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Recuerdos, sueños y monstruos de la izquierda


Montevideo (AIPE)- No sería razonable negarle a la izquierda el derecho a cultivar su imaginación. Los sueños son consustanciales a su ser. El izquierdista percibe en la realidad un gran desorden. Y, en su imaginación, entrevé una ordenación distinta de las personas y las cosas, de los derechos y los deberes, de las instituciones, en definitiva, de toda la estructura social, bajo la cual la injusticia, la pobreza, la frustración, el conflicto, la violencia y la opresión se desvanecerían. Y pide a sus conciudadanos los sufragios requeridos para implantar esa visión en la realidad. Incontables veces, además, en las más diversas partes del planeta, se ha apoderado del poder por la fuerza, y ha pretendido convertir su sueño en el modo de vida coactivamente impuesto a su comunidad. sa es la izquierda que la historia nos deja ver. Proscribir sus sueños sería tanto como prohibirla.
Pero los sueños, sueños son. Y la realidad no es como arcilla en el torno del alfarero. Cuando nos propone su visión como objetivo político, el izquierdista tendría que convencernos de que ella es factible, o sea de que hay una manera (cualquiera que ella fuere, y dejemos de lado por el momento la espinosa cuestión que estas palabras implican) para que la visión que lleva en la cabeza sea transponible al mundo real. El tiempo en que esta etapa se saltaba a la torera, como cuando en la Sorbona, en mayo de 1968, estudiantes garabateaban graffiti proclamando "La imaginación toma el poder" y "Seamos realistas, exijamos lo imposible", ha quedado irremisiblemente atrás, para bien de la salud mental de Occidente.
Yo creo que hoy en día el izquierdista no está en condiciones de explicar la manera en que confía hacer que sus sueños se materialicen. No siempre fue así. Los fundamentos para convencernos de la factibilidad real de sus sueños tendrían que ser razonablemente coherentes, pero no necesariamente probados empíricamente, algo que al proponente de innovaciones históricas, en rigor, no puede exigírsele. De ahí que el marxismo suministrase durante tantos años a la izquierda ese imprescindible eslabón entre su imaginación y la realidad a implantar. Pero eso mientras la profecía marxista, cualquiera fuese su credibilidad, había aún eludido la prueba empírica definitiva. Hoy ya no es el caso.
Hasta hace cosa de una década, el marxismo era un sistema filosófico controvertido, pero existente. Hoy la experiencia histórica lo ha relegado a la colección de las doctrinas que fueron. En lo que aquí nos concierne, se componía de dos partes: una crítica del capitalismo, de donde se desprendía la inevitabilidad de la revolución proletaria, y una teoría de la sociedad sin clases, la cual, en el mundo posrevolucionario, dejaría atrás las contradicciones que habían frustrado su progreso, y avanzaría triunfante hacia niveles crecientes de igualdad, libertad y abundancia. Ninguna de sus predicciones se cumplió. El pronóstico del empobrecimiento progresivo de los obreros, desplazados por las máquinas, y de fluctuaciones cíclicas cada vez más intensas, que en conjunto deberían precipitar la caída de la burguesía, recibió de los hechos un mentís rotundo. Pero las revoluciones ocurrieron de todos modos, no donde Marx las había predicho, es decir, no en los países más industrializados, pero, de todos modos, de una manera u otra, aquí y allá, hasta colocar bajo la enseña de la hoz y el martillo a un tercio de la humanidad.
Pero las sociedades resultantes de la expropiación de los capitalistas, que debían crecer incesantemente en riqueza y libertad, y cuyos estados deberían marchitarse hasta desaparecer, condenaron a las masas a una suerte que osciló entre la mediocridad y el hambre, y en la cual el estado, lejos de desvanecerse, asumió desusada gravitación, bajo las formas de policía secreto, carcelero y verdugo. Hasta que, hace cosa de diez años, los regímenes comunistas, tras una implosión de proporciones cósmicas, fueron borrados de la faz de la tierra, con la patética excepción de una isla caribeña, donde un tiranuelo, sostenido por el terror, envejece en patética soledad sin dar el brazo a torcer, y de un rincón asiático, dependiente de la ayuda capitalista para superar la hambruna autogenerada.
Jürgen Habermas, filósofo indiscutido de la izquierda mundial, ha titulado uno de sus últimos libros "La necesidad de la revisión de la izquierda" y, entre muchas otras cosas, allí se refiere a la "moraleja inequívoca" del colapso comunista, según la cual "...las sociedades complejas no pueden reproducirse si no mantienen la específica lógica sistémica de una economía regulada a través de mercados".
Las enseñanzas que la historia, a través de la caída del muro de Berlín, nos ha impartido no podrían resumirse mejor que como lo hacía Paul Noirot, otro intelectual de izquierda, en 1992: "...finalmente, no hemos construido nada capaz de durar. Ni sistema político, ni sistema económico, ni colectividades humanas, ni ética, ni siquiera estética. Hemos querido dar cuerpo a las mayores aspiraciones humanas y no hemos hecho más que parir monstruos históricos". (c) http://www.aipenet.com
Presidente de la Sociedad Mont Pelerin y ex presidente del Banco Central de Uruguay.

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