Recordando al Doctor Arias
En agosto de 1995 publiqué un artículo con este título, y el prestigioso historiador panameño Jorge Conte Porras me envió una nota que decía: "Leí con enorme interés tu columna del día 21, sobre tus recuerdos de Arnulfo Arias, me parece una estampa de excepción, y una de las mejores que te hemos leído desde hace mucho tiempo.
" Creo que la oportunidad es válida para sugerirte nos deleites con tus recuerdos de otros personajes de nuestro acontecer".
Y se me ocurre, después de tantos años volver a publicar textualmente ese artículo al que aludió el destacado historiador.
En agosto de 1995 escribí: "En realidad, nunca fui arnulfista. Nunca voté por él; por el contrario, en mi familia de liberales, siempre hubo una gran oposición a él. Pero no por esto le niego sus virtudes; yo lo admiré mucho, y aunque parezca paradójico, no lo admiré por su política ni por su forma de gobernar; lo admiré más bien por una singularidad de su carácter.
Debo decir antes que para mí, la virtud masculina más digna de admiración, es la independencia. Y Arnulfo Arias fue, a juicio mío, el más independiente de los políticos que ha tenido la República: nunca se le vio siguiendo las huellas de nadie, él fue siempre él mismo.
Tal vez fue el más criticado y calumniado de los gobernantes. Pero nunca cedió ante el insulto. Ni en los momentos más difíciles de su vida, vencido y humillado, se le vio pidiendo clemencia. En los momentos más dramáticos, respondió con un orgullo salvaje a todos sus detractores. Convirtió su soberbia en una religión. Jamás contestaba a sus enemigos. Cuando lo veía en esas actitudes, recordaba la frase de Vargas Vila: "Los águilas no averiguan lo que el pantano dice".
Y esta actitud suya, hacía que, francamente, lo admirara sobre todas las otras virtudes que seguramente tenía.
Por eso, un buen día que llegó a mi casa el Ingeniero Diógenes Sagel, en septiembre de 1981, a decirme que el Dr. Arias quería almorzar conmigo, puse en duda tal invitación. El mismo Sagel me dijo: "Te aseguro Juan, que en los muchos años que tengo de conocer al Dr. Arias nunca le había oído decir que quería entrevistarse con alguien. El caso es que fui con mi esposa, Minerva, al dudoso encuentro con el famoso personaje. Y poco después de haber llegado, apareció el Dr. Arias acompañado de su esposa, doña Mireya. Y mantuvimos, desde ese día, hasta su muerte, una sincera y franca amistad. Casi todos los domingos siguientes, durante varios meses, me encontraba con el gran hombre. Y recuerdo que, cuando estaba en el país, los 15 de agosto, día de su cumpleaños, él llegaba a una misa que se le ofrecía en la Iglesia de la Catedral de David, y allí nos saludábamos cordialmente; y siempre me decía por lo bajo: "Lo espero ahora allá arriba"; esto era en su finca de Boquete, donde se celebraba una fiesta.
Si vamos a creer en la Astrología, diremos que el 15 de agosto es el día del poder. Para que se enteren, un día como ése, nació también Napoleón Bonaparte, el estratega, el político, el estadista, que según juicio universal, fue el más grande que ha aparecido en el planeta. Y también nació ese día Fidel Castro, que es una especie de Napoleón de nuestro tiempo, pero no por la grandeza de su gobierno, sino por el poder que genera su singular personalidad. El 15 de agosto recordemos, pues, al viejo caudillo panameño con simpatía y respeto.
" Creo que la oportunidad es válida para sugerirte nos deleites con tus recuerdos de otros personajes de nuestro acontecer".
Y se me ocurre, después de tantos años volver a publicar textualmente ese artículo al que aludió el destacado historiador.
En agosto de 1995 escribí: "En realidad, nunca fui arnulfista. Nunca voté por él; por el contrario, en mi familia de liberales, siempre hubo una gran oposición a él. Pero no por esto le niego sus virtudes; yo lo admiré mucho, y aunque parezca paradójico, no lo admiré por su política ni por su forma de gobernar; lo admiré más bien por una singularidad de su carácter.
Debo decir antes que para mí, la virtud masculina más digna de admiración, es la independencia. Y Arnulfo Arias fue, a juicio mío, el más independiente de los políticos que ha tenido la República: nunca se le vio siguiendo las huellas de nadie, él fue siempre él mismo.
Tal vez fue el más criticado y calumniado de los gobernantes. Pero nunca cedió ante el insulto. Ni en los momentos más difíciles de su vida, vencido y humillado, se le vio pidiendo clemencia. En los momentos más dramáticos, respondió con un orgullo salvaje a todos sus detractores. Convirtió su soberbia en una religión. Jamás contestaba a sus enemigos. Cuando lo veía en esas actitudes, recordaba la frase de Vargas Vila: "Los águilas no averiguan lo que el pantano dice".
Y esta actitud suya, hacía que, francamente, lo admirara sobre todas las otras virtudes que seguramente tenía.
Por eso, un buen día que llegó a mi casa el Ingeniero Diógenes Sagel, en septiembre de 1981, a decirme que el Dr. Arias quería almorzar conmigo, puse en duda tal invitación. El mismo Sagel me dijo: "Te aseguro Juan, que en los muchos años que tengo de conocer al Dr. Arias nunca le había oído decir que quería entrevistarse con alguien. El caso es que fui con mi esposa, Minerva, al dudoso encuentro con el famoso personaje. Y poco después de haber llegado, apareció el Dr. Arias acompañado de su esposa, doña Mireya. Y mantuvimos, desde ese día, hasta su muerte, una sincera y franca amistad. Casi todos los domingos siguientes, durante varios meses, me encontraba con el gran hombre. Y recuerdo que, cuando estaba en el país, los 15 de agosto, día de su cumpleaños, él llegaba a una misa que se le ofrecía en la Iglesia de la Catedral de David, y allí nos saludábamos cordialmente; y siempre me decía por lo bajo: "Lo espero ahora allá arriba"; esto era en su finca de Boquete, donde se celebraba una fiesta.
Si vamos a creer en la Astrología, diremos que el 15 de agosto es el día del poder. Para que se enteren, un día como ése, nació también Napoleón Bonaparte, el estratega, el político, el estadista, que según juicio universal, fue el más grande que ha aparecido en el planeta. Y también nació ese día Fidel Castro, que es una especie de Napoleón de nuestro tiempo, pero no por la grandeza de su gobierno, sino por el poder que genera su singular personalidad. El 15 de agosto recordemos, pues, al viejo caudillo panameño con simpatía y respeto.