Recuerdos de una estirpe en extinción
Ahora que ha revivido la muerte del padre Gallego, pienso que los panameños hemos revivido también muchos episodios negros de la historia del país. Personalmente, los primeros días me sentía inquieta, incómoda porque tenía la impresión de vivir nuevamente el peso del poder ilimitado de los militares. Veo clara la procesión que se hizo después de la muerte del padre cuando venía por la Ave. Federico Boyd hacia la Iglesia del Carmen.
Cuando se escucha una canción y se rememora los amores de juventud, volvemos a ser felices. Igual me ha sucedido con el Cuartel de los Pumas y restos de gente enterada allí, pero en sentido contrario. Cuando levanto el teléfono no sé si me están escuchando mi conversación o escucharé los insultos soeces que me decían. Recuerdo las amenazas, la inseguridad; la necesidad de callar so pena de terminar en el exilio o en la cárcel. No teníamos derecho a disentir de lo que ordenaban los militarotes; no había derecho ni a pensar en los derechos humanos.
No saber, cuando un guardia te paraba, si regresabas vivo a tu casa y hacia que viviéramos en un sobresalto permanente. Lo peor era que no se podía recurrir a las leyes porque las leyes eran ellos mismos y se violaban a diario; allí lo que pesaba era el poder de las armas; llegó a ser honroso para ciertas personas que los militares les hablaran y los invitaran a compartir con ellos.
El otro día escuchaba en un programa de radio a un comentarista que se quejaba de que el gobierno de Endara no había investigado cuánta gente murió durante la invasión o liberación, como yo la llamo, de 1989. Me preguntaba ¿cuánta gente, jóvenes, medios o viejos desaparecieron durante las dictaduras? ¿Cuántos murieron? ¿Cuántos fueron exiliados? A veces creo que algunos panameños sufren de amnesia. Diría que más les vale a ciertas personas que no se profundice en ello. Pero, fue una época demasiado triste y pesada porque llegamos a ser objeto de los militares; perdimos todo vestigio de lo que puede ser la dignidad de un ser humano; éramos humillados y vejados. Todo sin pensar que todavía hay quienes añoran esa época.
Lo que me tranquiliza es que por Constitución no tendremos ejército; no tendremos la espalda de Damocles de que algún día vuelvan a mandar más que los civiles y de que nuevamente nos impongan sus botas. Mis hijos vivieron la época de los militares; pero que mis nietas ni los conozcan. Mientras esté a mi alcance, las alejaré de esos seres dañinos.
No sé si será porque no gocé de sus prebendas, pero tampoco gustaba de ellos. Desde niña los rechazaba, tal vez por crianza, por venir de una región donde no nos gusta el dominio exagerado de los militares, o porque en el Instituto Nacional tampoco nos eran agradables. Lo cierto es que le doy gracias a Dios que desapareció esa estirpe en Panamá, aunque quedan algunos especímenes que buscan ser aves Fénix, y espero que no regresen. Ojalá que los panameños que vivieron lo que yo viví, que fue la mayoría, no permitan el regreso de un ejército y demos por superada la etapa de las dictaduras, porque fueron varias y se las conoce por sus nombres de acuerdo a quien era el mandamás de turno.
Debemos prometernos no permitir un nuevo ejército en Panamá, ni siquiera una dictadura civil disimulada. Prometemos reivindicar los 21 años que vivimos pisados por la bota militar y dar a nuestra Patria el civilismo como ejemplo para juventudes ajenas a aquellas realidades.
Cuando se escucha una canción y se rememora los amores de juventud, volvemos a ser felices. Igual me ha sucedido con el Cuartel de los Pumas y restos de gente enterada allí, pero en sentido contrario. Cuando levanto el teléfono no sé si me están escuchando mi conversación o escucharé los insultos soeces que me decían. Recuerdo las amenazas, la inseguridad; la necesidad de callar so pena de terminar en el exilio o en la cárcel. No teníamos derecho a disentir de lo que ordenaban los militarotes; no había derecho ni a pensar en los derechos humanos.
No saber, cuando un guardia te paraba, si regresabas vivo a tu casa y hacia que viviéramos en un sobresalto permanente. Lo peor era que no se podía recurrir a las leyes porque las leyes eran ellos mismos y se violaban a diario; allí lo que pesaba era el poder de las armas; llegó a ser honroso para ciertas personas que los militares les hablaran y los invitaran a compartir con ellos.
El otro día escuchaba en un programa de radio a un comentarista que se quejaba de que el gobierno de Endara no había investigado cuánta gente murió durante la invasión o liberación, como yo la llamo, de 1989. Me preguntaba ¿cuánta gente, jóvenes, medios o viejos desaparecieron durante las dictaduras? ¿Cuántos murieron? ¿Cuántos fueron exiliados? A veces creo que algunos panameños sufren de amnesia. Diría que más les vale a ciertas personas que no se profundice en ello. Pero, fue una época demasiado triste y pesada porque llegamos a ser objeto de los militares; perdimos todo vestigio de lo que puede ser la dignidad de un ser humano; éramos humillados y vejados. Todo sin pensar que todavía hay quienes añoran esa época.
Lo que me tranquiliza es que por Constitución no tendremos ejército; no tendremos la espalda de Damocles de que algún día vuelvan a mandar más que los civiles y de que nuevamente nos impongan sus botas. Mis hijos vivieron la época de los militares; pero que mis nietas ni los conozcan. Mientras esté a mi alcance, las alejaré de esos seres dañinos.
No sé si será porque no gocé de sus prebendas, pero tampoco gustaba de ellos. Desde niña los rechazaba, tal vez por crianza, por venir de una región donde no nos gusta el dominio exagerado de los militares, o porque en el Instituto Nacional tampoco nos eran agradables. Lo cierto es que le doy gracias a Dios que desapareció esa estirpe en Panamá, aunque quedan algunos especímenes que buscan ser aves Fénix, y espero que no regresen. Ojalá que los panameños que vivieron lo que yo viví, que fue la mayoría, no permitan el regreso de un ejército y demos por superada la etapa de las dictaduras, porque fueron varias y se las conoce por sus nombres de acuerdo a quien era el mandamás de turno.
Debemos prometernos no permitir un nuevo ejército en Panamá, ni siquiera una dictadura civil disimulada. Prometemos reivindicar los 21 años que vivimos pisados por la bota militar y dar a nuestra Patria el civilismo como ejemplo para juventudes ajenas a aquellas realidades.