Recuperando el pasado
La mayor conflagración bélica de la historia, la Segunda Guerra Mundial, continúa aún hoy día obligando a los norteamericanos a reflexionar constantemente sobre su origen, alcances, e impacto en la vida corriente del país. Es por esa razón que, más de medio siglo después de finalizada la guerra, el Congreso de Estados Unidos sancionó una ley que dispone la construcción de un nuevo Memorial. El nuevo recordatorio, cuya construcción está en la etapa preliminar, será destinado a honrar a todos aquellos residentes japoneses de la costa oeste de los Estados Unidos, y a sus familias, que fueron internadas forzosamente en campos de detención, como consecuencia de una orden ejecutiva del Presidente Roosevelt.
Corría el mes de febrero de 1942, y la medida adoptada por el gobierno intentaba responder, en un clima de histeria colectiva, a la recientemente descubierta vulnerabilidad militar del país, puesta en evidencia por el bombardeo japonés de Pearl Harbor, en diciembre del año anterior. Es muy poco conocida, aún hoy día, la historia vivida por los aproximadamente 120.000 japoneses que a causa de su origen, y no obstante ser muchos de ellos ciudadanos norteamericanos, fueron confinados contra su voluntad en una docena de campos de internación, con la intención de impedir la colaboración de los mismos con la patria de "origen". Resulta paradójico recordar que, a lo largo de la guerra, 800 jóvenes de origen japonés habrían de morir alistados en las filas del ejército americano, y luchando por "su" patria.
Un manto de sospecha, e incluso de acusación tácita se posó sobre familias enteras (hombres, mujeres y niños), que pasarían así a abandonar forzosamente sus casas, negocios, tierras, pertenencias, proyectos, e interrumpir el curso normal de sus vidas, para ser trasladados y posteriormente confinados en centros de detención dispersos en el sur y centro del país. Allí habrían de "residir" hasta el fin mismo de la contienda, en 1945. Fue precisamente esta misma motivación, la de traer al presente aquellas páginas más dolorosas del pasado y la de esclarecer a la ciudadanía sobre lo que significó la Segunda Guerra, en términos de persecuciones, estigmatización de grupos, y sufrimiento humano, la que llevó al Congreso norteamericano a disponer, en 1993, la construcción del Memorial Museo del Holocausto. Dicho complejo, creado por decisión del gobierno de los Estados Unidos y financiado con fondos de donantes particulares, ha permitido sacar a la luz y conocer aspectos no menos controvertidos de la historia reciente de este país.
En este museo, por ejemplo, se ha podido asistir a la muestra sobre el buque "St. Louis". Dicha exhibición se basó en la historia del barco que en 1939, con un pasaje casi totalmente compuesto de judíos europeos, intentaba escapar de la Alemania Hitlerista. No obstante la urgencia de la situación, el mismo no logró obtener los permisos correspondientes para desembarcar, primero en Cuba, ni más tarde en los Estados Unidos, una vez en un puerto de este país. Por ello, el "St. Louis" se vio obligado a regresar a Europa con la casi totalidad de su pasaje. Una vez de regreso en el viejo continente muchos de los pasajeros de origen judío habrían de perecer en los campos de exterminio.
En los dos casos referidos, en el Memorial de las víctimas japonesas y en el Museo del Holocausto, se decidió abordar capítulos no cerrados de la propia historia, asumiendo públicamente los errores del pasado, posibilitando su conocimiento por la ciudadanía y rindiendo el homenaje necesario de la sociedad a las víctimas de aquellos. Estos ejemplos nos llevan de alguna manera a reflexionar sobre cuan importante es, para el cierre de las heridas causadas por los errores y horrores del pasado reciente de un país, el proceder al reconocimiento público y genuino de los mismos, incluso de aquellos más traumáticos. La construcción de espacios públicos destinados a reflejar segmentos importantes de la vida de una sociedad organizada, como por ejemplo parques recordatorios, memoriales, museos, etc., conjugados con otras medidas educativas, promueve la tolerancia, facilita el diálogo, y contribuye a fomentar la conciencia histórica, a veces fragmentada y disputada, de un pueblo.
Los latinoamericanos, por nuestra parte, hemos atravesado en las últimas décadas del siglo, y en los distintos países de la región, circunstancias políticas y sociales sumamente dolorosas. La ruptura de los procesos democráticos, la irrupción de liderazgos apartados de la legalidad vigente, la comisión de violaciones masivas de derechos humanos, entre otros sucesos, constituyen "nuestras páginas" olvidadas que pugnan por un reconocimiento público, y por el debido tributo u homenaje a las víctimas. Al igual que en el caso de estos dos memoriales, el día que gobierno y sociedad, conjuntamente, reconozcamos abiertamente esos desaciertos, habremos avanzado un poco mas, no en una práctica sin sentido de auto-flagelación colectiva, sino en el lento y doloroso proceso de construcción de una sociedad pluralista y democrática. Los dos memoriales de Washington así parecen indicárnoslo.
Corría el mes de febrero de 1942, y la medida adoptada por el gobierno intentaba responder, en un clima de histeria colectiva, a la recientemente descubierta vulnerabilidad militar del país, puesta en evidencia por el bombardeo japonés de Pearl Harbor, en diciembre del año anterior. Es muy poco conocida, aún hoy día, la historia vivida por los aproximadamente 120.000 japoneses que a causa de su origen, y no obstante ser muchos de ellos ciudadanos norteamericanos, fueron confinados contra su voluntad en una docena de campos de internación, con la intención de impedir la colaboración de los mismos con la patria de "origen". Resulta paradójico recordar que, a lo largo de la guerra, 800 jóvenes de origen japonés habrían de morir alistados en las filas del ejército americano, y luchando por "su" patria.
Un manto de sospecha, e incluso de acusación tácita se posó sobre familias enteras (hombres, mujeres y niños), que pasarían así a abandonar forzosamente sus casas, negocios, tierras, pertenencias, proyectos, e interrumpir el curso normal de sus vidas, para ser trasladados y posteriormente confinados en centros de detención dispersos en el sur y centro del país. Allí habrían de "residir" hasta el fin mismo de la contienda, en 1945. Fue precisamente esta misma motivación, la de traer al presente aquellas páginas más dolorosas del pasado y la de esclarecer a la ciudadanía sobre lo que significó la Segunda Guerra, en términos de persecuciones, estigmatización de grupos, y sufrimiento humano, la que llevó al Congreso norteamericano a disponer, en 1993, la construcción del Memorial Museo del Holocausto. Dicho complejo, creado por decisión del gobierno de los Estados Unidos y financiado con fondos de donantes particulares, ha permitido sacar a la luz y conocer aspectos no menos controvertidos de la historia reciente de este país.
En este museo, por ejemplo, se ha podido asistir a la muestra sobre el buque "St. Louis". Dicha exhibición se basó en la historia del barco que en 1939, con un pasaje casi totalmente compuesto de judíos europeos, intentaba escapar de la Alemania Hitlerista. No obstante la urgencia de la situación, el mismo no logró obtener los permisos correspondientes para desembarcar, primero en Cuba, ni más tarde en los Estados Unidos, una vez en un puerto de este país. Por ello, el "St. Louis" se vio obligado a regresar a Europa con la casi totalidad de su pasaje. Una vez de regreso en el viejo continente muchos de los pasajeros de origen judío habrían de perecer en los campos de exterminio.
En los dos casos referidos, en el Memorial de las víctimas japonesas y en el Museo del Holocausto, se decidió abordar capítulos no cerrados de la propia historia, asumiendo públicamente los errores del pasado, posibilitando su conocimiento por la ciudadanía y rindiendo el homenaje necesario de la sociedad a las víctimas de aquellos. Estos ejemplos nos llevan de alguna manera a reflexionar sobre cuan importante es, para el cierre de las heridas causadas por los errores y horrores del pasado reciente de un país, el proceder al reconocimiento público y genuino de los mismos, incluso de aquellos más traumáticos. La construcción de espacios públicos destinados a reflejar segmentos importantes de la vida de una sociedad organizada, como por ejemplo parques recordatorios, memoriales, museos, etc., conjugados con otras medidas educativas, promueve la tolerancia, facilita el diálogo, y contribuye a fomentar la conciencia histórica, a veces fragmentada y disputada, de un pueblo.
Los latinoamericanos, por nuestra parte, hemos atravesado en las últimas décadas del siglo, y en los distintos países de la región, circunstancias políticas y sociales sumamente dolorosas. La ruptura de los procesos democráticos, la irrupción de liderazgos apartados de la legalidad vigente, la comisión de violaciones masivas de derechos humanos, entre otros sucesos, constituyen "nuestras páginas" olvidadas que pugnan por un reconocimiento público, y por el debido tributo u homenaje a las víctimas. Al igual que en el caso de estos dos memoriales, el día que gobierno y sociedad, conjuntamente, reconozcamos abiertamente esos desaciertos, habremos avanzado un poco mas, no en una práctica sin sentido de auto-flagelación colectiva, sino en el lento y doloroso proceso de construcción de una sociedad pluralista y democrática. Los dos memoriales de Washington así parecen indicárnoslo.