Recordando a Carlos Alberto Patterson Clark
Aún entre la gente nuestra más sencilla, es bastante extraño encontrar una persona con las características humanas de un Carlos Alberto Patterson Clark, funcionario del Departamento de Servicios Generales del INAC, laborioso honesto, lleno de buena voluntad, lo recordamos siempre presto a servir, sonriente, cordial. Ha muerto, en muerte que jamás habríamos sospechado estaba reservada para él. ¿Quíén se adelanta a los hechos del llamado destino? Nunca pensé verlo en la pantalla de un televisor convertido en noticia dolorosa de carnaval, a él, un ser humano que nos hacía abrir una sonrisa desde el alma cuando llegábamos a la sede del INAC con el ceño adusto a causa de alguna preocupación de esas que no faltan a los hombres y mujeres de estos tiempos tan espectacularmente difíciles. Recuerdo la enorme firma de su carta, la que llegó a La Habana con un saludo amable y respetuoso. Recuerdo su cara feliz a mi regreso, sus gentilezas -era así con todos- que lo convertían en un sencillo ser muy especial. Esto quiero decirlo como mi personal homenaje a un humilde trabajador en el que puede sentir que tenía un amigo. Mucho ha perdido la humanidad en este fin de milenio. Hombres dignos, honra, valores y la capacidad de hacer la valoración correcta de seres y de cosas parece que igualmente la hemos perdido. Es extraño el amor, el aprecio, la amistad, el respeto.
Las costumbres más hermosas, los sentimientos más bonitos parecieran ocupar cada vez menos espacio en el corazón de los humanos. Se ha llegado hasta a exaltar como bueno y honorable aquello que nuestras sociedades consideraron en otros tiempos como antivalores. Y en medio de este decadente panorama, gente humilde y llana como Carlos Alberto Patterson tuvo para el mundo tanta luz en el alma y en sus acciones cotidianas que parte de esa luz se queda entre nosotros.
Una alegría sentimos y es haberle demostrado aprecio y hasta afecto. Nos ganó con su simpatía, con su nobleza, con su sonrisa y ese modo feliz de siempre decir sí como buen soldado.
Las costumbres más hermosas, los sentimientos más bonitos parecieran ocupar cada vez menos espacio en el corazón de los humanos. Se ha llegado hasta a exaltar como bueno y honorable aquello que nuestras sociedades consideraron en otros tiempos como antivalores. Y en medio de este decadente panorama, gente humilde y llana como Carlos Alberto Patterson tuvo para el mundo tanta luz en el alma y en sus acciones cotidianas que parte de esa luz se queda entre nosotros.
Una alegría sentimos y es haberle demostrado aprecio y hasta afecto. Nos ganó con su simpatía, con su nobleza, con su sonrisa y ese modo feliz de siempre decir sí como buen soldado.