Recordando a “Arnulfo el Grande”
El calendario como sistema de división del tiempo nos presenta el cuadro de días que vivimos, dentro de los cuales se destacan fechas a las que asignamos un especial valor por la importancia que tienen o que han tenido en nuestras vidas. El 15 de Agosto es una de esas fechas y no puede pasar desapercibida para los panameños, no sólo porque conmemoramos un aniversario más de la fundación de Panamá La Vieja, sino porque igualmente, pero en el año de 1901, nació en suelo istmeño, en el pueblo de San Juan Bautista de Penonomé, Arnulfo Arias Madrid.
Para quienes tuvimos cuna morada y nuestra canción de cuna fue Acción Comunal, las hazañas del caudillo, de “Arnulfo el grande”, han estado presentes desde siempre. Han crecido con nosotros, como estrofas de un poema épico, un poema en que se cantan las acciones de miles de hombres y mujeres valientes que, junto al cholo de Río Grande, enfrentaron la adversidad con gallardía para dotar a este hermoso país de mejores días, para rescatar a esta nación del colapso de perder su identidad, para enfrentar al mal que en diversas épocas ha arremetido contra la República y que en nuestro pasado reciente y vestido de verde olivo, sacudió las entrañas de la nación por 21 largos años.
Estas hazañas forman parte íntegra de nosotros, son parte de nuestras vidas, decantadas gota a gota en nuestros antepasados; nuestros padres, de los que nos sentimos orgullosos, y estas experiencias, junto a las nuestras, serán transmitidas a su vez de generación en generación como una herencia de familia, la herencia del amor a la patria, la herencia de la responsabilidad de luchar por un Panamá mejor envuelto en manto morado por los sacrificios pasados, presentes y futuros en dicha lucha.
La herencia de mantener la fe en el advenimiento de mejores días, la herencia de mantener vivos en nuestras memorias los mártires panameños caídos en las diversas épocas en que la patria se ha visto amenazada y en las que siempre existieron hombres y mujeres valientes que líder izados y junto al Dr. Arias, lucharon por libertad, justicia y democracia, encomendándose a Dios.
Hace dos años y con ocasión del centenario del Doctor Arnulfo Arias, nos relataba el Dr. Carlos Iván Zúñiga, otro pro hombre panameño, bizarro por excelencia, luchador infatigable por la democracia panameña, de quien tuve el privilegio de ser discípulo, pues tuve el honor de que fuese mi maestro de Derecho Penal especial en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Panamá, una hermosa anécdota por el recordada y que forma parte del artículo por él publicado en La Prensa y que denominó: “En el centenario del doctor Arnulfo Arias”. Nos comentaba el maestro Carlos Iván Zuñiga sobre el Dr. Arnulfo Arias Madrid lo siguiente:
“Me contaba el ya fallecido mayor Adán Vásquez que en la noche del 2 de enero de 1955 recibió una llamada telefónica del comandante Timoteo Meléndez en la que le notificaba el asesinato del presidente Remón. También recibió la orden de que fuera de inmediato a Boquete a detener al doctor. Vásquez partió a Boquete y encontró al doctor Arias en su finca, tranquilo, junto a su esposa de entonces doña Ana Matilde Linares, dedicado a la lectura. Sin decir una sola palabra sobre el porqué de la captura se le conminó arresto, y veloz regresó Vásquez al cuartel de David. Al entrar el prisionero a la cárcel, el periodista Luis Alfonso, hoy casi de cien años de edad, le preguntó al rompe: ¿qué opina doctor sobre la tragedia que ha ocurrido en el país? El Dr. Arias inocente de todo, contestó filosóficamente: “en la vida lo que es tragedia para unos es alegría para otros”. Esa respuesta provocó un enorme disgusto y el jefe de la Zona, Martín González, ordenó que lo recluyeran de inmediato en una macarela inmunda y que le pusieran dos centinelas al frente de la puerta. Al día siguiente, muy temprano, el entonces capitán Vásquez fue a visitarlo y sin más preámbulo le preguntó: ¿cómo pasó la noche, doctor? La respuesta fue inesperada y rotunda: “muy bien, ha sido la noche más feliz de mi vida. No he pasado un solo momento en esta inmundicia. De aquí salí muy temprano. Toda la noche la he pasado en los bulevares de París”.
El Capitán Vázquez, buscando apoyo a su perplejidad, posó su mirada en los ojos de los centinelas allí de turno y uno de ellos por sentirse acusado de negligencia aclaró con énfasis: “eso no es cierto, mi capitán, este señor no ha salido de aquí en toda la noche”. Ante la ingenuidad del policía, el ilustre prisionero, cuenta Vásquez, río muy placenteramente.”
(Continuará en segunda entrega la próxima semana)
Para quienes tuvimos cuna morada y nuestra canción de cuna fue Acción Comunal, las hazañas del caudillo, de “Arnulfo el grande”, han estado presentes desde siempre. Han crecido con nosotros, como estrofas de un poema épico, un poema en que se cantan las acciones de miles de hombres y mujeres valientes que, junto al cholo de Río Grande, enfrentaron la adversidad con gallardía para dotar a este hermoso país de mejores días, para rescatar a esta nación del colapso de perder su identidad, para enfrentar al mal que en diversas épocas ha arremetido contra la República y que en nuestro pasado reciente y vestido de verde olivo, sacudió las entrañas de la nación por 21 largos años.
Estas hazañas forman parte íntegra de nosotros, son parte de nuestras vidas, decantadas gota a gota en nuestros antepasados; nuestros padres, de los que nos sentimos orgullosos, y estas experiencias, junto a las nuestras, serán transmitidas a su vez de generación en generación como una herencia de familia, la herencia del amor a la patria, la herencia de la responsabilidad de luchar por un Panamá mejor envuelto en manto morado por los sacrificios pasados, presentes y futuros en dicha lucha.
La herencia de mantener la fe en el advenimiento de mejores días, la herencia de mantener vivos en nuestras memorias los mártires panameños caídos en las diversas épocas en que la patria se ha visto amenazada y en las que siempre existieron hombres y mujeres valientes que líder izados y junto al Dr. Arias, lucharon por libertad, justicia y democracia, encomendándose a Dios.
Hace dos años y con ocasión del centenario del Doctor Arnulfo Arias, nos relataba el Dr. Carlos Iván Zúñiga, otro pro hombre panameño, bizarro por excelencia, luchador infatigable por la democracia panameña, de quien tuve el privilegio de ser discípulo, pues tuve el honor de que fuese mi maestro de Derecho Penal especial en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Panamá, una hermosa anécdota por el recordada y que forma parte del artículo por él publicado en La Prensa y que denominó: “En el centenario del doctor Arnulfo Arias”. Nos comentaba el maestro Carlos Iván Zuñiga sobre el Dr. Arnulfo Arias Madrid lo siguiente:
“Me contaba el ya fallecido mayor Adán Vásquez que en la noche del 2 de enero de 1955 recibió una llamada telefónica del comandante Timoteo Meléndez en la que le notificaba el asesinato del presidente Remón. También recibió la orden de que fuera de inmediato a Boquete a detener al doctor. Vásquez partió a Boquete y encontró al doctor Arias en su finca, tranquilo, junto a su esposa de entonces doña Ana Matilde Linares, dedicado a la lectura. Sin decir una sola palabra sobre el porqué de la captura se le conminó arresto, y veloz regresó Vásquez al cuartel de David. Al entrar el prisionero a la cárcel, el periodista Luis Alfonso, hoy casi de cien años de edad, le preguntó al rompe: ¿qué opina doctor sobre la tragedia que ha ocurrido en el país? El Dr. Arias inocente de todo, contestó filosóficamente: “en la vida lo que es tragedia para unos es alegría para otros”. Esa respuesta provocó un enorme disgusto y el jefe de la Zona, Martín González, ordenó que lo recluyeran de inmediato en una macarela inmunda y que le pusieran dos centinelas al frente de la puerta. Al día siguiente, muy temprano, el entonces capitán Vásquez fue a visitarlo y sin más preámbulo le preguntó: ¿cómo pasó la noche, doctor? La respuesta fue inesperada y rotunda: “muy bien, ha sido la noche más feliz de mi vida. No he pasado un solo momento en esta inmundicia. De aquí salí muy temprano. Toda la noche la he pasado en los bulevares de París”.
El Capitán Vázquez, buscando apoyo a su perplejidad, posó su mirada en los ojos de los centinelas allí de turno y uno de ellos por sentirse acusado de negligencia aclaró con énfasis: “eso no es cierto, mi capitán, este señor no ha salido de aquí en toda la noche”. Ante la ingenuidad del policía, el ilustre prisionero, cuenta Vásquez, río muy placenteramente.”
(Continuará en segunda entrega la próxima semana)