Reconstrucción de Irak
Sadam Hussein, a sangre y fuego, gobernó al desventurado país por un lapso cercano al cuarto de siglo. En este período se produjeron hechos que no pueden pasar desapercibidos, en lo referente a los numerosos y execrables atropellos a los derechos humanos, a las sistemáticas e incalificables violaciones a la democracia o a las permanentes agresiones a esa población sumergida en el miedo y la desesperanza.
Al respirarse atmósfera sin la polución dictatorial, se van conociendo las escalofriantes acciones del nefasto régimen. Antes de la guerra y del triunfo aliado que posibilitó la independencia de Irak, esa nación estuvo tan devastada, en varios campos, que se clamaba por la reconstrucción, no solamente en el ámbito de los derechos y libertades fundamentales.
No otra cosa podía esperarse de un gobernante absolutista, cruel y falaz, que saqueó los dineros del pueblo iraquí, hasta los últimos momentos que duró ese brutal dominio. Recuérdese que faltando pocas horas para que comiencen los bombardeos aliados, uno de los hijos del déspota, por omnímoda orden de su padre, retiró del Banco Central, en Bagdad, una cantidad de aproximadamente mil millones de dólares, dinero que se sospecha fue transportado a Siria, en grandes camiones. Entendidos en la materia afirman que esta suma representa cerca de la cuarta parte de las reservas en efectivo que se guardaban en el mencionado banco. Con hechos de esta naturaleza, ninguna economía puede subsistir en forma recomendable, peor aún la de un país acosado por el subdesarrollo y el más cerrado tradicionalismo.
Mientras Sadam y sus secuaces cometían esta clase de hechos de rapiña, construían suntuosos palacios y abusivamente despilfarraban los recursos de uno de los principales productores y exportadores de petróleo en el planeta, esos pobladores vivían en la pobreza y, en no poco número, en la miseria.
Basta este expresivo indicador para entender la magnitud de la deplorable situación durante el yugo del sanguinario sátrapa: por más de quince años, la mala calidad del agua se convirtió en alarmante, porque los opresores, que se encontraban obsesionados en proveerse de armas y planificar invasiones más allá de las fronteras, no pudieron mantener adecuadamente las correspondientes plantas de tratamiento, lo que trajo consigo peligrosas enfermedades y tasas de mortalidad infantil que han superado a las estremecedoras que presenta India.
Y así, en este orden, se puede seguir largamente enunciando las enormes necesidades que agobian a Irak, desde mucho antes de la guerra de liberación emprendida por los aliados y que, obviamente, ocasionó destrozos, a pesar de las operaciones de carácter quirúrgico que se cumplieron.
En la actualidad, Irak, que ya no se encuentra dominado por el atroz régimen, está recibiendo positiva y emergente ayuda que se incrementará a medida que transcurra el tiempo. Nadie puede decir, sin caer en el cinismo o la ciega obcecación, que el futuro iraquí no será mejor que cuando prevaleció la férula del abominable tirano.
Con 713 millones de dólares, en fondos o suministros, han colaborado Australia, Canadá, China, Croacia, Comisión Europea, Francia, Alemania, India, Irlanda, Japón, Corea del Sur, Kuwait, Países Bajos, Nueva Zelandia, Noruega, Rusia, España, Taiwán y Reino Unido
Hasta la fecha, sin tomar en cuenta los 2,500 millones de dólares que anualmente gasta Estados Unidos para ayudar a Irak y lo que se encuentra estudiando USAID, la colaboración adicional de la gran potencia, hasta el momento, ha sobrepasado los seiscientos millones de dólares que, casi en su totalidad, han ido a las agencias de la ONU, como el Programa Mundial de Alimentos (PMA), la Organización Mundial de la Salud (OMS) o el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), para que se realicen los urgentes y pertinentes trabajos.
Complace saber que la comunidad internacional, sin los resquebrajamientos que produjo la posición francesa o alemana, que a la postre ayudó a Sadam Hussein, comienza a manifestarse unida para socorrer a Irak, algo que debió iniciarse, de manera firme y completamente cohesionada, en los años del siniestro déspota para defenestrarle, como lo hicieron, en bien del doblegado pueblo iraquí y la paz mundial, los Estados Unidos y casi un medio centenar de países coaligados.
La reconstrucción de Irak constituye otro desafío del siglo XXI y demostrará la diferencia entre las atrocidades y penurias del totalitarismo y las realizaciones de quienes gozan de libertad y democracia.
Al respirarse atmósfera sin la polución dictatorial, se van conociendo las escalofriantes acciones del nefasto régimen. Antes de la guerra y del triunfo aliado que posibilitó la independencia de Irak, esa nación estuvo tan devastada, en varios campos, que se clamaba por la reconstrucción, no solamente en el ámbito de los derechos y libertades fundamentales.
No otra cosa podía esperarse de un gobernante absolutista, cruel y falaz, que saqueó los dineros del pueblo iraquí, hasta los últimos momentos que duró ese brutal dominio. Recuérdese que faltando pocas horas para que comiencen los bombardeos aliados, uno de los hijos del déspota, por omnímoda orden de su padre, retiró del Banco Central, en Bagdad, una cantidad de aproximadamente mil millones de dólares, dinero que se sospecha fue transportado a Siria, en grandes camiones. Entendidos en la materia afirman que esta suma representa cerca de la cuarta parte de las reservas en efectivo que se guardaban en el mencionado banco. Con hechos de esta naturaleza, ninguna economía puede subsistir en forma recomendable, peor aún la de un país acosado por el subdesarrollo y el más cerrado tradicionalismo.
Mientras Sadam y sus secuaces cometían esta clase de hechos de rapiña, construían suntuosos palacios y abusivamente despilfarraban los recursos de uno de los principales productores y exportadores de petróleo en el planeta, esos pobladores vivían en la pobreza y, en no poco número, en la miseria.
Basta este expresivo indicador para entender la magnitud de la deplorable situación durante el yugo del sanguinario sátrapa: por más de quince años, la mala calidad del agua se convirtió en alarmante, porque los opresores, que se encontraban obsesionados en proveerse de armas y planificar invasiones más allá de las fronteras, no pudieron mantener adecuadamente las correspondientes plantas de tratamiento, lo que trajo consigo peligrosas enfermedades y tasas de mortalidad infantil que han superado a las estremecedoras que presenta India.
Y así, en este orden, se puede seguir largamente enunciando las enormes necesidades que agobian a Irak, desde mucho antes de la guerra de liberación emprendida por los aliados y que, obviamente, ocasionó destrozos, a pesar de las operaciones de carácter quirúrgico que se cumplieron.
En la actualidad, Irak, que ya no se encuentra dominado por el atroz régimen, está recibiendo positiva y emergente ayuda que se incrementará a medida que transcurra el tiempo. Nadie puede decir, sin caer en el cinismo o la ciega obcecación, que el futuro iraquí no será mejor que cuando prevaleció la férula del abominable tirano.
Con 713 millones de dólares, en fondos o suministros, han colaborado Australia, Canadá, China, Croacia, Comisión Europea, Francia, Alemania, India, Irlanda, Japón, Corea del Sur, Kuwait, Países Bajos, Nueva Zelandia, Noruega, Rusia, España, Taiwán y Reino Unido
Hasta la fecha, sin tomar en cuenta los 2,500 millones de dólares que anualmente gasta Estados Unidos para ayudar a Irak y lo que se encuentra estudiando USAID, la colaboración adicional de la gran potencia, hasta el momento, ha sobrepasado los seiscientos millones de dólares que, casi en su totalidad, han ido a las agencias de la ONU, como el Programa Mundial de Alimentos (PMA), la Organización Mundial de la Salud (OMS) o el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), para que se realicen los urgentes y pertinentes trabajos.
Complace saber que la comunidad internacional, sin los resquebrajamientos que produjo la posición francesa o alemana, que a la postre ayudó a Sadam Hussein, comienza a manifestarse unida para socorrer a Irak, algo que debió iniciarse, de manera firme y completamente cohesionada, en los años del siniestro déspota para defenestrarle, como lo hicieron, en bien del doblegado pueblo iraquí y la paz mundial, los Estados Unidos y casi un medio centenar de países coaligados.
La reconstrucción de Irak constituye otro desafío del siglo XXI y demostrará la diferencia entre las atrocidades y penurias del totalitarismo y las realizaciones de quienes gozan de libertad y democracia.