Reestructurar la Policía
Decíamos en nuestra columna "El Pulso de Panamá", que la Fuerza Pública requiere de una profunda reestructuración que, en cualquier parte del mundo, tanto en el campo privado como público, se inicia removiendo los mandos superiores de la entidad de que se trate, ya sea un banco en crisis o una multinacional con pobres reportes, ya sea un ministerio sacudido por el escándalo. La variante es que aquí nadie renuncia ni es destituido, no importa las mareas que azoten y lo desastrosa que sea una administración cualquiera.
El alevoso asesinato del monseñor Altafulla abre la oportunidad para refrescar el alto mando de la Fuerza Pública con nuevas figuras, para enviar un mensaje de cambio a una ciudadanía colmada de tanta criminalidad. Como hemos dicho, todas las encuestas apuntan a una sensación generalizada de inseguridad y de reinado de impunidad que sirve de estímulo al aumento de la criminalidad.
Para enfrentar el problema hay que partir reconociendo la imposibilidad de combatirla efectivamente con los instrumentos actuales. Eso implica mejorar la administración de sus recursos humanos y materiales con que cuenta e imprimirle una nueva filosofía de servicio, respeto y mística de trabajo.
Hoy día, los policías no son sometidos a entrenamiento continuo, salvo en los cursos previos a su ingreso y en una evaluación física que tiene lugar cada cuatro años. Así es imposible enfrentar a una criminalidad altamente entrenada y mejor equipada.
En el aspecto legal, hay que dar más respaldo al trabajo policial. No es posible seguirlo exponiendo a irrespetos por todo el mundo, que bajan su autoestima y merman su desempeño. Tampoco se explica que, en caso de balear un delincuente, se le desarme y suspenda, marginándole como a un paria. El debe estar protegido por una serie de presunciones, como ocurre en otras naciones.
Sus salarios son por lo demás ridículos y su equipo de trabajo peor. Debe pagar su uniforme, su chapa, sus botas con su sueldo irrisorio.
En los hospitales no se le presta ninguna consideración especial. En una ocasión, observamos a un joven raso que yacía herido desde hacía un día, en una cama de urgencia del Seguro Social. Comentó que se iría a su casa sin ser atendido, pese al orificio de entrada y salida que tenía en la pierna, "porque más rápido trataron al asaltante".
Cuando se consulta a los agentes, resienten que no se sistematicen las prácticas de tiro, el entrenamiento, la dotación de equipo, seguros de vida, servicios médicos expeditos para los heridos, el abuso con la venta de uniformes e implementos, el no pago de horas extras, el desconocimiento de jornadas de descanso y la excesiva protección para los delincuentes.
Aquí los valores se han invertido, los buenos se tratan como malos y viceversa. Y estamos cosechando los resultados.
El alevoso asesinato del monseñor Altafulla abre la oportunidad para refrescar el alto mando de la Fuerza Pública con nuevas figuras, para enviar un mensaje de cambio a una ciudadanía colmada de tanta criminalidad. Como hemos dicho, todas las encuestas apuntan a una sensación generalizada de inseguridad y de reinado de impunidad que sirve de estímulo al aumento de la criminalidad.
Para enfrentar el problema hay que partir reconociendo la imposibilidad de combatirla efectivamente con los instrumentos actuales. Eso implica mejorar la administración de sus recursos humanos y materiales con que cuenta e imprimirle una nueva filosofía de servicio, respeto y mística de trabajo.
Hoy día, los policías no son sometidos a entrenamiento continuo, salvo en los cursos previos a su ingreso y en una evaluación física que tiene lugar cada cuatro años. Así es imposible enfrentar a una criminalidad altamente entrenada y mejor equipada.
En el aspecto legal, hay que dar más respaldo al trabajo policial. No es posible seguirlo exponiendo a irrespetos por todo el mundo, que bajan su autoestima y merman su desempeño. Tampoco se explica que, en caso de balear un delincuente, se le desarme y suspenda, marginándole como a un paria. El debe estar protegido por una serie de presunciones, como ocurre en otras naciones.
Sus salarios son por lo demás ridículos y su equipo de trabajo peor. Debe pagar su uniforme, su chapa, sus botas con su sueldo irrisorio.
En los hospitales no se le presta ninguna consideración especial. En una ocasión, observamos a un joven raso que yacía herido desde hacía un día, en una cama de urgencia del Seguro Social. Comentó que se iría a su casa sin ser atendido, pese al orificio de entrada y salida que tenía en la pierna, "porque más rápido trataron al asaltante".
Cuando se consulta a los agentes, resienten que no se sistematicen las prácticas de tiro, el entrenamiento, la dotación de equipo, seguros de vida, servicios médicos expeditos para los heridos, el abuso con la venta de uniformes e implementos, el no pago de horas extras, el desconocimiento de jornadas de descanso y la excesiva protección para los delincuentes.
Aquí los valores se han invertido, los buenos se tratan como malos y viceversa. Y estamos cosechando los resultados.