica y de la política partidista. Por un lado, homenajes aduladores sabiendo cómo aborrece el Señor la adulación. Por otro, hipersensibilidad por todo lo que se haga, porque en todo está nuestra manera típica de hacer la política que aun cuando por más que se trate de inventar métodos nuevos, siempre se impone las técnicas sórdidas de siempre, de la vieja escuela. Adapto un pensamiento que encontré en otro contexto sociopolítico geográfico actual, a nuestra realidad: Palabras de un cristiano a otros cristianos y a gente de buena voluntad.
La primera palabra es el reconocimiento del otro. El otro es el que no pertenece a los míos: el que piensa distinto, el que vive en otro medio social. Panamá es un país multiétnico y pluricultural. Objetivamente eso es una riqueza. Pero para que lo sea, para mí, en concreto, tengo que reconocer a los de las otras culturas y las otras etnias. Si no los reconozco, si sólo reconozco a los míos, tenderé a ver únicamente lo que yo tengo de valioso y de lo que carecen los otros.
A lo largo de la historia, la diferencia ha dado lugar muchas veces a la discriminación. La sociedad panameña nació como una sociedad de desiguales. Los españoles reconocieron a los indígenas, pero para ellos ser distintos equivalió a ser inferiores. A lo largo de nuestra historia se ha luchado duramente por conseguir el reconocimiento. Este se logró hasta cierto punto en el siglo XX, no por medios violentos, sino por la universalización del voto y de la educación. Realmente íbamos en la dirección de la convergencia y el encuentro. Por eso hace más de veinte años vamos caminando hacia la dirección opuesta: se ha ido abriendo una brecha cada vez más acentuada, no sólo en recursos económicos sino en capacitación y posicionamiento, que son los modos actuales de acceder a los recursos. Hoy esa brecha objetiva se ha vuelto también subjetiva: se ha colmado de prejuicios, de resentimiento, rechazo, incluso de odio. Hay un acuerdo en principio de que tenemos que revertir la situación objetiva dando oportunidades consistentes a los que actualmente carecen de ellas. Pero este acuerdo no se llevará a la práctica, sino desmontamos nuestras actitudes sectarias, excluyentes negadoras de los que no son de los míos.
Jesús de Nazareth, fiel cumplidor de los mandamientos de Dios, fue sistemáticamente a buscar a los que eran considerados como sin posibilidad de redención y eran despreciados por esa razón. Estos eran muchísimos. El no consideró que bastaba con armar a los próximos, a los del entorno de uno. El amor de dios se mostraba en aproximarse a otro. Para Jesús la voluntad de dios pasaba por hacerse próximo, que eso significo prójimo, del otro que por serlo era despreciado. Pero ese reconocimiento de los no reconocidos no le llevó a desconocer a los que excluían. También aceptó sus invitaciones y fue a sus casas. La razón que daba de su proceder era muy sencilla: su padre lo había enviado para hacerse hermano de todos, y ser El así padre de todos. Dios no se resignaba a la aceptación de un grupo, porque El es el papá de todos y quiere que sus hijos se reconozcan como El reconoce a cada uno como es.
Reconocer a los otros implica hacerles lugar en el país y para eso escogemos nosotros. Los nuestros no poseen el país en exclusiva. El país es también de los otros. Y como no los vamos a repartir, porque sería desgarrarlo y acabar con él, tenemos que ponernos de acuerdo para ver qué hacemos con él, qué hacemos como un nosotros diferenciado, un nuevo nosotros en el que quepamos nosotros y los otros.
Para que sea posible caminar hacia esos sentimientos y esa mentalidad, tenemos que cortar con todo lo que nos alimenta el sectrismo, el reconcomio, la demonización de los otros. Tenemos que cerrar el corazón a tanto ruido, tenemos que hacer silencio para empezar a escuchar la realidad que es más grande que un partido, que una ideología, que una clase social, que un grupo, sea éste el de los nuestros o el de los otros.
Iglesia Bahai
A mi mente viene la letra de un famoso canto de otras épocas que decía: "Ya se escucha el triste acento que enternece el corazón, son millones de almas que nos piden compasión. Almas hay de Cristo amadas, por su sangre redimidas a Luzbel rendidas sin religión , sin Dios". Dentro del círculo más estrecho de nuestro país también nuestras pequeñas guerras locales de la prepolítica y de la política partidista. Por un lado, homenajes aduladores sabiendo cómo aborrece el Señor la adulación. Por otro, hipersensibilidad por todo lo que se haga, porque en todo está nuestra manera típica de hacer la política que aun cuando por más que se trate de inventar métodos nuevos, siempre se impone las técnicas sórdidas de siempre, de la vieja escuela. Adapto un pensamiento que encontré en otro contexto sociopolítico geográfico actual, a nuestra realidad: Palabras de un cristiano a otros cristianos y a gente de buena voluntad.
La primera palabra es el reconocimiento del otro. El otro es el que no pertenece a los míos: el que piensa distinto, el que vive en otro medio social. Panamá es un país multiétnico y pluricultural. Objetivamente eso es una riqueza. Pero para que lo sea, para mí, en concreto, tengo que reconocer a los de las otras culturas y las otras etnias. Si no los reconozco, si sólo reconozco a los míos, tenderé a ver únicamente lo que yo tengo de valioso y de lo que carecen los otros.
A lo largo de la historia, la diferencia ha dado lugar muchas veces a la discriminación. La sociedad panameña nació como una sociedad de desiguales. Los españoles reconocieron a los indígenas, pero para ellos ser distintos equivalió a ser inferiores. A lo largo de nuestra historia se ha luchado duramente por conseguir el reconocimiento. Este se logró hasta cierto punto en el siglo XX, no por medios violentos, sino por la universalización del voto y de la educación. Realmente íbamos en la dirección de la convergencia y el encuentro. Por eso hace más de veinte años vamos caminando hacia la dirección opuesta: se ha ido abriendo una brecha cada vez más acentuada, no sólo en recursos económicos sino en capacitación y posicionamiento, que son los modos actuales de acceder a los recursos. Hoy esa brecha objetiva se ha vuelto también subjetiva: se ha colmado de prejuicios, de resentimiento, rechazo, incluso de odio. Hay un acuerdo en principio de que tenemos que revertir la situación objetiva dando oportunidades consistentes a los que actualmente carecen de ellas. Pero este acuerdo no se llevará a la práctica, sino desmontamos nuestras actitudes sectarias, excluyentes negadoras de los que no son de los míos.
Jesús de Nazareth, fiel cumplidor de los mandamientos de Dios, fue sistemáticamente a buscar a los que eran considerados como sin posibilidad de redención y eran despreciados por esa razón. Estos eran muchísimos. El no consideró que bastaba con armar a los próximos, a los del entorno de uno. El amor de dios se mostraba en aproximarse a otro. Para Jesús la voluntad de dios pasaba por hacerse próximo, que eso significo prójimo, del otro que por serlo era despreciado. Pero ese reconocimiento de los no reconocidos no le llevó a desconocer a los que excluían. También aceptó sus invitaciones y fue a sus casas. La razón que daba de su proceder era muy sencilla: su padre lo había enviado para hacerse hermano de todos, y ser El así padre de todos. Dios no se resignaba a la aceptación de un grupo, porque El es el papá de todos y quiere que sus hijos se reconozcan como El reconoce a cada uno como es.
Reconocer a los otros implica hacerles lugar en el país y para eso escogemos nosotros. Los nuestros no poseen el país en exclusiva. El país es también de los otros. Y como no los vamos a repartir, porque sería desgarrarlo y acabar con él, tenemos que ponernos de acuerdo para ver qué hacemos con él, qué hacemos como un nosotros diferenciado, un nuevo nosotros en el que quepamos nosotros y los otros.
Para que sea posible caminar hacia esos sentimientos y esa mentalidad, tenemos que cortar con todo lo que nos alimenta el sectrismo, el reconcomio, la demonización de los otros. Tenemos que cerrar el corazón a tanto ruido, tenemos que hacer silencio para empezar a escuchar la realidad que es más grande que un partido, que una ideología, que una clase social, que un grupo, sea éste el de los nuestros o el de los otros.
Iglesia Bahai
Radio Bahai. Frecuencia 1300 AM. Cobertura en la provincia de Chiriquí.